Fidelidad de Dios
Un rey sale de la cárcel y come pan cada día
Lectura · Jeremías 52:31-34
31Y acaeció que en el año treinta y siete de la cautividad de Joachîn rey de Judá, en el mes duodécimo, á los veinticinco del mes, Evil-merodach, rey de Babilonia, en el año primero de su reinado, alzó la cabeza de Joachîn rey de Judá y sacólo de la casa de la cárcel;
32Y habló con él amigablemente, é hizo poner su silla sobre las sillas de los reyes que estaban con él en Babilonia.
33Hízole mudar también los vestidos de su prisión, y comía pan delante de él siempre todos los días de su vida.
34Y continuamente se le daba ración por el rey de Babilonia, cada cosa en su día por todos los de su vida, hasta el día de su muerte.
¿Qué le queda a la esperanza cuando pasan treinta y siete años y nada cambia? Casi nadie la dice en voz alta cuando la enfermedad no cede o un problema en casa parece congelado. Este pasaje final de Jeremías responde con una escena pequeña y silenciosa. Hay un hombre que sale de una celda. Después de tantas páginas de juicio y ruina, Dios deja asomar un poco de luz.
En el año treinta y siete de la cautividad de Joachîn, rey de Judá, comienza a reinar en Babilonia un rey nuevo, Evil-merodac. Su padre había tenido preso a Joachîn largo tiempo; el hijo, en cambio, «alzó la cabeza de Joachîn rey de Judá y sacólo de la casa de la cárcel». Después «habló con él amigablemente» y puso su silla sobre las de los demás reyes allí. Le cambió los vestidos de la prisión. Cada detalle es un escalón que sube: la cabeza, la celda, la palabra, el asiento, la ropa.
Nuestros tiempos están en las manos de Dios, y también los corazones de aquellos con quienes tratamos. Él puede mover a quien hablaba con dureza a hablar con bondad; no siempre lo vemos, ni podemos exigirlo. Fíjate, sin embargo, en lo que el pasaje no dice. No cuenta que Joachîn volviera a Jerusalén ni que recuperara el poder: le dan una silla de honor, pero sigue en tierra extraña. La fidelidad de Dios aquí es verdadera y a la vez sobria: un alivio dentro de la cautividad, una señal de que la historia de su pueblo no ha terminado.
El texto termina en algo casi doméstico: «comía pan delante de él siempre todos los días de su vida», y se le daba ración, «cada cosa en su día». Quizá lo entiendas si alguna vez contaste lo que alcanza hasta fin de mes. Dios no siempre entrega el cambio grande de una vez. Muchas veces da lo de hoy, y mañana lo de mañana. El mundo cambia: quien cayó del trono a la cárcel vuelve a comer delante del rey. Nadie debería sentirse tan seguro que olvide a Dios, ni tan hundido que renuncie a esperar.
Joachîn no hizo nada para merecer aquel día; le llegó como un regalo, desde fuera y desde arriba. Hay aquí un eco de algo mayor, aunque el texto no lo diga. En Jesús, Dios saca de otra prisión, la de la culpa y la vergüenza, y nos da ropa nueva y un lugar en su casa. Lo que a Joachîn le dio un rey extranjero, a nosotros nos lo da el Rey que cargó con nuestra culpa en la cruz.
El pasaje llega hasta «el día de su muerte» y ahí se calla. Pero su historia no terminó en la celda, y la de su pueblo tampoco. Si hoy te sientes en un lugar cerrado, quizá baste con pedir lo de hoy. Dios no deja de mirar a los que están abajo. Aunque no siempre cambie lo que esperamos, no te olvida.
Para vivirlo hoy
Recuerda una situación que llevas mucho tiempo esperando que cambie. Anota tres cosas concretas que recibiste esta semana: un plato en la mesa, una llamada, un turno de trabajo. Luego ora por la persona de quien depende tu situación y pídele a Dios que la trate con bondad. Esperar con paciencia no es aguantar maltrato: si esa persona te daña o te pone en riesgo, pide ayuda y protégete: también eso es confiar en Dios.
Para meditar
- ¿Qué situación llevas esperando desde hace años, y qué pequeño alivio ha puesto Dios en ella sin que lo notaras?
- ¿Cómo cambia tu manera de esperar saber que tus tiempos están en las manos de Dios?
- ¿A quién podrías hablarle hoy con amabilidad, alguien que se siente encerrado en su propia dificultad?
Oración
Señor fiel, tú no olvidaste a Joachîn en su celda ni a tu pueblo en tierra extraña. Tampoco me has olvidado a mí. Enséñame a ver el pan de cada día como una señal de tu cuidado, y a esperar sin amargura lo que todavía no llega. Cuida mi vida cuando está en manos de otros, y dame sabiduría para saber cuándo esperar y cuándo pedir ayuda. Cuando me sienta muy abajo, recuérdame que tú cambias los tiempos. Y cuando me sienta seguro, guárdame de olvidarte. Gracias porque en Jesús me vistes de nuevo y me das un lugar en tu casa. Amén.