Juicio y misericordia
Dios se levanta de mañana para buscar a su pueblo
Lectura · 2 Crónicas 36:1-16
1ENTONCES el pueblo de la tierra tomó á Joachâz hijo de Josías, é hiciéronle rey en lugar de su padre en Jerusalem.
2De veinte y tres años era Joachâz cuando comenzó á reinar, y tres meses reinó en Jerusalem.
3Y el rey de Egipto lo quitó de Jerusalem, y condenó la tierra en cien talentos de plata y uno de oro.
4Y constituyó el rey de Egipto á su hermano Eliacim por rey sobre Judá y Jerusalem, y mudóle el nombre en Joacim; y á Joachâz su hermano tomó Nechâo, y llevólo á Egipto.
5Cuando comenzó á reinar Joacim era de veinte y cinco años, y reinó once años en Jerusalem: é hizo lo malo en ojos de Jehová su Dios.
6Y subió contra él Nabucodonosor rey de Babilonia, y atado con cadenas lo llevó á Babilonia.
7También llevó Nabucodonosor á Babilonia de los vasos de la casa de Jehová, y púsolos en su templo en Babilonia.
8Lo demás de los hechos de Joacim, y las abominaciones que hizo, y lo que en él se halló, he aquí está escrito en el libro de los reyes de Israel y de Judá: y reinó en su lugar Joachîn su hijo.
9De ocho años era Joachîn cuando comenzó á reinar, y reinó tres meses y diez días en Jerusalem: é hizo lo malo en ojos de Jehová.
10A la vuelta del año el rey Nabucodonosor envió, é hízolo llevar á Babilonia juntamente con los vasos preciosos de la casa de Jehová; y constituyó á Sedecías su hermano por rey sobre Judá y Jerusalem.
11De veinte y un años era Sedecías cuando comenzó á reinar, y once años reinó en Jerusalem.
12E hizo lo malo en ojos de Jehová su Dios, y no se humilló delante de Jeremías profeta, que le hablaba de parte de Jehová.
13Rebelóse asimismo contra Nabucodonosor, al cual había jurado por Dios; y endureció su cerviz, y obstinó su corazón, para no volverse á Jehová el Dios de Israel.
14Y también todos los príncipes de los sacerdotes, y el pueblo, aumentaron la prevaricación, siguiendo todas las abominaciones de las gentes, y contaminando la casa de Jehová, la cual él había santificado en Jerusalem.
15Y Jehová el Dios de sus padres envió á ellos por mano de sus mensajeros, levantándose de mañana y enviando: porque él tenía misericordia de su pueblo, y de su habitación.
16Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió el furor de Jehová contra su pueblo, y que no hubo remedio.
El pasaje empieza como un desfile de reyes que llegan y se van en pocas líneas, y termina con una imagen inesperada: Dios levantándose de mañana. Es el final de los reyes de Judá, una historia triste, y en medio de esa tristeza queda escrita una frase que dice cómo es Dios. Él envió a sus mensajeros una y otra vez. Antes de la caída hay una misericordia que insiste.
Los primeros versículos pasan rápido. Joacaz reina tres meses y el rey de Egipto se lo lleva y multa al país. Ese mismo rey pone en el trono a Eliacim y le cambia el nombre a Joacim. Joacim «hizo lo malo en ojos de Jehová», y Nabucodonosor lo ata con cadenas y se lleva a Babilonia parte de los vasos de la casa de Dios. Así la nación va cediendo, y cada golpe era una nueva oportunidad para volverse.
Con Sedecías llegamos al último rey, y el texto se detiene en su corazón. Hizo lo malo, y «no se humilló delante de Jeremías profeta, que le hablaba de parte de Jehová». Además se rebeló contra Nabucodonosor, a quien había jurado por Dios, y «endureció su cerviz, y obstinó su corazón, para no volverse á Jehová el Dios de Israel». El texto no dice solo que hizo cosas malas, sino que no quiso volverse. La raíz era un corazón que se cerró.
Los sacerdotes y el pueblo imitaron las costumbres de las naciones vecinas y contaminaron la casa que Dios había santificado. Pero la frase que más pesa es esta: «Y Jehová el Dios de sus padres envió á ellos por mano de sus mensajeros, levantándose de mañana y enviando». Dios madruga porque «él tenía misericordia de su pueblo». La respuesta fue la burla: «hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras». Llegó un punto en que «no hubo remedio», porque rechazaron justo la medicina que se les ofrecía.
Esa insistencia de Dios no se quedó en el pasado. Él suele hablarnos por su Palabra, y ahí conviene buscar su voz primero. Las personas también pueden ayudarnos a oírla: el amigo que se atreve a decirte que trabajas demasiado, el hijo que comenta que casi nunca estás, el pastor que te habla con franqueza. No toda crítica viene de Dios, y quien solo busca humillarte no imita a Dios; contrasta lo que oyes con la Escritura y con alguien sano. Cuando coincide, puedes responder como Sedecías, con el cuello duro y una broma para salir del paso, o hacer algo más difícil y más sano: inclinarte y escuchar.
Esta historia no está escrita para asustar a quien hoy quiere regresar, sino para mostrar cuánto le importa a Dios que volvamos. Y quien tenga que decirle algo difícil a otro, que lo diga como Dios: con ganas de que vuelva, no con desprecio. Los cristianos creemos que esa misma misericordia llegó en persona en Jesús, y que su cruz es el remedio que Dios ofrece a quien se vuelve a él. Si alguna palabra ha llamado hoy a tu puerta, todavía es de mañana.
Para vivirlo hoy
Piensa en la última vez que alguien te dijo algo incómodo. Antes de justificarte, contrástalo con lo que dice la Biblia y con alguien de confianza: si coincide, es una invitación a volver; si no, no tienes que cargarlo. Y si arrastras una culpa muy pesada o sientes que ya no hay remedio para ti, no la lleves a solas: habla con tu pastor o con alguien de confianza.
Para meditar
- ¿Qué palabra incómoda he estado esquivando, y qué dice la Biblia sobre ella?
- ¿Qué me cuesta más: humillarme ante quien me corrige o reconocer que mi corazón se ha ido cerrando?
- ¿A quién podría hablarle hoy con la compasión con que Dios envía a sus mensajeros?
Oración
Tú te levantaste de mañana, Señor, una y otra vez, por un pueblo que se burlaba de tus mensajeros. Así me has buscado a mí también. Perdona las veces que menosprecié tu palabra o endurecí el cuello para no volverme a ti. Dame un oído humilde para la verdad dicha con cariño y una boca tierna para decirla yo. Ayúdame a distinguir tu voz de las que solo quieren herirme. Y si hoy vengo cansado o con miedo, recíbeme como recibes a los que vuelven. En el nombre de Jesús. Amén.