Alabanza y adoración
Gayo, Erasto y Cuarto: la alabanza que cierra la carta
Lectura · Romanos 16:23-27
23Salúdaos Gayo, mi huésped, y de toda la iglesia. Salúdaos Erasto, tesorero de la ciudad, y el hermano Cuarto.
24La gracia del Señor nuestro Jesucristo sea con todos vosotros. Amén.
25Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio encubierto desde tiempos eternos,
26Mas manifestado ahora, y por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, declarado á todas las gentes para que obedezcan á la fe;
27Al solo Dios sabio, sea gloria por Jesucristo para siempre. Amén.
La carta ya casi termina, y en lugar de un final solemne llegan los saludos. Gayo, que recibe en su casa a Pablo y a toda la iglesia, manda el suyo. Lo manda también Erasto, tesorero de la ciudad. Y lo manda «el hermano Cuarto». Fíjate en cómo aparece cada uno. De Gayo se cuenta lo que hace con su casa; de Erasto, el cargo que tiene; de Cuarto, solamente que es hermano. El texto no dice nada más de él.
Son tres personas distintas, y las tres caben en la misma carta. Es fácil sentir que el valor de alguien depende de lo que tiene o de lo que hace; aquí, para Cuarto, basta una palabra. Y a todos, a quienes envían saludos y a quienes los reciben, Pablo les desea lo mismo: «La gracia del Señor nuestro Jesucristo sea con todos vosotros». Con todos, sin distinguir cargos ni casas.
Después la carta se abre hacia arriba. Pablo termina con una alabanza a Dios, en una sola frase larga que empieza así: «Y al que puede confirmaros». Confirmar quiere decir dejar firme, bien asentado. Lo primero que Pablo destaca de Dios no es lo que nos toca hacer, sino lo que él puede, y lo hace según el evangelio que Pablo anunciaba y la predicación de Jesucristo. El texto no promete que nada nos moverá; dice que Dios puede sostener.
La alabanza sigue con algo que estuvo guardado. Habla de un «misterio encubierto desde tiempos eternos», es decir, escondido, y ahora manifestado, también por las Escrituras de los profetas. Es, dice el texto, según el mandamiento del Dios eterno. Y llega lejos: fue «declarado á todas las gentes», o sea, a todos los pueblos, para que obedezcan a la fe, lo que hoy diríamos así: que respondan confiando en él. Lo que estuvo escondido tanto tiempo se abre de par en par.
Hoy esto toca a quienes se preguntan si su vida pesa algo: quien cuida a otros en silencio, quien cumple un cargo, quien apenas es un nombre en la lista de una iglesia. La escena no pide ser Gayo ni Erasto. Ofrece algo más sencillo: ser hermanos, con la gracia de Jesucristo, y dejar que la gloria suba a Dios por medio de él. Hay un descanso en eso.
El texto empieza con nombres de personas y termina con una alabanza a Dios; esa es la dirección de todo lo que la carta cuenta. Hoy, cuando algo pequeño de lo que haces parezca no importar, acuérdate de que una lista de saludos quedó escrita en la Biblia, y ofrece ese momento a Dios con una sola frase: gloria a ti.
Para vivirlo hoy
En algún momento tranquilo de hoy, lee despacio y en voz baja tres veces esta frase: «Al solo Dios sabio, sea gloria por Jesucristo para siempre». Después quédate dos minutos en silencio, sin pedir nada, solo con la frase en la mente. Si te distraes, vuelve a ella con calma, sin reproche, y termina diciendo amén.
Para meditar
- De Gayo se dice qué hace, de Erasto qué cargo tiene y de Cuarto que es hermano. ¿Qué te dice sobre tu lugar en la iglesia que hermano baste?
- Pablo cierra la carta alabando a Dios antes que dando instrucciones. ¿Qué lugar tiene la alabanza en tus días, y qué la ayudaría a crecer?
- ¿En qué momentos ha necesitado tu fe quedar firme, y qué cambia saber que Dios puede sostenerla?
Oración
¡Dios que todo lo sostienes y a quien nada le resulta incierto, tú guardaste un misterio desde tiempos eternos y lo diste a conocer a todos los pueblos! Gracias porque puedes dejarnos firmes cuando todo se mueve. Gracias por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que alcanza a quien abre su casa, a quien cumple un cargo y a quien lleva simplemente el nombre de hermano. Sé mi firmeza cuando dude, y que mi vida, pequeña o grande, termine donde termina esta carta: en tu gloria por Jesucristo. Amén.