Oración
Con sueño en el monte, pero atentos a su voz
Lectura · San Lucas 9:20-38
20Y les dijo: ¿Y vosotros, quién decís que soy? Entonces respondiendo Simón Pedro, dijo: El Cristo de Dios.
21Mas él, conminándolos, mandó que á nadie dijesen esto;
22Diciendo: Es necesario que el Hijo del hombre padezca muchas cosas, y sea desechado de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día.
23Y decía á todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese á sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame.
24Porque cualquiera que quisiere salvar su vida, la perderá; y cualquiera que perdiere su vida por causa de mí, éste la salvará.
25Porque ¿qué aprovecha al hombre, si granjeare todo el mundo, y se pierda él á sí mismo, ó corra peligro de sí?
26Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de este tal el Hijo del hombre se avergonzará cuando viniere en su gloria, y del Padre, y de los santos ángeles.
27Y os digo en verdad, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que vean el reino de Dios.
28Y aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó á Pedro y á Juan y á Jacobo, y subió al monte á orar.
29Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.
30Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías;
31Que aparecieron en majestad, y hablaban de su salida, la cual había de cumplir en Jerusalem.
32Y Pedro y los que estaban con él, estaban cargados de sueño: y como despertaron, vieron su majestad, y á aquellos dos varones que estaban con él.
33Y aconteció, que apartándose ellos de él, Pedro dice á Jesús: Maestro, bien es que nos quedemos aquí: y hagamos tres pabellones, uno para ti, y uno para Moisés, y uno para Elías; no sabiendo lo que se decía.
34Y estando él hablando esto, vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor, entrando ellos en la nube.
35Y vino una voz de la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; á él oid.
36Y pasada aquella voz, Jesús fué hallado solo: y ellos callaron; y por aquellos días no dijeron nada á nadie de lo que habían visto.
37Y aconteció al día siguiente, que apartándose ellos del monte, gran compañía les salió al encuentro.
38Y he aquí, un hombre de la compañía clamó, diciendo: Maestro, ruégote que veas á mi hijo; que es el único que tengo:
Arriba, en el monte, mientras Jesús oraba, Pedro, Juan y Jacobo estaban «cargados de sueño». Así lo dice Lucas, sin adornos. Tres hombres con los ojos pesados, como cualquiera al final de un día largo. Y ahí, con ese cansancio, sucedió lo que cuenta el texto: «como despertaron, vieron su majestad». Majestad quiere decir grandeza, algo que se ve y que no se parece a lo de todos los días.
Unos ocho días antes, Jesús había preguntado: «¿Y vosotros, quién decís que soy?». Pedro respondió que era el Cristo de Dios. Enseguida Jesús habló de lo que venía: sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los escribas, ser muerto y resucitar al tercer día. Y a todos les dijo cómo se le sigue: «tome su cruz cada día, y sígame». Añadió una advertencia seria: quien se avergüence de él y de sus palabras, de ese se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su gloria.
Después tomó a los tres y subió al monte a orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y su ropa se volvió blanca y resplandeciente. Aparecieron en majestad Moisés y Elías, que hablaban con él de su salida, la que iba a cumplir en Jerusalem; una manera de leerlo es que se referían a su partida de este mundo. Pedro propuso hacer tres tiendas, una para cada uno, «no sabiendo lo que se decía».
Entonces vino una nube que los cubrió, y los discípulos tuvieron temor. De la nube salió una voz: «Este es mi Hijo amado; á él oid». Oid quiere decir escuchadlo. Nadie regaña a Pedro por su plan de las tiendas; la voz simplemente pide otra cosa: escuchar a este Hijo, el mismo que habló de rechazo y de muerte y que ahora aparece en gloria. Pasada la voz, Jesús fue hallado solo, y los discípulos callaron.
Todos conocemos ese sueño: orar al final del día, con la mente en otra parte, y sentir que no se aporta nada. El pasaje no condena eso. Y tampoco termina en la cima. Al día siguiente, al bajar del monte, una gran compañía les salió al encuentro, y un hombre clamó por su hijo: «que veas á mi hijo; que es el único que tengo». Jesús subió a orar y bajó a encontrarse con un padre que pide ayuda.
Si hoy tu oración sale corta o medio dormida, piensa en quien despierta en un viaje largo y descubre por la ventanilla un paisaje que no vio llegar. Lucas cuenta que la majestad de Jesús se dejó ver a quienes llegaron a ella con sueño. El paisaje ya estaba ahí; solo hizo falta abrir los ojos y mirar.
Para vivirlo hoy
Esta semana, elige a una persona concreta de tu vida que esté cargando algo pesado, quizá por alguien a quien ama. Llama o escribe a esa persona y ofrécele diez minutos de escucha, sin interrumpir y sin dar consejos. Dile que no buscas resolver nada, solo oír cómo está.
Para meditar
- Jesús preguntó: «¿Y vosotros, quién decís que soy?». ¿Qué le responderías hoy con tus propias palabras, sin repetir lo que has oído a otros?
- Los discípulos estaban cargados de sueño y aun así vieron la majestad de Jesús. ¿Cómo sueles orar cuando llegas con cansancio, y qué te gustaría cambiar?
- La voz pidió escuchar a Jesús. ¿Qué voces te llenan más los oídos en un día cualquiera, y cómo puedes dejar un rato para la de Jesús?
Oración
«Á él oid», dijo tu voz desde la nube, Padre, y aquí vengo con ganas de escuchar. Gracias porque los discípulos, aun con sueño, despertaron y vieron tu gloria. Gracias porque Jesús subió a orar y bajó al encuentro de un padre que pedía ayuda. Enséñame a oír su voz cuando habla de cruz y también de gloria. Y dame ganas de acercarme, esta semana, a quien hoy clama por alguien que ama. Amén.