Jesús, el Salvador
Del cielo abierto al desierto y a las redes junto al mar
Lectura · Marcos 1:1-23
1PRINCIPIO del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
2Como está escrito en Isaías el profeta: He aquí yo envío á mi mensajero delante de tu faz, que apareje tu camino delante de ti.
3Voz del que clama en el desierto: Aparejad el camino del Señor; enderezad sus veredas.
4Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo del arrepentimiento para remisión de pecados.
5Y salía á él toda la provincia de Judea, y los de Jerusalem; y eran todos bautizados por él en el río de Jordán, confesando sus pecados.
6Y Juan andaba vestido de pelos de camello, y con un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre.
7Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, al cual no soy digno de desatar encorvado la correa de sus zapatos.
8Yo á la verdad os he bautizado con agua; mas él os bautizará con Espíritu Santo.
9Y aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fué bautizado por Juan en el Jordán.
10Y luego, subiendo del agua, vió abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma, que descendía sobre él.
11Y hubo una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tomo contentamiento.
12Y luego el Espíritu le impele al desierto.
13Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado de Satanás; y estaba con las fieras; y los ángeles le servían.
14Mas después que Juan fué encarcelado, Jesús vino á Galilea predicando el evangelio del reino de Dios,
15Y diciendo: El tiempo es cumplido, y el reino de Dios está cerca: arrepentíos, y creed al evangelio.
16Y pasando junto á la mar de Galilea, vió á Simón, y á Andrés su hermano, que echaban la red en la mar; porque eran pescadores.
17Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres.
18Y luego, dejadas sus redes, le siguieron.
19Y pasando de allí un poco más adelante, vió á Jacobo, hijo de Zebedeo, y á Juan su hermano, también ellos en el navío, que aderezaban las redes.
20Y luego los llamó: y dejando á su padre Zebedeo en el barco con los jornaleros, fueron en pos de él.
21Y entraron en Capernaum; y luego los sábados, entrando en la sinagoga, enseñaba.
22Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene potestad, y no como los escribas.
23Y había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, el cual dió voces,
Los cielos se abren sobre Jesús, el Espíritu baja como paloma y una voz dice: «Tú eres mi Hijo amado». Y el texto sigue casi sin respiro: luego, el mismo Espíritu lo empuja al desierto. Allí pasa cuarenta días, tentado por Satanás, entre las fieras, y los ángeles le sirven. Ese es el contraste que atraviesa el pasaje: la voz que dice quién es Jesús y, de inmediato, el lugar más duro. Marcos no lo explica. Solo pone las dos cosas una junto a la otra.
El evangelio, que quiere decir buena noticia, empieza sin cuna ni genealogía: «Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios». Enseguida aparece Juan en el desierto, vestido de pelo de camello, con un cinto de cuero, comiendo langostas y miel silvestre. Predica un bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados, y sale a verlo toda Judea y Jerusalén, confesando sus pecados en el Jordán. Tiene a un país entero saliendo a buscarlo, y aun así habla de otro: «Viene tras mí el que es más poderoso que yo».
Volvamos un paso atrás. Juan dice que él bautiza con agua, pero que quien viene bautizará con Espíritu Santo. Y quien viene es Jesús, que llega de Nazaret de Galilea y es bautizado por Juan en el mismo Jordán donde los demás confesaban sus pecados. Solo después se abren los cielos. Padre, Hijo y Espíritu aparecen en la misma escena, y Jesús aparece en el río, junto con la gente.
Cuando Juan es encarcelado, Jesús llega a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios. Su mensaje cabe en una frase: «El tiempo es cumplido, y el reino de Dios está cerca». Hoy diríamos: el plazo se cumplió y el reino de Dios está muy cerca. Pide dos cosas: arrepentirse, que es cambiar de rumbo, y creer la buena noticia. Que el mensajero esté preso no detiene el mensaje.
Junto al mar de Galilea, Jesús ve a Simón y a Andrés echando la red. Les dice que vayan tras él y los hará pescadores de hombres, y dejan las redes al instante. Más allá ve a Jacobo y a su hermano Juan arreglando redes en la barca; los llama, y dejan a su padre Zebedeo en el barco con los jornaleros para seguirlo. En Capernaum, en la sinagoga, la gente se admira porque Jesús enseña «como quien tiene potestad, y no como los escribas». Potestad es autoridad; los escribas eran maestros de la ley.
Lo que Marcos junta aquí ilumina nuestros días. Jesús, el Hijo amado, pasó por el desierto; quien camina tras él sabe que el desierto puede formar parte del camino, y que pasar por él no significa que el amor del Padre se haya apagado. Y desde la orilla del mar, Jesús sigue llamando a gente común, con sus redes, su familia y su oficio, a dar un paso. A los primeros pescadores les pidió que fueran detrás de él, y esa invitación sigue sonando: «Venid en pos de mí».
Para vivirlo hoy
Hoy, en algún momento entre tareas, dedica cinco minutos a estar en silencio, sin teléfono ni música. Lee despacio Marcos 1:9-13 y quédate con la imagen de los cielos abiertos. Al terminar, di en voz alta una sola frase de gracias al Padre por su Hijo.
Para meditar
- ¿Qué cambia en tu manera de ver un día difícil saber que a Jesús, el Hijo amado, también lo llevaron a un desierto?
- Juan tenía a todo un país saliendo a buscarlo y aun así señalaba a otro. ¿A quién señalas tú con tu manera de vivir?
- ¿Qué parte de tu rutina de hoy podría convertirse en un lugar donde escuchar a Jesús, como los pescadores lo escucharon junto al mar?
Oración
Padre, tú abriste los cielos sobre tu Hijo y le dijiste quién era antes de que empezara a predicar. Gracias porque, en el desierto, los ángeles le servían. Prepara mi corazón como Juan preparaba el camino: endereza lo torcido y aparta lo que estorba. Dame ganas de creer la buena noticia y valor para dejar mis redes cuando Jesús me llame a seguirlo. Amén.