Temor de Dios
El dios de clavos y martillo frente al Dios vivo
Lectura · Jeremías 10:1-19
1OID la palabra que Jehová ha hablado sobre vosotros, oh casa de Israel.
2Así dijo Jehová: No aprendáis el camino de las gentes, ni de las señales del cielo tengáis temor, aunque las gentes las teman.
3Porque las ordenanzas de los pueblos son vanidad: porque leño del monte cortaron, obra de manos de artífice con azuela.
4Con plata y oro lo engalanan; con clavos y martillo lo afirman, para que no se salga.
5Como palma lo igualan, y no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos; porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder.
6No hay semejante á ti, oh Jehová; grande tú, y grande tu nombre en fortaleza.
7¿Quién no te temerá, oh Rey de las gentes? porque á ti compete ello; porque entre todos los sabios de las gentes, y en todos sus reinos, no hay semejante á ti.
8Y todos se infatuarán, y entontecerán. Enseñanza de vanidades es el mismo leño.
9Traerán plata extendida de Tarsis, y oro de Uphaz; obrará el artífice, y las manos del fundidor; vestiránlos de cárdeno y de púrpura: obra de peritos es todo.
10Mas Jehová Dios es la verdad; él es Dios vivo y Rey eterno: á su ira tiembla la tierra, y las gentes no pueden sufrir su saña.
11Les diréis así: Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, perezcan de la tierra y de debajo de estos cielos.
12El que hizo la tierra con su potencia, el que puso en orden el mundo con su saber, y extendió los cielos con su prudencia;
13A su voz se da muchedumbre de aguas en el cielo, y hace subir las nubes de lo postrero de la tierra; hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos.
14Todo hombre se embrutece y le falta ciencia; avergüéncese de su vaciadizo todo fundidor: porque mentira es su obra de fundición, y no hay espíritu en ellos;
15Vanidad son, obra de escarnios: en el tiempo de su visitación perecerán.
16No es como ellos la suerte de Jacob: porque él es el Hacedor de todo, é Israel es la vara de su herencia: Jehová de los ejércitos es su nombre.
17Recoge de las tierras tus mercaderías, la que moras en lugar fuerte.
18Porque así ha dicho Jehová: He aquí que esta vez arrojaré con honda los moradores de la tierra, y he de afligirlos, para que lo hallen.
19¡Ay de mí, por mi quebrantamiento! mi llaga es muy dolorosa. Yo empero dije: Ciertamente enfermedad mía es esta, y debo sufrirla.
Clavos y martillo: eso es lo que usan para afirmar al dios de esta escena. Un tronco cortado del monte, trabajado por un artesano con su azuela, que es una herramienta de carpintero, y adornado con plata y oro. Al final lo aseguran a golpes: «con clavos y martillo lo afirman, para que no se salga». Quien fabricó la figura tiene que cuidar que se quede donde la puso.
Dios habla a la casa de Israel con una orden sencilla: no aprendáis el camino de las gentes, es decir, de los pueblos vecinos, ni temáis las señales del cielo solo porque ellos las temen. Luego describe a esos dioses con pocas palabras: «son llevados, porque no pueden andar». Un dios que hay que cargar. De ahí saca una consecuencia: «No tengáis temor de ellos; porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder». Nada que temer en algo que no puede actuar, y nada que esperar tampoco.
Entonces el texto se dirige a Dios mismo: «No hay semejante á ti, oh Jehová». Y la razón llega enseguida: «Mas Jehová Dios es la verdad; él es Dios vivo y Rey eterno». Los otros son mentira y no tienen espíritu. Él hizo la tierra con su potencia, que hoy diríamos con su poder, y puso en orden el mundo con su saber. El pasaje no esconde que la tierra tiembla ante su ira, ni que los dioses falsos perecerán.
El capítulo no termina en la alabanza. Al final hay un aviso para su propio pueblo: recoger lo que tienen, porque los que viven en lugar fuerte serán arrojados como con una honda. Y se oye una voz herida: «¡Ay de mí, por mi quebrantamiento! mi llaga es muy dolorosa». Una manera de leerlo es como el profeta, que sufre junto a su pueblo. Quien dice la verdad completa no habla desde lejos.
Hoy nadie clava un dios en su sitio, pero conocemos cosas hechas con nuestras manos que sostenemos con todas las fuerzas: una imagen que cuidar, un plan que no puede fallar, una cifra en la cuenta. Y conocemos los miedos que todos comparten y que se contagian en la conversación de la mesa. El pasaje no desprecia el trabajo de las manos. Nos invita a mirar qué sostiene a qué.
En Jesús, el Dios vivo caminó hasta nosotros. No es un dios mudo: habló, anduvo entre la gente y se dejó tocar. Hoy, mira el cielo un minuto, desde la ventana de la cocina o desde la parada del bus, y fíjate en una nube o en el viento. Recuerda quién hace subir las nubes y «saca el viento de sus depósitos».
Para vivirlo hoy
Piensa en alguien de tu entorno que esté cargando con una preocupación grande, sea de dinero, de trabajo o de familia. Llámale hoy, pregúntale cómo está de verdad y dedica unos minutos a escucharle sin dar consejos; al despedirte, dile que vas a orar por esa situación.
Para meditar
- ¿Qué cosa hecha por tus propias manos sostienes hoy con más fuerza de la necesaria?
- ¿Qué miedos de los que todos comparten se te han pegado sin que lo notaras?
- ¿Qué cambia en tu día que el Dios verdadero esté vivo y hable, a diferencia de lo que solo se carga?
Oración
Jesús, tú no eres una figura muda que haya que asegurar con clavos: eres el Dios vivo, hablaste y caminaste entre nosotros. Gracias porque el que hizo la tierra con su poder y saca el viento de sus depósitos se hizo cercano. Perdona las veces que confío más en lo que mis manos hicieron que en ti, y las veces que me asusta lo que a todos asusta. Recuérdame que nadie se compara contigo. Enséñame a temerte a ti, y no a lo que no puede hacer bien ni mal. Amén.