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Fidelidad de Dios

Gilgal: el maná termina y Dios sigue dando

Lectura · Josué 5:1-12

1Y CUANDO todos los reyes de los Amorrheos, que estaban de la otra parte del Jordán al occidente, y todos los reyes de los Cananeos, que estaban cerca de la mar, oyeron como Jehová había secado las aguas del Jordán delante de los hijos de Israel hasta que hubieron pasado, desfalleció su corazón, y no hubo más espíritu en ellos delante de los hijos de Israel.

2En aquel tiempo Jehová dijo á Josué: Hazte cuchillos afilados, y vuelve á circuncidar la segunda vez á los hijos de Israel.

3Y Josué se hizo cuchillos afilados, y circuncidó á los hijos de Israel en el monte de los prepucios.

4Esta es la causa por la cual Josué los circuncidó: todo el pueblo que había salido de Egipto, los varones, todos los hombres de guerra, habían muerto en el desierto por el camino, después que salieron de Egipto.

5Porque todos los del pueblo que habían salido, estaban circuncidados: mas todo el pueblo que había nacido en el desierto por el camino, después que salieron de Egipto, no estaban circuncidados.

6Porque los hijos de Israel anduvieron por el desierto cuarenta años, hasta que toda la gente de los hombres de guerra que habían salido de Egipto, fué consumida, por cuanto no obedecieron á la voz de Jehová; por lo cual Jehová les juró que no les dejaría ver la tierra, de la cual Jehová había jurado á sus padres que nos la daría, tierra que fluye leche y miel.

7Y los hijos de ellos, que él había hecho suceder en su lugar, Josué los circuncidó; pues eran incircuncisos, porque no habían sido circuncidados por el camino.

8Y cuando hubieron acabado de circuncidar toda la gente, quedáronse en el mismo lugar en el campo, hasta que sanaron.

9Y Jehová dijo á Josué: Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto: por lo cual el nombre de aquel lugar fué llamado Gilgal, hasta hoy.

10Y los hijos de Israel asentaron el campo en Gilgal, y celebraron la pascua á los catorce días del mes, por la tarde, en los llanos de Jericó.

11Y al otro día de la pascua comieron del fruto de la tierra los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas.

12Y el maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron á comer del fruto de la tierra: y los hijos de Israel nunca más tuvieron maná, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año.

Josué 5:1-12

Dios cumple lo que jura, aun cuando pasen cuarenta años y cambien los rostros del pueblo. El pasaje lo muestra por los dos lados. Los hombres de guerra que salieron de Egipto murieron en el desierto, porque no obedecieron la voz de Jehová, y no vieron la tierra. Es una página dura, y el texto no la suaviza. Pero la tierra jurada a los padres no se perdió: la reciben los hijos, los que Él «había hecho suceder en su lugar».

Del otro lado del Jordán, los reyes de los amorreos y de los cananeos oyeron cómo Jehová había secado las aguas delante de Israel hasta que pasaron, y «desfalleció su corazón, y no hubo más espíritu en ellos». Desfallecer es quedarse sin fuerzas. En este pasaje todavía no se ha dado una sola batalla, y esos reyes ya han perdido el ánimo. Lo que Dios hace en un lugar se oye lejos y cambia lo que otros esperan.

Y entonces, con esos reyes tan cerca, Dios le pide a Josué algo que nadie llamaría estrategia: «Hazte cuchillos afilados», y vuelve a circuncidar a los hijos de Israel, los nacidos en el camino, que no lo habían sido. Cuando terminan, todo el pueblo se queda en el mismo lugar del campo hasta que sanan. Es un rito doloroso, y ante un país entero por conquistar, el pueblo espera hasta sanar antes de avanzar.

Y Jehová dijo a Josué: «Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto». Oprobio quiere decir vergüenza, un peso que se lleva encima. El texto no explica en qué consistía; sí dice que fue Dios quien lo quitó y que por eso aquel lugar se llamó Gilgal. Lo que Dios entrega en este pasaje no es solo una tierra: también levanta de su pueblo algo que pesaba.

Después celebran la pascua, a los catorce días del mes, por la tarde, en los llanos de Jericó. Al otro día comen del fruto de la tierra: panes sin levadura y espigas nuevas tostadas. Y el maná cesó: «nunca más tuvieron maná, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año». El pan que los sostuvo en el desierto deja de aparecer. Quien lee con fe reconoce ahí la mano del mismo Dios: aquí cambió la manera de dar.

Hay etapas en que lo que nos sostenía cambia de forma o desaparece: se acaba un trabajo, la ayuda que recibíamos ya no viene. No tiene que ser señal de que Dios se fue. El pasaje no promete que lo nuevo llegue pronto ni de la forma que esperamos; solo muestra que el Dios que sostuvo con maná también sostuvo con el fruto de la tierra. Y era una mesa sencilla: panes sin levadura y espigas nuevas, en una tierra que hasta hace poco solo se veía de lejos.

Para vivirlo hoy

Lee despacio esta frase que Dios dijo a su pueblo: «Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto». Después quédate dos minutos en silencio, sin pedir nada, y deja que la frase diga lo que tenga que decir. No hace falta entenderla toda; basta con quedarse un rato a su lado.

Para meditar

  • ¿En qué has visto que Dios cumple lo que dijo, aunque haya tardado más de lo que esperabas?
  • ¿Qué peso llevas que te gustaría entregarle a Dios, aunque no sepas ponerle nombre?
  • ¿Qué cosa que te sostenía ya no está, y dónde podrías reconocer hoy lo nuevo que Dios pone en tu mesa?

Oración

Dios que juraste la tierra a los padres y la entregaste a los hijos, gracias porque tu palabra no caduca con una generación. Gracias por quitar el peso que tu pueblo llevaba y por sostenerlo tanto en el desierto como en la tierra. Cuando el pan de antes ya no llegue, ayúdanos a reconocer tu mano en lo nuevo. Enséñanos a detenernos cuando haga falta antes de avanzar, y a celebrar con gratitud lo que nos das. Amén.

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