Saltar al contenido

Santidad y pureza

Ezequías abre las puertas y los levitas limpian la casa

Lectura · 2 Crónicas 29:1-16

1Y EZECHÎAS comenzó á reinar siendo de veinticinco años, y reinó veintinueve años en Jerusalem. El nombre de su madre fué Abía, hija de Zachârías.

2E hizo lo recto en ojos de Jehová, conforme á todas las cosas que había hecho David su padre.

3En el primer año de su reinado, en el mes primero, abrió las puertas de la casa de Jehová, y las reparó.

4E hizo venir los sacerdotes y Levitas, y juntólos en la plaza oriental.

5Y díjoles: Oidme, Levitas, y santificaos ahora, y santificaréis la casa de Jehová el Dios de vuestros padres, y sacaréis del santuario la inmundicia.

6Porque nuestros padres se han rebelado, y han hecho lo malo en ojos de Jehová nuestro Dios; que le dejaron, y apartaron sus ojos del tabernáculo de Jehová, y le volvieron las espaldas.

7Y aun cerraron las puertas del pórtico, y apagaron las lámparas; no quemaron perfume, ni sacrificaron holocausto en el santuario al Dios de Israel.

8Por tanto la ira de Jehová ha venido sobre Judá y Jerusalem, y los ha entregado á turbación, y á execración y escarnio, como veis vosotros con vuestros ojos.

9Y he aquí nuestros padres han caído á cuchillo, nuestros hijos y nuestras hijas y nuestras mujeres son cautivas por esto.

10Ahora pues, yo he determinado hacer alianza con Jehová el Dios de Israel, para que aparte de nosotros la ira de su furor.

11Hijos míos, no os engañéis ahora, porque Jehová os ha escogido á vosotros para que estéis delante de él, y le sirváis, y seáis sus ministros, y le queméis perfume.

12Entonces los Levitas se levantaron, Mahath hijo de Amasai, y Joel hijo de Azarías, de los hijos de Coath; y de los hijos de Merari, Cis hijo de Abdi, y Azarías hijo de Jehaleleel; y de los hijos de Gersón, Joah hijo de Zimma, y Edén hijo de Joah;

13Y de los hijos de Elisaphán, Simri y Jehiel; y de los hijos de Asaph, Zachârías y Mathanías;

14Y de los hijos de Hemán, Jehiel y Simi; y de los hijos de Jeduthún, Semeías y Uzziel.

15Estos juntaron á sus hermanos, y santificáronse, y entraron, conforme al mandamiento del rey y las palabras de Jehová, para limpiar la casa de Jehová.

16Y entrando los sacerdotes dentro de la casa de Jehová para limpiarla, sacaron toda la inmundicia que hallaron en el templo de Jehová, al atrio de la casa de Jehová; la cual tomaron los Levitas, para sacarla fuera al torrente de Cedrón.

2 Crónicas 29:1-16

Todos hemos abierto alguna vez una pieza que estuvo cerrada por meses: el aire encerrado, la luz que no funciona, el polvo sobre todo, y ese primer minuto en que uno no sabe por dónde empezar. Algo parecido, con las puertas cerradas y las lámparas apagadas, esperaba en la casa de Dios. El joven rey Ezequías tenía veinticinco años, era su primer año, y en el primer mes «abrió las puertas de la casa de Jehová, y las reparó».

Hizo venir a los sacerdotes y levitas a la plaza oriental y les habló claro: «santificaos ahora, y santificaréis la casa de Jehová el Dios de vuestros padres, y sacaréis del santuario la inmundicia». Santificarse quiere decir apartarse para Dios, y la inmundicia era lo que ensuciaba su casa. Fíjate en el orden: primero ellos, después el lugar. Antes de limpiar la casa había que dejarse limpiar.

Ezequías no maquilló lo ocurrido. Nuestros padres, dice, «se han rebelado»: dejaron a Dios y le volvieron las espaldas, cerraron las puertas del pórtico, apagaron las lámparas y dejaron de quemar perfume y de ofrecer sacrificio. Añade que por eso la ira de Jehová vino sobre Judá y Jerusalén, que hubo muertos a espada y que hijos, hijas y mujeres estaban cautivos. Es duro y no conviene suavizarlo: muestra que a Dios no le da igual que se le dé la espalda. Pero el rey no termina ahí: «yo he determinado hacer alianza con Jehová el Dios de Israel».

Después les recuerda para qué existen: «Jehová os ha escogido á vosotros para que estéis delante de él, y le sirváis». Y el texto responde con nombres. «Entonces los Levitas se levantaron», y siguen catorce nombres de siete familias, cada uno con el de su padre: Mahat, Joel, Cis y otros, hasta Uziel. Casi nadie los recuerda hoy, pero la Biblia se tomó el trabajo de escribirlos. Cada uno fue alguien que se levantó cuando se le pidió.

Juntaron a sus hermanos, se santificaron y entraron «conforme al mandamiento del rey y las palabras de Jehová». Los sacerdotes sacaron al atrio toda la inmundicia que hallaron dentro, y los levitas la llevaron fuera, al torrente Cedrón. Fue trabajo de manos, de sacar y de llevar, sin gloria. Hoy también hay limpiezas así: una conversación pendiente, un hábito que se instaló sin permiso, un cajón que nadie abre. No se resuelven con una frase; se empieza por abrir una puerta, y mejor con alguien al lado.

Los sacerdotes limpiaron la casa de Dios, y para hacerlo tuvieron que empezar por ellos mismos. Quien confía en Jesús cree lo que ningún rito podía dar: que él nos limpió por dentro de una vez, para que podamos estar delante de Dios y servirle, tal como pedía el rey aquel día.

Para vivirlo hoy

Hoy, en algún momento, dedica cinco minutos de silencio a una sola frase del pasaje: «para que estéis delante de él, y le sirváis». Léela despacio tres veces, quédate en silencio un rato con lo que te diga y termina dando gracias a Dios por poder presentarte ante él.

Para meditar

  • ¿Qué puerta de tu vida lleva tiempo cerrada, y qué primer gesto pequeño podría abrirla esta semana?
  • Antes de limpiar la casa, los levitas se santificaron ellos mismos. ¿Qué te dice ese orden sobre cómo empezar un cambio?
  • ¿Quién se ha levantado a ayudarte cuando te tocaba empezar algo difícil, y cómo podrías darle las gracias?

Oración

Jesús, si en mi vida hay puertas cerradas y lámparas apagadas, como las de aquel templo, ven tú: ábrelas y enciéndelas. Gracias porque para presentarme delante de Dios no dependo de escobas ni de torrentes: tú me limpiaste. Gracias también porque aquel día los levitas se levantaron, cada uno con su nombre, y tú sabes el mío. Levántame para servirte, aunque hoy solo pueda dar un paso pequeño, y enséñame a no dejar la limpieza para otro día. Amén.

WhatsApp