Sufrimiento y consuelo
El ¡Ay de mí! de Baruch y la vida que Dios le promete
Lectura · Jeremías 45:1-5
1PALABRA que habló Jeremías profeta á Baruch hijo de Nerías, cuando escribía en el libro estas palabras de boca de Jeremías, el año cuarto de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, diciendo:
2Así ha dicho Jehová Dios de Israel, á ti, oh Baruch:
3Tú dijiste: ¡Ay de mí ahora! porque me ha añadido Jehová tristeza sobre mi dolor; trabajé en mi gemido, y no he hallado descanso.
4Así le has de decir: Así ha dicho Jehová: He aquí que yo destruyo los que edifiqué, y arranco los que planté, y toda esta tierra.
5¿Y tú buscas para ti grandezas? No busques; porque he aquí que yo traigo mal sobre toda carne, ha dicho Jehová, y á ti te daré tu vida por despojo en todos los lugares adonde fueres.
Dos cosas chocan en estos cinco versículos. De un lado, Baruch dice: «¡Ay de mí ahora! porque me ha añadido Jehová tristeza sobre mi dolor». Del otro, Dios responde no con una palmada en la espalda, sino con una frase que suena dura: no busques. Y en esa misma respuesta hay una promesa de vida. La corrección y el cuidado, que solemos poner en lados distintos, aquí van juntos.
Baruch era el escriba de Jeremías. Recibe esta palabra «cuando escribía en el libro estas palabras de boca de Jeremías», en el año cuarto del rey Joacim. Mientras ponía en tinta anuncios de ruina, cargaba además con su propia tristeza y con la falta de descanso que él mismo cuenta. Dios no lo pasa por alto: se lo repite palabra por palabra, empezando por «Tú dijiste». Su queja tiene voz, y Dios la recuerda.
Lo que sigue es difícil de leer: «yo destruyo los que edifiqué, y arranco los que planté, y toda esta tierra». Dios mismo derriba lo que levantó, y dice que trae desgracia sobre «toda carne», es decir, sobre todos los seres humanos. El pasaje no explica cada porqué; muestra a un Dios que es dueño de lo que hizo y que no finge que el mundo no se está sacudiendo.
Luego viene el no busques. El pasaje no dice qué grandezas tenía Baruch en mente; solo que, con todo cayéndose alrededor, no era hora de buscarlas para sí. Y enseguida llega lo que sostiene lo demás: «á ti te daré tu vida por despojo en todos los lugares adonde fueres». Despojo es botín, lo que un soldado sale llevándose del combate; adonde fueres quiere decir adonde vayas. Es una palabra para Baruch, no una garantía para todos, pero muestra cómo es este Dios: no promete un puesto ni un nombre, sino vida en cada lugar.
Todos hemos dicho alguna vez nuestro propio ¡Ay de mí! Este pasaje deja ver que Dios oye esa queja: la cita tal cual y luego habla con franqueza. Es posible que tú también hayas dado mucho por otros y esperaras un poco de alivio o un gracias; cuando no llega, duele dos veces, y decirlo no es falta de fe. Y si el cansancio y la falta de descanso llevan ya mucho tiempo en ti, no lo cargues callando: habla con tu pastor o con alguien de confianza, y si el peso te lleva a pensar en hacerte daño, busca hoy mismo ayuda profesional.
Jesús mismo dijo que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida. En él vemos hasta dónde llega el cuidado de Dios: la vida que nos guarda es un regalo suyo. Nada de esto borra lo duro del texto, pero lo enmarca: Dios es dueño de lo que edificó y plantó, oye lo que decimos aun con el corazón roto, y es él quien da la vida y la cuida.
Para vivirlo hoy
Lee despacio, tres veces, la frase «Tú dijiste: ¡Ay de mí ahora!». Luego quédate cinco minutos en silencio y ponle nombre, en voz baja o solo en tu mente, a lo que hoy te pesa. No hace falta arreglarlo ni explicarlo: basta con saber que Dios escucha lo que decimos.
Para meditar
- ¿Qué queja tuya has guardado por miedo a que no sea digna de decírsela a Dios?
- ¿Qué esperabas de Dios o de los demás que hoy se siente perdido?
- ¿Cómo cambia tu manera de orar saber que Dios recuerda tus palabras?
Oración
Jesús, tú sabes lo que es cargar con dolor sin recibir aplauso, y por eso me atrevo a decirte lo que me pesa. Gracias porque oyes cada palabra, hasta las que salen sin orden, y porque no me respondes con mentiras dulces sino con verdad y con cuidado. Enséñame a recibir mi vida de tus manos aun cuando todo se sacude. Guárdame en cada lugar al que vaya, y hazme compañía y ayuda para quien lleve un cansancio largo. Amén.