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Dios y las naciones

Testigos bendecidos que esperan y adoran

Lectura · San Lucas 24:45-53

45Entonces les abrió el sentido, para que entendiesen las Escrituras;

46Y díjoles: Así está escrito, y así fué necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día;

47Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando de Jerusalem.

48Y vosotros sois testigos de estas cosas.

49Y he aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros: mas vosotros asentad en la ciudad de Jerusalem, hasta que seáis investidos de potencia de lo alto.

50Y sacólos fuera hasta Bethania, y alzando sus manos, los bendijo.

51Y aconteció que bendiciéndolos, se fué de ellos; y era llevado arriba al cielo.

52Y ellos, después de haberle adorado, se volvieron á Jerusalem con gran gozo;

53Y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo á Dios. Amén.

San Lucas 24:45-53

Testigos. Esa es la palabra que Jesús pone sobre sus discípulos justo antes de despedirse: «Y vosotros sois testigos de estas cosas». Un testigo no es un experto ni alguien que gana discusiones. Es alguien que estuvo cerca de lo ocurrido y puede contarlo. Jesús no les pide que inventen un mensaje; les da un nombre sencillo y un encargo grande: contar lo que saben.

Antes de encargarles nada, Jesús les da algo: «les abrió el sentido, para que entendiesen las Escrituras». Hoy diríamos que les abrió la mente. No faltaba luz en lo escrito; faltaba que ellos pudieran verla, y Jesús se la dio. Les explica que el Cristo tenía que padecer y resucitar al tercer día, y que se predicase en su nombre «el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones». Remisión es perdón, una deuda que se cancela, y es para gente de todos los pueblos.

Después viene una espera. Jesús dice que enviará sobre ellos la promesa de su Padre, y les pide que se queden en la ciudad «hasta que seáis investidos de potencia de lo alto». Investidos quiere decir revestidos, como quien recibe un abrigo que no se hizo con sus manos. La fuerza para dar testimonio no saldrá de ellos; vendrá de arriba. Esperar en quietud no es tiempo perdido cuando lo que llega es un regalo del Padre.

Entonces Jesús los saca fuera, hasta Betania, y ocurre lo último que se ve de él en este Evangelio: «alzando sus manos, los bendijo». No se va con una lista de órdenes ni con una advertencia; se va bendiciendo. Y mientras los bendice, se separa de ellos y es llevado arriba, al cielo. Quien se despide así, con las manos en alto, muestra cómo es el corazón de Dios: su última acción es una bendición.

Esto nos toca de cerca. Ninguno de nosotros estuvo en aquel lugar, pero conocemos lo que ellos contaron, y decir con sencillez lo que hemos visto de Jesús sigue siendo dar testimonio: en la mesa, en el trabajo, con un vecino. También nos toca esperar: una decisión que no llega, una respuesta que tarda, una etapa que no termina. La espera de ellos tenía una promesa clara. La nuestra puede sentirse más borrosa, pero el que promete es el mismo que alzó las manos para bendecir.

Fíjate en cómo termina. Los discípulos, «después de haberle adorado, se volvieron á Jerusalem con gran gozo». Acaban de ver a Jesús irse y regresan con alegría. Aún no reciben la fuerza prometida y ya pasan sus días en el templo, esperando donde se les dijo. Jesús les abrió la mente y se nota el fruto: no solo saben más, adoran más. Su historia aquí se cierra con ellos «alabando y bendiciendo á Dios».

Para vivirlo hoy

Esta noche, y las dos que le sigan, antes de dormir, escribe una sola línea con algo que viste hacer a Dios ese día, por pequeño que parezca: una ayuda a tiempo, una conversación, un alivio. Un testigo cuenta lo que vio, y así vas aprendiendo a mirar. Al tercer día lee las tres líneas seguidas y dale gracias.

Para meditar

  • ¿Qué he visto hacer a Jesús en mi vida que podría contar con palabras sencillas?
  • ¿En qué parte de mi vida me toca esperar hoy, y cómo puedo esperar adorando?
  • ¿Qué me dice de Jesús que lo último que hace a la vista de sus discípulos sea bendecir?

Oración

Esperar sin ver lo que viene me resulta difícil, y hablar de ti con sencillez me cuesta todavía más. Jesús, gracias porque antes de irte les abriste la mente a tus discípulos y los bendijiste con las manos alzadas. Abre también la mía a lo que dicen las Escrituras. Enséñame a esperar donde tú me pongas, a contar lo que he visto de ti y a volver a casa con gozo. Que mi vida sea adoración y alabanza a Dios. Amén.

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