Gracia y perdón
Dios borra por amor de sí lo que su pueblo no quiso dar
Lectura · Isaías 43:21-28
21Este pueblo crié para mí; mis alabanzas publicará.
22Y no me invocaste á mí, oh Jacob; antes, de mí te cansaste, oh Israel.
23No me trajiste á mí los animales de tus holocaustos, ni á mí me honraste con tus sacrificios: no te hice servir con presente, ni te hice fatigar con perfume.
24No compraste para mí caña aromática por dinero, ni me saciaste con la grosura de tus sacrificios; antes me hiciste servir en tus pecados, me has fatigado con tus maldades.
25Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus pecados.
26Hazme acordar, entremos en juicio juntamente; relata tú para abonarte.
27Tu primer padre pecó, y tus enseñadores prevaricaron contra mí.
28Por tanto, yo profané los príncipes del santuario, y puse por anatema á Jacob, y por oprobio á Israel.
«Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus pecados.» Esa frase llega en medio de un pasaje de reproches, y por eso sorprende: no la dice un Dios que ya no tiene nada que reclamar, sino uno que acaba de contar qué le dolió. El perdón brilla más sobre el fondo en que se ofrece.
Todo parte de un propósito: «Este pueblo crié para mí; mis alabanzas publicará». Dios los formó para que hablaran bien de él. Pero enseguida llega su queja: «de mí te cansaste, oh Israel». Aquí cansarse no es estar agotado tras una jornada larga; es hastío, darle la espalda a alguien porque ya no interesa. Dejaron de invocarlo, no le traían los animales de sus ofrendas y no compraron para él «caña aromática por dinero». Eso los muestra queriendo una fe barata, con excusas que suenan razonables.
Dios entonces da vuelta la acusación: «no te hice servir con presente, ni te hice fatigar con perfume». Él no los había agobiado con exigencias; ellos lo habían fatigado a él: «me hiciste servir en tus pecados, me has fatigado con tus maldades». Se ve un Dios tierno con el bienestar de su pueblo, a quien duele que usen sus dones al servicio de lo malo. Detrás hay generaciones que fallaron: antepasados y maestros que también se apartaron. Las consecuencias fueron reales: el santuario deshonrado y el pueblo hecho vergüenza.
Y en el centro, como una lámpara encendida en un cuarto oscuro, está la promesa. Fíjate en ese doble yo, tan enfático. Solo Dios puede perdonar así, y lo hace por amor de sí mismo: no porque el pueblo haya juntado méritos, sino porque él es fiel a su misericordia y a su promesa. No perdona a regañadientes; lo hace con gusto. Y «no me acordaré» no quiere decir que a Dios se le olvide, como a quien pierde un dato: quiere decir que ya no lo pondrá en cuenta contra ti.
Hoy conviene distinguir dos cansancios. Está el honesto, el de quien llega agotado del trabajo, con hijos y pendientes; ese no es la falta que reprende Isaías, y el propio Dios dice aquí que no los había agobiado. Y está el hastío de Dios: dejar de invocarlo porque ya no nos importa, o darle por costumbre lo que sobra y no lo que pesa. El pasaje no lo cuenta para avergonzarnos, sino para mostrar cuánto le importa a Dios el trato con nosotros.
Luego viene una invitación: «Hazme acordar, entremos en juicio juntamente; relata tú para abonarte»: si tienes con qué justificarte, dilo. Quien se apoye en sus méritos se quedará sin palabras. En cambio, quien llega con las manos vacías y le recuerda lo que él prometió, encuentra que el perdón ya estaba dado. Los cristianos creemos que ese perdón nos llega por causa de Cristo: la cuenta que nadie podía pagar, otro la pagó. Y quien sabe que fue perdonado sin costo puede dar sin sentir que pierde.
Para vivirlo hoy
Esta semana revisa dónde tu fe se ha vuelto barata: tiempo, dinero, ganas. Elige una cosa concreta que darás a Dios con alegría, por gratitud y no por deuda. Si arrastras una culpa que te parece imperdonable, llévala tal cual a Dios: él dice que no la tendrá más en cuenta. Y si lo que te pesa es un daño que otros te hicieron, cuéntaselo a alguien de confianza.
Para meditar
- ¿En qué parte de tu vida, sea dinero, tiempo o energía, tu fe se ha vuelto barata sin que te dieras cuenta?
- ¿Qué cambia en ti saber que Dios perdona por amor de sí mismo y no por lo que tú hayas juntado?
- ¿Qué culpa por algo que tú hiciste te cuesta soltar, y qué significa que Dios prometa no tenerla más en cuenta?
Oración
Dios que me formaste para ti, reconozco que muchas veces me cansé de invocarte y te di solo lo que me sobraba. No vengo con méritos ni con defensas; vengo con las manos vacías. Gracias porque borras mis rebeliones por amor de ti y por causa de tu Hijo. Dame un corazón agradecido, que dé sin miedo a perder y sirva sin quejarse. Cuando el pasado me acuse, recuérdame tu promesa. Y a quienes llevan heridas causadas por otros, cúbrelos con tu cuidado y ponles compañía que sepa escuchar. Amén.