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Valor y perseverancia

Caballos, carros y un Dios que anda con su pueblo

Lectura · Deuteronomio 20:1-17

1CUANDO salieres á la guerra contra tus enemigos, y vieres caballos y carros, un pueblo más grande que tú, no tengas temor de ellos, que Jehová tu Dios es contigo, el cual te sacó de tierra de Egipto.

2Y será que, cuando os acercareis para combatir, llegaráse el sacerdote, y hablará al pueblo,

3Y les dirá: Oye, Israel, vosotros os juntáis hoy en batalla contra vuestros enemigos: no se ablande vuestro corazón, no temáis, no os azoréis, ni tampoco os desalentéis delante de ellos;

4Que Jehová vuestro Dios anda con vosotros, para pelear por vosotros contra vuestros enemigos, para salvaros.

5Y los oficiales hablarán al pueblo, diciendo: ¿Quién ha edificado casa nueva, y no la ha estrenado? Vaya, y vuélvase á su casa, porque quizá no muera en la batalla, y otro alguno la estrene.

6¿Y quién ha plantado viña, y no ha hecho común uso de ella? Vaya, y vuélvase á su casa, porque quizá no muera en la batalla, y otro alguno la goce.

7¿Y quién se ha desposado con mujer, y no la ha tomado? Vaya, y vuélvase á su casa, porque quizá no muera en la batalla, y algún otro la tome.

8Y tornarán los oficiales á hablar al pueblo, y dirán: ¿Quién es hombre medroso y tierno de corazón? Vaya, y vuélvase á su casa, y no apoque el corazón de sus hermanos, como su corazón.

9Y será que, cuando los oficiales acabaren de hablar al pueblo, entonces los capitanes de los ejércitos mandarán delante del pueblo.

10Cuando te acercares á una ciudad para combatirla, le intimarás la paz.

11Y será que, si te respondiere, Paz, y te abriere, todo el pueblo que en ella fuere hallado te serán tributarios, y te servirán.

12Mas si no hiciere paz contigo, y emprendiere contigo guerra, y la cercares,

13Luego que Jehová tu Dios la entregare en tu mano, herirás á todo varón suyo á filo de espada.

14Solamente las mujeres y los niños, y los animales, y todo lo que hubiere en la ciudad, todos sus despojos, tomarás para ti: y comerás del despojo de tus enemigos, los cuales Jehová tu Dios te entregó.

15Así harás á todas las ciudades que estuvieren muy lejos de ti, que no fueren de las ciudades de estas gentes.

16Empero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida;

17Antes del todo los destruirás: al Hetheo, y al Amorrheo, y al Cananeo, y al Pherezeo, y al Heveo, y al Jebuseo; como Jehová tu Dios te ha mandado:

Deuteronomio 20:1-17

«No tengas temor de ellos, que Jehová tu Dios es contigo, el cual te sacó de tierra de Egipto». Así comienzan las instrucciones para cuando Israel salga a la guerra. Moisés no finge que no haya de qué asustarse: habla de caballos, de carros y de un pueblo más grande. El miedo tiene razones a la vista. Y frente a ellas, lo primero que se oye es quién va con ellos: Jehová, el mismo que los sacó de Egipto.

Antes del combate, un sacerdote se adelanta y habla al pueblo. Reúne cuatro maneras de perder el ánimo en una sola frase: «no se ablande vuestro corazón, no temáis, no os azoréis, ni tampoco os desalentéis delante de ellos». Azorarse es turbarse y alborotarse; desalentarse, quedarse sin fuerzas por dentro. Y enseguida da la razón de todo: «Jehová vuestro Dios anda con vosotros, para pelear por vosotros contra vuestros enemigos, para salvaros». Dios no manda desde lejos: anda con ellos.

Después hablan los oficiales, y lo que dicen sorprende. Quien edificó una casa nueva y no la ha estrenado, que vuelva a su casa. Igual quien plantó una viña y no ha probado su fruto, y quien se ha comprometido en matrimonio y todavía no se ha casado. Y una última pregunta: quién es «medroso y tierno de corazón», hoy diríamos asustadizo y de corazón blando. Que vuelva también, para no desanimar a sus hermanos. La ley cuenta con la vida corriente, con casas, viñas y bodas, y también con el miedo.

Luego viene la parte que más cuesta leer. A una ciudad muy lejana se le propone paz antes de atacarla; si responde «Paz» y abre, su gente queda como tributaria y sirve a Israel: es paz con sujeción, no entre iguales. Si no acepta, el texto habla de espada contra todo varón y de tomar mujeres, niños y botín. Y en las ciudades de los pueblos que Israel recibía por heredad, ninguna persona con vida, sin oferta de paz. Todo se presenta como mandato de Dios para ese pueblo y ese momento, no como guía para conflicto alguno de hoy.

¿Qué son hoy los caballos y los carros? Quizá una revisión médica que se acerca, una entrevista de trabajo, una conversación difícil, una reunión donde todo parece decidido. El pasaje habla de Israel y de su guerra; lo que nos llega de él es cómo es Dios, alguien que anda con los suyos, y dos gestos que sirven: nombrar el miedo sin esconderlo y mirar con quién se camina antes de medir al enemigo.

Ese «anda con vosotros» tampoco se queda en una frase antigua: el texto dice que Dios va con su pueblo para salvarlo. Esa compañía de Dios tuvo rostro en Jesús, que caminó entre nosotros sin espada, cargó con nuestras culpas y salvó a los suyos dando su propia vida. Ante lo que hoy nos asusta, no caminamos con una consigna, sino con una presencia.

Para vivirlo hoy

Durante los próximos días, cuando sientas que algo te queda grande, detente y repite en silencio una sola frase: «Jehová vuestro Dios anda con vosotros». Respira despacio y déjala ahí unos minutos, sin pedir nada más, antes de responder o de decidir.

Para meditar

  • ¿Cuáles son hoy tus caballos y carros, eso que ves grande y que hace difícil dar el siguiente paso?
  • Moisés recordó a Israel de dónde lo sacó Dios. ¿Qué parte de tu historia te ayuda a creer que Dios va contigo?
  • La ley dio lugar al miedo de quienes iban a la guerra. ¿Qué pasaría si hoy le pusieras nombre al tuyo, sin esconderlo?

Oración

«Anda con vosotros». Así se le dijo a un pueblo que miraba caballos, carros y una multitud más grande. Anda también conmigo, Dios fiel, en lo que hoy me queda grande. Recuérdame que eres quien sacó a tu pueblo de Egipto y anduvo con él. Dame valor para nombrar mi miedo sin esconderlo, y la sencillez de pedir ayuda cuando no puedo. Que mi mirada se detenga primero en tu compañía y después en lo que me asusta. Amén.

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