Fidelidad de Dios
Cuando Dios mismo es tu parte y tu herencia
Lectura · Números 18:14-28
14Todo lo consagrado por voto en Israel será tuyo.
15Todo lo que abriere matriz en toda carne que ofrecerán á Jehová, así de hombres como de animales, será tuyo: mas has de hacer redimir el primogénito del hombre: también harás redimir el primogénito de animal inmundo.
16Y de un mes harás efectuar el rescate de ellos, conforme á tu estimación, por precio de cinco siclos, al siclo del santuario, que es de veinte óbolos.
17Mas el primogénito de vaca, y el primogénito de oveja, y el primogénito de cabra, no redimirás; santificados son: la sangre de ellos rociarás sobre el altar, y quemarás la grosura de ellos, ofrenda encendida en olor suave á Jehová.
18Y la carne de ellos será tuya: como el pecho de la mecedura y como la espaldilla derecha, será tuya.
19Todas las ofrendas elevadas de las cosas santas, que los hijos de Israel ofrecieren á Jehová, helas dado para ti, y para tus hijos y para tus hijas contigo, por estatuto perpetuo: pacto de sal perpetuo es delante de Jehová para ti y para tu simiente contigo.
20Y Jehová dijo á Aarón: De la tierra de ellos no tendrás heredad, ni entre ellos tendrás parte: Yo soy tu parte y tu heredad en medio de los hijos de Israel.
21Y he aquí yo he dado á los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, por su ministerio, por cuanto ellos sirven en el ministerio del tabernáculo del testimonio.
22Y no llegarán más los hijos de Israel al tabernáculo del testimonio, porque no lleven pecado, por el cual mueran.
23Mas los Levitas harán el servicio del tabernáculo del testimonio, y ellos llevarán su iniquidad: estatuto perpetuo por vuestras edades; y no poseerán heredad entre los hijos de Israel.
24Porque á los Levitas he dado por heredad los diezmos de los hijos de Israel, que ofrecerán á Jehová en ofrenda: por lo cual les he dicho: Entre los hijos de Israel no poseerán heredad.
25Y habló Jehová á Moisés, diciendo:
26Así hablarás á los Levitas, y les dirás: Cuando tomareis de los hijos de Israel los diezmos que os he dado de ellos por vuestra heredad, vosotros presentaréis de ellos en ofrenda mecida á Jehová el diezmo de los diezmos.
27Y se os contará vuestra ofrenda como grano de la era, y como acopio del lagar.
28Así ofreceréis también vosotros ofrenda á Jehová de todos vuestros diezmos que hubiereis recibido de los hijos de Israel; y daréis de ellos la ofrenda de Jehová á Aarón el sacerdote.
Sin un terreno propio para heredar: así vivirían Aarón y su familia en medio de Israel. En lugar de campo, Dios les dijo: «Yo soy tu parte y tu heredad en medio de los hijos de Israel». Este pasaje, lleno de ofrendas y porcentajes, parece contabilidad, pero habla de la herencia verdadera y de cómo un pueblo aprende a dar y a recibir.
El texto comienza con lo que se consagraba a Dios: lo que el pueblo entregaba por voto y lo primero de cada vientre, en personas y en animales, pasaba a ser para Aarón y su familia, que servían ante Jehová. El primogénito de una familia no se ofrecía en el altar: se rescataba, al mes de nacido, por cinco siclos. Los primerizos de la vaca, la oveja y la cabra sí se presentaban, y su sangre se rociaba sobre el altar como «ofrenda encendida en olor suave á Jehová». Cada rescate recordaba a los padres que la vida de sus hijos pertenece a Dios, quien la devolvía a sus manos.
Después viene lo que sostiene el conjunto. Los levitas servían en el tabernáculo, y el pueblo no debía acercarse a él por su cuenta. A cambio de ese servicio, Dios les dio los diezmos de Israel como heredad, y a los sacerdotes y sus familias la parte de las ofrendas, por «pacto de sal perpetuo». Así cuidó Dios de ellos, por medio del pueblo que daba y de quienes recibían y servían. Vivirían con lo necesario, pero sin campos propios, para no sentirse por encima de su trabajo.
Lo más llamativo está al final. Los levitas, que vivían de lo que otros daban, también debían dar: «el diezmo de los diezmos», que iba al sacerdote Aarón. Y Dios les asegura que su ofrenda será recibida como si fuera fruto de su propio campo: «Y se os contará vuestra ofrenda como grano de la era, y como acopio del lagar», es decir, como el jugo de uva ya exprimido. Nadie era solo receptor. Incluso quien vive de lo que recibe tiene algo que ofrecer, y eso también cuenta ante Dios.
Solemos medir la seguridad por lo que poseemos: el sueldo, la casa, los ahorros. El pasaje no desprecia esas cosas, pero nos recuerda dónde está la herencia que no se pierde. Dar lo primero de nuestro ingreso o de nuestra semana a Dios y a quienes sirven es una manera de decir con las manos dónde ponemos la confianza. Dar es una respuesta al cuidado de Dios y no un modo de comprar favores; quien tiene poco o pasa aprietos no debe leer esto como una condena. El pasaje habla, ante todo, de un Dios que es herencia y de un pueblo que se cuida entre sí.
El rescate del primogénito apunta a algo más. Por cada hijo se pagaba un precio para que su vida quedara libre; en Cristo el precio se pagó con su propia sangre, y a nosotros, que no podíamos pagarlo, se nos dio la libertad. Quien fue rescatado así descubre que Dios, además de darnos cosas, se da a sí mismo. En Jesús, Dios es nuestra parte y nuestra herencia.
Para vivirlo hoy
Piensa con calma qué puedes dar, y hazlo primero en lugar de dar lo que sobre: una parte de tu ingreso o de tu tiempo, para quienes sirven en tu congregación o para alguien con necesidad. Empieza con lo que puedas, sin presión ni comparaciones. Si hay deudas o el dinero te angustia, habla con alguien de confianza y busca orientación financiera; no tienes que resolverlo solo.
Para meditar
- Si hoy alguien te preguntara cuál es tu parte y tu herencia, ¿qué responderías con sinceridad?
- ¿Qué es lo primero que sale de tu sueldo y de tu semana, y qué le queda a Dios al final?
- ¿Cómo podrías apoyar, esta semana, a alguien que dedica su tiempo a servir a otros?
Oración
Padre, tú eres mi parte y mi herencia. Perdóname cuando busco seguridad en lo que tengo más que en ti. Te doy gracias por rescatarme a un precio que yo no podía pagar, el de tu Hijo. Afloja mis manos para dar con alegría y para cuidar a quienes se entregan a servirte. Que el miedo no me gobierne cuando pienso en el dinero. Que mi generosidad, aunque pequeña, te agrade, y que mi corazón descanse en ti. Amén.