Verdad e integridad
Dios dejó a la vista lo que había en el corazón de Ezequías
Lectura · 2 Crónicas 32:31-33
31Empero en lo de los embajadores de los príncipes de Babilonia, que enviaron á él para saber del prodigio que había acaecido en aquella tierra, Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón.
32Lo demás de los hechos de Ezechîas, y de sus misericordias, he aquí todo está escrito en la profecía de Isaías profeta, hijo de Amós, en el libro de los reyes de Judá y de Israel.
33Y durmió Ezechîas con sus padres, y sepultáronlo en los más insignes sepulcros de los hijos de David, honrándole en su muerte todo Judá y los de Jerusalem: y reinó en su lugar Manasés su hijo.
Dios no le teme a lo que hay dentro del corazón de una persona. Esa es la afirmación que sostienen estos tres versículos, con los que termina la vida de Ezequías, rey de Judá. Dios conoce a los suyos hasta el fondo y, a veces, permite una situación que deja a la vista lo que llevan adentro. El texto habla de probar y de hacer conocer, no de castigar.
La escena es breve. Llegan embajadores de los príncipes de Babilonia, enviados «para saber del prodigio que había acaecido en aquella tierra». Hoy diríamos que venían a preguntar por un hecho extraordinario ocurrido en el país. Y entonces el pasaje dice algo sorprendente: «Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón». Ese «lo dejó» no suena a abandono para siempre, porque la misma página termina con honra y con descanso.
Fíjate en lo que el texto no cuenta: qué salió a la luz en aquella prueba. Quien lee el capítulo completo encuentra una pista unos versículos antes; estos tres se quedan con el propósito de Dios. Él no necesitaba enterarse de nada. Lo natural es pensar que la prueba servía para que el propio rey viera lo que había dentro, y eso se puede leer como una bondad: es mejor conocer la verdad del corazón que ignorarla.
Después el relato se aquieta. Lo demás de los hechos de Ezequías, «y de sus misericordias», está escrito en la profecía de Isaías y en el libro de los reyes de Judá y de Israel. Sus misericordias son sus actos de bondad. Al final «durmió Ezechîas con sus padres», y lo sepultaron entre los sepulcros más insignes, hoy diríamos los más distinguidos, de los hijos de David. Reinó en su lugar su hijo Manasés.
A nosotros nos llegan otras visitas: un ascenso, una felicitación, alguien que nos admira, un mensaje que nos hace sentir importantes. En esos momentos, sin que nadie lo note, se asoma un poco de lo que llevamos dentro. Eso no tiene por qué ser una condena; puede ser la ocasión de conocernos mejor con Dios al lado. Y el final de Ezequías consuela: una prueba no resume una vida.
A la luz de Jesús, la imagen se ensancha. Ezequías fue sepultado entre los hijos de David; otro hijo de David, Jesús, no solo conoce lo que hay en nuestro corazón, sino que carga con lo malo que encuentra allí y nos da perdón. Por eso podemos mirar hacia adentro sin miedo. ¿Qué encontrarías en tu corazón si lo miraras hoy sin prisa, con Dios al lado?
Para vivirlo hoy
Durante los próximos tres días, dedica cada noche dos minutos a recordar un momento en que alguien te reconoció o te elogió. Pregúntale a Dios en voz baja qué había en tu corazón en ese momento y escucha sin apuro. Agradece lo bueno, ponle nombre a lo demás sin castigarte y entrégaselo todo a Él.
Para meditar
- ¿Cuándo has notado que el elogio de otros te mueve más de lo que pensabas?
- ¿Cómo cambia tu manera de mirar una prueba saber que el texto habla de probar y de hacer conocer, y no de castigar?
- ¿Qué actos de bondad te gustaría que quedaran escritos de tu vida, y cuál podrías hacer esta semana?
Oración
Dios que dejaste a Ezequías ser probado para que saliera a la luz lo que había en su corazón, aquí tienes lo que hay en el mío. Tú lo conoces todo y no te asustas. Cuando lleguen visitas, halagos o novedades, ayúdame a recordar de dónde viene lo bueno que tengo. Enséñame a mirar con calma lo que hay dentro y a traerlo a ti sin esconderlo. Gracias porque en Cristo tengo a quien cargó con lo que yo no sé cargar. Amén.