La Palabra de Dios
Doce veces «camino»: el salmo que enseña a andar
Lectura · Salmos 119:1-35
1ALEPH. BIENAVENTURADOS los perfectos de camino; los que andan en la ley de Jehová.
2Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan:
3Pues no hacen iniquidad los que andan en sus caminos.
4Tú encargaste que sean muy guardados tus mandamientos.
5¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos á observar tus estatutos!
6Entonces no sería yo avergonzado, cuando atendiese á todos tus mandamientos.
7Te alabaré con rectitud de corazón, cuando aprendiere los juicios de tu justicia.
8Tus estatutos guardaré: no me dejes enteramente.
9BETH ¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra.
10Con todo mi corazón te he buscado: no me dejes divagar de tus mandamientos.
11En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.
12Bendito tú, oh Jehová: enséñame tus estatutos.
13Con mis labios he contado todos los juicios de tu boca.
14Heme gozado en el camino de tus testimonios, como sobre toda riqueza.
15En tus mandamientos meditaré, consideraré tus caminos.
16Recrearéme en tus estatutos: no me olvidaré de tus palabras.
17GIMEL. Haz bien á tu siervo; que viva y guarde tu palabra.
18Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.
19Advenedizo soy yo en la tierra: no encubras de mí tus mandamientos.
20Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo.
21Destruiste á los soberbios malditos, que se desvían de tus mandamientos.
22Aparta de mí oprobio y menosprecio; porque tus testimonios he guardado.
23Príncipes también se sentaron y hablaron contra mí: mas tu siervo meditaba en tus estatutos.
24Pues tus testimonios son mis deleites, y mis consejeros.
25DALETH. Pegóse al polvo mi alma: vivifícame según tu palabra.
26Mis caminos te conté, y me has respondido: enséñame tus estatutos.
27Hazme entender el camino de tus mandamientos, y hablaré de tus maravillas.
28Deshácese mi alma de ansiedad: corrobórame según tu palabra.
29Aparta de mí camino de mentira; y hazme la gracia de tu ley.
30Escogí el camino de la verdad; he puesto tus juicios delante de mí.
31Allegádome he á tus testimonios; oh Jehová, no me avergüences.
32Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanchares mi corazón.
33HE. Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos, y guardarélo hasta el fin.
34Dame entendimiento, y guardaré tu ley; y la observaré de todo corazón.
35Guíame por la senda de tus mandamientos; porque en ella tengo mi voluntad.
Camino. Esa es la palabra que más vuelve en estos versículos: entre singular y plural aparece doce veces. El salmista habla de quienes son «perfectos de camino», de sus propios caminos, del camino de mentira que quiere dejar y del camino de la verdad que escoge. No es una ruta en el mapa, sino la manera en que una vida se va viviendo: cómo se trabaja, cómo se habla, hacia dónde se dan los pasos. Y ese camino se anda: el primer verso habla de los que «andan en la ley de Jehová».
Perfectos no quiere decir sin ninguna falla, y lo prueba el propio salmista, que pocos versículos después ora: «¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos á observar tus estatutos!». Quiere buscar a Dios con todo el corazón y no quedar avergonzado. Por eso el primer bloque termina con una súplica sencilla: «no me dejes enteramente». Es la oración de alguien que desea andar bien y sabe que por sí solo no llega.
La pregunta siguiente la hace un joven, pero sirve a cualquier edad: «¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra». Guardar es más que archivar: en el verso 11 cuenta que guardó los dichos de Dios en su corazón, como se guarda algo valioso en un lugar seguro. Y dice que se alegró en ese camino más que si tuviera toda la riqueza. Entre las prisas de hoy, su alegría suena a otra economía.
El salmista es muy humano. Antes de contar sus penas ya había pedido: «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley». Luego cuenta lo suyo: es forastero en la tierra, personas poderosas hablan contra él, su alma se pega al polvo y se deshace de ansiedad. En medio de eso pide que Dios le quite la deshonra y el desprecio, le dé vida y lo fortalezca según su palabra. No huye de la prueba: la enfrenta con Dios y con su Palabra. Hoy nos aconsejan mil voces; él dice que las palabras de Dios son sus consejeros.
Un detalle evita que este salmo sea una carga: quien anda ese camino no lo hace con sus fuerzas. Dice: «Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanchares mi corazón». Primero Dios da espacio al corazón, después el salmista corre. Ese camino se anduvo entero una vez, y fue Jesús quien lo anduvo. Por su gracia, quienes tropezamos podemos seguir pidiendo lo que el salmo pide al final: enséñame, dame entendimiento, guíame.
Al cerrar, el salmo no descansa en la fuerza de quien anda, sino en quién es Dios. Es Jehová quien enseña, quien abre los ojos, quien guía por la senda. Y ya lo había vivido: «Mis caminos te conté, y me has respondido». Jehová enseña, Jehová responde y Jehová guía a quien se lo pide.
Para vivirlo hoy
Toma cinco minutos hoy. Cuéntale a Dios cómo será tu día, con sus tareas, sus cargas y sus dudas, como quien le cuenta sus caminos. Cuando termines, pídele una sola cosa: que te enseñe por dónde caminar hoy, y quédate un momento en silencio para escuchar.
Para meditar
- ¿Qué parte de tu camino de hoy, ya sea trabajo, familia, dinero o descanso, quisieras ordenar primero según lo que Dios enseña?
- ¿A qué voces sueles preguntar primero cuando tienes que decidir, y qué lugar ocupa entre ellas la Palabra de Dios?
- ¿Qué frase de estos versículos podrías guardar hoy en el corazón, como algo valioso, para tenerla a mano?
Oración
Sé mejor lo que debería hacer que lo que hago, y hoy lo confieso sin adornos. Quisiera que mis caminos estuvieran ordenados, y a veces el ruido y las prisas ganan. Dios mío, no me dejes enteramente. Abre mis ojos para ver las maravillas de tu ley, ensancha mi corazón para correr por tu camino y enséñame lo que aún no entiendo. Gracias porque me escuchas cuando te cuento mis caminos y me respondes. Guíame hoy por la senda de tus mandamientos, con gusto y no por obligación. Amén.