Juicio y misericordia
Buscando en las plazas a alguien que diga la verdad
Lectura · Jeremías 5:1-17
1DISCURRID por las plazas de Jerusalem, y mirad ahora, y sabed, y buscad en sus plazas si halláis hombre, si hay alguno que haga juicio, que busque verdad; y yo la perdonaré.
2Y si dijeren: Vive Jehová; por tanto jurarán mentira.
3Oh Jehová, ¿no miran tus ojos á la verdad? Azotástelos, y no les dolió; consumístelos, y no quisieron recibir corrección; endurecieron sus rostros más que la piedra, no quisieron tornarse.
4Yo empero dije: Por cierto ellos son pobres, enloquecido han, pues no conocen el camino de Jehová, el juicio de su Dios.
5Irme he á los grandes, y hablaréles; porque ellos conocen el camino de Jehová, el juicio de su Dios. Ciertamente ellos también quebraron el yugo, rompieron las coyundas.
6Por tanto, león del monte los herirá, destruirálos lobo del desierto, tigre acechará sobre sus ciudades; cualquiera que de ellas saliere, será arrebatado: porque sus rebeliones se han multiplicado, hanse aumentado sus deslealtades.
7¿Cómo te he de perdonar por esto? Sus hijos me dejaron, y juraron por lo que no es Dios. Saciélos, y adulteraron, y en casa de ramera se juntaron en compañías.
8Como caballos bien hartos fueron á la mañana, cada cual relinchaba á la mujer de su prójimo.
9¿No había de hacer visitación sobre esto? dijo Jehová. De una gente como ésta ¿no se había de vengar mi alma?
10Escalad sus muros, y destruid; mas no hagáis consumación: quitad las almenas de sus muros, porque no son de Jehová.
11Porque resueltamente se rebelaron contra mí la casa de Israel y la casa de Judá, dice Jehová.
12Negaron á Jehová, y dijeron: El no es, y no vendrá mal sobre nosotros, ni veremos cuchillo ni hambre;
13Antes los profetas serán como viento, y no hay en ellos palabra; así se hará á ellos.
14Por tanto, así ha dicho Jehová Dios de los ejércitos: Porque hablasteis esta palabra, he aquí yo pongo en tu boca mis palabras por fuego, y á este pueblo por leños, y los consumirá.
15He aquí yo traigo sobre vosotros gente de lejos, oh casa de Israel, dice Jehová; gente robusta, gente antigua, gente cuya lengua ignorarás, y no entenderás lo que hablare.
16Su aljaba como sepulcro abierto, todos valientes.
17Y comerá tu mies y tu pan, que habían de comer tus hijos y tus hijas; comerá tus ovejas y tus vacas, comerá tus viñas y tus higueras; y tus ciudades fuertes en que tú confías, tornará en nada á cuchillo.
Dios pone una condición muy pequeña para perdonar a una ciudad entera. Manda recorrer las plazas de Jerusalem para ver «si hay alguno que haga juicio, que busque verdad»: quiere decir alguien que actúe con justicia y busque lo verdadero. Con eso bastaría. Pero el resto del capítulo es un recorrido por lo contrario: juramentos falsos, rostros duros, fidelidades rotas. Entre la puerta abierta del primer versículo y el cuchillo del último hay una distancia que el texto no esconde.
Hasta lo mejor que decían sonaba falso: aun cuando juraban por la vida de Jehová, el texto dice que juraban mentira. El nombre de Dios en sus labios servía para engañar. Jeremías lo expone ante Dios: «endurecieron sus rostros más que la piedra, no quisieron tornarse». Tornarse es volver. Habían recibido golpes y no habían aprendido de ellos, y no quisieron volver.
Jeremías intenta entender. Piensa primero en los pobres, que quizá no conocen el camino de Jehová. Entonces irá a los grandes, que sí lo conocen. Y el resultado es el mismo: «ellos también quebraron el yugo». El yugo es la madera que junta a los bueyes para el trabajo; romperlo es negarse a ser guiado. Saber poco o saber mucho no explicaba todo el problema.
Luego el texto dice con claridad lo que hay detrás: hijos que juraron por lo que no es Dios, gente a quien Dios había saciado y que adulteró, y una escena donde «cada cual relinchaba á la mujer de su prójimo», como caballos bien alimentados. Prójimo es el vecino, y el texto no lo disimula. Dios responde que sobre esto tiene que pedir cuentas. Vendrán el león, el lobo y el tigre, imágenes del daño. Y aun así, en medio de la orden de escalar los muros, hay un freno: «mas no hagáis consumación», o sea, no acaben con todo.
Mientras tanto, el pueblo decía de Dios: «El no es, y no vendrá mal sobre nosotros», es decir: Dios no existe o no actúa, y no habrá cuchillo ni hambre. El aviso final es concreto: gente de lejos, con una lengua que no entenderán, una aljaba, el estuche de las flechas, abierta como una tumba, y cosecha, pan, ovejas y viñas devoradas, con «tus ciudades fuertes en que tú confías» reducidas a nada. Todos tenemos las nuestras: el sueldo seguro, la salud, la buena fama. Están bien. El riesgo es confiar en ellas como si fueran Dios.
A la luz de Jesús se puede leer así: quien busca a alguien justo para perdonar termina enviando a su propio Hijo, el Justo, que carga con lo que no le tocaba. Eso no borra las advertencias, pero cambia su tono: detrás de ellas hay alguien que quiere perdonar. Desde el primer versículo, lo que Dios busca es poder decir: «y yo la perdonaré».
Para vivirlo hoy
Piensa en alguien que alguna vez te dijo una verdad incómoda con buen trato: un amigo, un compañero de trabajo, un familiar. Escríbele hoy un mensaje corto de gratitud, sin pedir nada a cambio, para decirle que lo que te dijo te sirvió.
Para meditar
- ¿Qué verdad incómoda ha llegado a tu vida últimamente y aún no has sabido cómo recibir?
- ¿Cuáles son tus ciudades fuertes, esas seguridades en las que más confías, y qué lugar ocupan junto a Dios?
- ¿Qué te muestra de Dios que, aun en medio de la sentencia, ponga un límite a la destrucción?
Oración
Confieso que recibir una corrección me cuesta más que recibir un halago, y que a veces pongo mi confianza en mis seguridades antes que en ti. Se me da bien decir tu nombre; se me da peor vivir de acuerdo con él. Ablanda lo que en mí se ha endurecido. Enséñame a decir la verdad con amor, a volver cuando me haya apartado y a dejar que tú seas mi refugio. Gracias porque, desde la primera línea de este pasaje, lo que buscas es poder perdonar. Amén.