Fe y confianza
Digno, indigno y una palabra que basta
Lectura · San Lucas 7:1-21
1Y COMO acabó todas sus palabras oyéndole el pueblo, entró en Capernaum.
2Y el siervo de un centurión, al cual tenía él en estima, estaba enfermo y á punto de morir.
3Y como oyó hablar de Jesús, envió á él los ancianos de los Judíos, rogándole que viniese y librase á su siervo.
4Y viniendo ellos á Jesús, rogáronle con diligencia, diciéndole: Porque es digno de concederle esto;
5Que ama nuestra nación, y él nos edificó una sinagoga.
6Y Jesús fué con ellos. Mas como ya no estuviesen lejos de su casa, envió el centurión amigos á él, diciéndole: Señor, no te incomodes, que no soy digno que entres debajo de mi tejado;
7Por lo cual ni aun me tuve por digno de venir á ti; mas di la palabra, y mi siervo será sano.
8Porque también yo soy hombre puesto en potestad, que tengo debajo de mí soldados; y digo á éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y á mi siervo: Haz esto, y lo hace.
9Lo cual oyendo Jesús, se maravilló de él, y vuelto, dijo á las gentes que le seguían: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.
10Y vueltos á casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo.
11Y aconteció después, que él iba á la ciudad que se llama Naín, é iban con él muchos de sus discípulos, y gran compañía.
12Y como llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban fuera á un difunto, unigénito de su madre, la cual también era viuda: y había con ella grande compañía de la ciudad.
13Y como el Señor la vió, compadecióse de ella, y le dice: No llores.
14Y acercándose, tocó el féretro: y los que lo llevaban, pararon. Y dice: Mancebo, á ti digo, levántate.
15Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó á hablar. Y dióle á su madre.
16Y todos tuvieron miedo, y glorificaban á Dios, diciendo: Que un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y que Dios ha visitado á su pueblo.
17Y salió esta fama de él por toda Judea, y por toda la tierra de alrededor.
18Y sus discípulos dieron á Juan las nuevas de todas estas cosas: y llamó Juan á dos de sus discípulos,
19Y envió á Jesús, diciendo: ¿Eres tú aquél que había de venir, ó esperaremos á otro?
20Y como los hombres vinieron á él, dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado á ti, diciendo: ¿Eres tú aquél que había de venir, ó esperaremos á otro?
21Y en la misma hora sanó á muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos; y á muchos ciegos dió la vista.
Dos voces hablan del mismo hombre y dicen cosas opuestas. Los ancianos de los judíos ruegan a Jesús con insistencia: «Porque es digno de concederle esto». Poco después, el propio centurión, un oficial con soldados bajo su mando, manda decir: «no soy digno que entres debajo de mi tejado». Los ancianos hablan de lo que él merece por amar a su nación y haber edificado una sinagoga. Él habla de lo que no merece. Ninguna de las dos voces queda sin respuesta, porque Jesús va con ellos.
Su siervo estaba enfermo y a punto de morir, y él lo tenía en estima. Ya cerca de la casa llegaron unos amigos con un recado: «di la palabra, y mi siervo será sano». El centurión explica lo que sabe: a sus soldados les dice ve, y van; ven, y vienen. Así entiende a Jesús: le basta su palabra. Jesús se maravilló y dijo: «ni aun en Israel he hallado tanta fe». Los enviados, al volver, hallaron sano al siervo.
Después Jesús iba a una ciudad llamada Naín, con muchos discípulos y gran multitud. Cerca de la puerta sacaban a un difunto, «unigénito de su madre, la cual también era viuda», es decir, su único hijo. El texto dice que el Señor la vio, se compadeció y le dijo: «No llores». Tocó el féretro, la camilla donde llevaban el cuerpo, y los que lo llevaban se detuvieron. Dijo: «á ti digo, levántate». El que había muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y Jesús se lo dio a su madre.
Todos tuvieron miedo y daban gloria a Dios, y la noticia salió por toda Judea. Llegó a los discípulos de Juan, y Juan envió a dos de ellos para preguntarle si él era el que había de venir o si debían esperar a otro. En esa misma hora, mientras los mensajeros estaban allí, Jesús sanó a muchos de enfermedades y plagas, libró a otros de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista.
Hay quien se acerca a Dios con su historial: lo que ha hecho, lo que ha dado, cuánto se ha esforzado. Y hay días en que solo alcanza para decir lo del centurión, sin presentar méritos. En Naín, en cambio, la viuda no aparece pidiendo nada; aparece vista. Quien ha caminado detrás de un féretro sabe cuánto pesan esos pasos, y si ese duelo es tuyo, no lo lleves tú solo: abre ese duelo a tu pastor o a alguien que te quiera bien, y si la pena te empuja a hacerte daño, pide ayuda profesional sin esperar más.
La gente resumió lo que vio en una frase: «Dios ha visitado á su pueblo». Visitar quiere decir acercarse en persona, y eso hizo Jesús: fue con los ancianos, se detuvo ante una madre y habló, y su palabra alcanzó incluso al difunto. Este es Dios: el que ve, el que se compadece, el que dice una palabra y esa palabra hace lo que dice.
Para vivirlo hoy
Escoge hoy una preocupación por alguien que quieres y que no puedes resolver con tus fuerzas. Escríbela en un papel, dila a Jesús en una sola frase, como quien deja un recado, y decide soltar por hoy la idea de arreglarla tú. Basta una frase; no hace falta más.
Para meditar
- Los ancianos hablaron de lo que el centurión merecía; él, de lo que no merecía. ¿Desde dónde te acercas tú a Jesús: desde tus méritos o desde tu necesidad?
- En Naín, Jesús vio a la viuda y se compadeció antes de decir una palabra. ¿Qué te dice eso de cómo mira lo que hoy te pesa?
- Juan mandó preguntar si Jesús era el que había de venir. ¿Qué pregunta tuya, todavía sin respuesta, puedes llevarle hoy con la misma franqueza?
Oración
Dame la confianza del centurión, que no pidió más que una palabra tuya. Jesús, tú fuiste con los ancianos, y te detuviste ante una madre en Naín. Mira hoy lo que me pesa; lo pongo en tus manos sin adornarlo. Enséñame a pedir con sencillez, a esperar sin apuro y a reconocer lo que haces a mi alrededor. Que mi confianza sea humilde, y que mi consuelo venga de tu compasión. Amén.