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Jesús, el Salvador

Del grito en la cruz al sepulcro sellado

Lectura · San Mateo 27:46-66

46Y cerca de la hora de nona, Jesús exclamó con grande voz, diciendo: Eli, Eli, ¿lama sabachtani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

47Y algunos de los que estaban allí, oyéndolo, decían: A Elías llama éste.

48Y luego, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la hinchió de vinagre, y poniéndola en una caña, dábale de beber.

49Y los otros decían: Deja, veamos si viene Elías á librarle.

50Mas Jesús, habiendo otra vez exclamado con grande voz, dió el espíritu.

51Y he aquí, el velo del templo se rompió en dos, de alto á bajo: y la tierra tembló, y las piedras se hendieron;

52Y abriéronse los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;

53Y salidos de los sepulcros, después de su resurrección, vinieron á la santa ciudad, y aparecieron á muchos.

54Y el centurión, y los que estaban con él guardando á Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, diciendo: Verdaderamente Hijo de Dios era éste.

55Y estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido de Galilea á Jesús, sirviéndole:

56Entre las cuales estaban María Magdalena, y María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

57Y como fué la tarde del día, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, el cual también había sido discípulo de Jesús.

58Este llegó á Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús: entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo.

59Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia,

60Y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña: y revuelta una grande piedra á la puerta del sepulcro, se fué.

61Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro.

62Y el siguiente día, que es después de la preparación, se juntaron los príncipes de los sacerdotes y los Fariseos á Pilato,

63Diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré.

64Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el día tercero; porque no vengan sus discípulos de noche, y le hurten, y digan al pueblo: Resucitó de los muertos. Y será el postrer error peor que el primero.

65Y Pilato les dijo: Tenéis una guardia: id, aseguradlo como sabéis.

66Y yendo ellos, aseguraron el sepulcro, sellando la piedra, con la guardia.

San Mateo 27:46-66

Hay preguntas que casi no nos atrevemos a hacerle a Dios. Jesús la hizo en voz alta, hacia la hora de nona, desde la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Quien haya pasado un duelo o un silencio largo sabe cuánto pesa esa frase. Los que estaban allí no la entendieron. Unos dijeron que llamaba a Elías; uno corrió con una esponja empapada de vinagre; otros dijeron que había que esperar a ver si Elías venía a librarle. Nadie escuchó el dolor; solo oyeron un nombre.

Después Jesús, «habiendo otra vez exclamado con grande voz, dió el espíritu». El relato es sobrio: solo se le oyen dos gritos. Lo que sigue lo cuenta la tierra misma: «el velo del templo se rompió en dos, de alto á bajo», todo tembló y se abrieron los sepulcros. Muchos cuerpos de santos que habían dormido se levantaron y, «después de su resurrección», vinieron a la santa ciudad. La muerte de Jesús no termina en silencio. Él fue el primero en levantarse para no morir más, y la resurrección de los suyos depende de la de Él.

El centurión y los soldados que guardaban a Jesús habían pasado horas frente a la cruz. Es posible mirar a Cristo sufriendo y no ver nada, pensando solo en la ropa que se reparte. Pero ahora, con el terremoto, «temieron en gran manera, diciendo: Verdaderamente Hijo de Dios era éste». Quienes lo habían visto morir como a un condenado cualquiera lo reconocen. A veces la fe empieza así: no con un argumento, sino con una sacudida que nos hace levantar la vista.

También hay quienes miran de lejos. Son muchas mujeres que «habían seguido de Galilea á Jesús, sirviéndole», entre ellas María Magdalena. No pueden hacer nada; están. Después llega José de Arimatea, un hombre rico que había sido discípulo. Pide el cuerpo a Pilato, lo envuelve en una sábana limpia, lo pone en su sepulcro nuevo, corre una piedra grande y se va. Dos de las mujeres se quedan sentadas frente a la tumba. Hay gestos que no arreglan nada y aun así son amor: acompañar, quedarse cuando todo parece terminado.

Al día siguiente, los príncipes de los sacerdotes y los fariseos van a Pilato. Recuerdan lo que dijo Jesús cuando aún vivía: «Después de tres días resucitaré». Piden asegurar el sepulcro, y ponen guardia y sello sobre la piedra. Tal vez tú también tienes algo que diste por terminado y cerraste con una piedra: un duelo que no quieres tocar, una vergüenza vieja. Aquí el relato se detiene con la piedra sellada. Sabemos, por lo que sigue en el evangelio, que esa no fue la última palabra; nuestra esperanza descansa en Cristo, no en nuestros planes.

Vuelve a la primera pregunta. El texto no registra respuesta a ella; el cielo calló y la tarde siguió. Pero Jesús llegó hasta lo que más tememos, sentirnos solos, y por eso nadie que clama desde ahí clama a un Dios que no sepa lo que se siente. Su desamparo no borra el nuestro, pero lo acompaña. Si llevas algo así, puedes decirlo, ante Dios y ante una persona de confianza. Junto al sepulcro sellado hay un Dios que tiene la última palabra, y no es el silencio.

Para vivirlo hoy

Hoy acércate a alguien que atraviesa una pérdida y acompáñalo sin buscar explicaciones: una visita corta, una comida, tu silencio. Y si la pérdida o la pregunta sin respuesta son tuyas, no te quedes solo: comparte lo que sientes con tu pastor o un amigo de confianza, y si te ronda la idea de hacerte daño, busca ayuda profesional ya.

Para meditar

  • ¿Qué pregunta le has hecho a Dios en voz baja y todavía no tiene respuesta?
  • ¿En qué momento mirar la cruz de Jesús dejó de ser algo lejano y te sacudió?
  • ¿Quién necesita hoy que te sientes a su lado, como aquellas mujeres frente al sepulcro, aunque no puedas arreglar nada?

Oración

Señor Jesús, tú pasaste por el silencio más hondo y no me pides que finja que no duele. Gracias por acompañarme en las preguntas que no sé cómo hacer. Abre mis ojos para que, como aquel centurión, vea quién eres. Enséñame a quedarme junto a los que sufren, aunque no encuentre palabras. Y ante lo que yo mismo doy por terminado, enséñame a esperar en ti, que tienes la última palabra. Amén.

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