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Servicio y generosidad

El año en que se soltaban las deudas

Lectura · Deuteronomio 15:1-17

1AL cabo de siete años harás remisión.

2Y esta es la manera de la remisión: perdonará á su deudor todo aquél que hizo empréstito de su mano, con que obligó á su prójimo: no lo demandará más á su prójimo, ó á su hermano; porque la remisión de Jehová es pregonada.

3Del extranjero demandarás el reintegro: mas lo que tu hermano tuviere tuyo, lo perdonará tu mano;

4Para que así no haya en ti mendigo; porque Jehová te bendecirá con abundancia en la tierra que Jehová tu Dios te da por heredad para que la poseas,

5Si empero escuchares fielmente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y cumplir todos estos mandamientos que yo te intimo hoy.

6Ya que Jehová tu Dios te habrá bendecido, como te ha dicho, prestarás entonces á muchas gentes, mas tú no tomarás prestado; y enseñorearte has de muchas gentes, pero de ti no se enseñorearán.

7Cuando hubiere en ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en tu tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano á tu hermano pobre:

8Mas abrirás á él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que basta, lo que hubiere menester.

9Guárdate que no haya en tu corazón perverso pensamiento, diciendo: Cerca está el año séptimo, el de la remisión; y tu ojo sea maligno sobre tu hermano menesteroso para no darle: que él podrá clamar contra ti á Jehová, y se te imputará á pecado.

10Sin falta le darás, y no sea tu corazón maligno cuando le dieres: que por ello te bendecirá Jehová tu Dios en todos tus hechos, y en todo lo que pusieres mano.

11Porque no faltarán menesterosos de en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano á tu hermano, á tu pobre, y á tu menesteroso en tu tierra.

12Cuando se vendiere á ti tu hermano Hebreo ó Hebrea, y te hubiere servido seis años, al séptimo año le despedirás libre de ti.

13Y cuando lo despidieres libre de ti, no lo enviarás vacío:

14Le abastecerás liberalmente de tus ovejas, de tu era, y de tu lagar; le darás de aquello en que Jehová te hubiere bendecido.

15Y te acordarás que fuiste siervo en la tierra de Egipto, y que Jehová tu Dios te rescató: por tanto yo te mando esto hoy.

16Y será que, si él te dijere: No saldré de contigo; porque te ama á ti y á tu casa, que le va bien contigo;

17Entonces tomarás una lesna, y horadarás su oreja junto á la puerta, y será tu siervo para siempre: así también harás á tu criada.

Deuteronomio 15:1-17

¿Qué se hace con alguien que te debe y no puede pagar? A veces somos quien espera un plazo más, una palabra de gracia; otras, quien guarda la cuenta en la cabeza. Este pasaje entra en esa mesa incómoda donde se cruzan el dinero y el corazón. Le da a Israel un calendario concreto para vivir la misericordia: «Al cabo de siete años harás remisión».

La ley es directa. Cada séptimo año, quien había prestado a un hermano de su pueblo debía soltar la deuda: «no lo demandará más á su prójimo, ó á su hermano». Pensaba en los pobres que pedían prestado para sostener a su casa y no lograban salir del hoyo. Ese respiro le devolvía a una familia la posibilidad de empezar otra vez.

Lo más fino viene después. Dios conoce el pensamiento que todos reconocemos: si el año de la remisión está cerca, para qué prestar. Lo llama «perverso pensamiento», un ojo que se vuelve maligno sobre el hermano necesitado. Contra eso ordena: «no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano á tu hermano pobre», y prestar lo que basta. Promete que por ello Jehová bendecirá al que da, pero no como una inversión segura: invita a confiar en un Dios que ya nos bendijo primero, aun cuando lo prestado no vuelva.

Luego el texto pasa de las deudas a las personas. Un hebreo o una hebrea que se había vendido por necesidad servía seis años, y en el séptimo salía libre. Pero no con las manos vacías: «Le abastecerás liberalmente de tus ovejas, de tu era, y de tu lagar». La razón es una memoria: «te acordarás que fuiste siervo en la tierra de Egipto, y que Jehová tu Dios te rescató». Si el siervo decía que no quería irse, porque amaba a esa casa y le iba bien en ella, se le perforaba la oreja junto a la puerta, y quedaba como siervo para siempre, es decir, de por vida. La libertad era la regla: nadie estaba obligado, solo se quedaba quien lo elegía.

Hoy pocos prestamos ovejas, pero la escena nos resulta conocida. Es el primo al que ayudaste con un arriendo y ya no sabes cómo tocar el tema. Es alguien que trabajó para ti y merece más que un apretón de manos. El texto no promete un mundo sin necesidad: reconoce que no faltarán menesterosos, hoy diríamos necesitados. Por eso el mandato no es esperar a que se acaben, sino «Abrirás tu mano á tu hermano, á tu pobre, y á tu menesteroso en tu tierra».

Todo esto apunta más lejos: cada séptimo año se proclamaba una gracia, deudas soltadas, siervos libres, familias que volvían a empezar, como sombra del evangelio. En Cristo, Dios nos perdona una deuda que jamás habríamos podido pagar. Por eso soltar lo que nos deben no es, para nosotros, un gesto de superioridad, sino de memoria: recordamos de dónde nos sacaron. Quizá hoy no puedas borrar toda una cuenta. Pero puedes abrir un poco la mano y dejar que la gracia que recibiste empiece a pasar por ti.

Para vivirlo hoy

Piensa hoy en una deuda de dinero pendiente. Si eres quien prestó, pregúntate con calma si puedes soltarla, aunque sea en parte, o pactar un plazo justo. Si eres quien debe, habla con quien te prestó antes de que la preocupación crezca. Y si lo que te pesa es una herida grave, perdonar no es volver a exponerte ni reconciliarte de inmediato: conversa con tu pastor o con alguien de confianza antes de acercarte.

Para meditar

  • ¿Hay alguna deuda de dinero o de favores que llevas contra alguien y que Dios te esté invitando a soltar, aunque sea en parte?
  • ¿Qué pensamiento te hace cerrar la mano cuando alguien necesita ayuda, y qué le diría este pasaje?
  • ¿Recuerdas de qué te ha rescatado Dios, y cómo cambia eso la manera en que tratas a quienes dependen de ti?

Oración

Dios de la mano abierta, acuérdame hoy de dónde me rescataste. Yo no tenía con qué pagar, y tú diste todo por mí. Ablanda mi corazón donde se ha endurecido y sácame de la cuenta que llevo en la cabeza. Enséñame a abrir la mano con sencillez, a dar sin resentimiento y a soltar lo que ya no debo cobrar. Acompaña a quienes viven con deudas que los ahogan, y ayúdame a ser justo con quienes dependen de mí. Amén.

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