Salvación y redención
Creer y permanecer: la verdad que hace libres
Lectura · Juan 8:23-44
23Y decíales: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.
24Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creyereis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.
25Y decíanle: ¿Tú quién eres? Entonces Jesús les dijo: El que al principio también os he dicho.
26Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros: mas el que me envió, es verdadero: y yo, lo que he oído de él, esto hablo en el mundo.
27Mas no entendieron que él les hablaba del Padre.
28Díjoles pues, Jesús: Cuando levantareis al Hijo del hombre, entonces entenderéis que yo soy, y que nada hago de mí mismo; mas como el Padre me enseñó, esto hablo.
29Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre; porque yo, lo que á él agrada, hago siempre.
30Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él.
31Y decía Jesús á los Judíos que le habían creído: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos;
32Y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará.
33Y respondiéronle: Simiente de Abraham somos, y jamás servimos á nadie: ¿cómo dices tú: Seréis libres?
34Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado.
35Y el siervo no queda en casa para siempre: el hijo queda para siempre.
36Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.
37Sé que sois simiente de Abraham, mas procuráis matarme, porque mi palabra no cabe en vosotros.
38Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre.
39Respondieron y dijéronle: Nuestro padre es Abraham. Díceles Jesús: Si fuerais hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais.
40Empero ahora procuráis matarme, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios: no hizo esto Abraham.
41Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Dijéronle entonces: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios.
42Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuera Dios, ciertamente me amaríais: porque yo de Dios he salido, y he venido; que no he venido de mí mismo, mas él me envió.
43¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? porque no podéis oir mi palabra.
44Vosotros de vuestro padre el diablo sois, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir. El, homicida ha sido desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.
En un solo diálogo conviven dos cosas difíciles de juntar. Primero, «muchos creyeron en él», y Jesús se dirige a los que le habían creído. Después, unas líneas más adelante, les dice que buscan matarlo, porque su palabra no cabe en ellos. El pasaje no señala que los oyentes cambien. Ese contraste no se resuelve dentro del texto, y por eso pide detenerse: creer una vez no es lo mismo que quedarse en lo que Jesús dice.
Jesús mismo marca la diferencia: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos». Permaneciereis quiere decir que se queden, que vivan en ella como uno vive en su casa. Para Jesús, ser discípulo no es un arrebato de entusiasmo, sino una vida que se queda en lo que él dice. Y a quien se queda le promete algo enorme: conocerá la verdad, y esa verdad lo hará libre.
Ellos responden apoyándose en su historia: «Simiente de Abraham somos, y jamás servimos á nadie». Simiente quiere decir descendencia. Jesús no niega su linaje; más adelante dice que sabe que son de esa descendencia. Pero habla de otra clase de esclavitud: «todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado». Y añade una imagen de casa: el siervo no se queda para siempre, el hijo sí. Por eso, dice, si el Hijo los libera, serán verdaderamente libres. La libertad no viene de un apellido.
Lo que sigue es de lo más duro del Evangelio, y el pasaje no lo suaviza. Jesús les dice que su palabra «no cabe en vosotros» y que hacen las obras de su padre. Al final dice que el padre de ellos es el diablo, homicida desde el principio, que no permaneció en la verdad y es «padre de mentira». Homicida es quien mata. Jesús es judío y habla con gente de su pueblo en una discusión concreta; sus palabras no son una etiqueta contra un pueblo ni contra nadie de hoy.
Detrás de todo está quién es el que habla. Jesús dice que habla lo que ha visto cerca del Padre, que salió de Dios y que no vino por su cuenta, sino enviado. Dice que el Padre que lo envió está con él y no lo ha dejado, porque él hace siempre lo que agrada al Padre. Por eso su palabra tiene autoridad para decir la verdad y también para dar libertad.
Hoy es fácil creer en Jesús un domingo o en una noche difícil y, al mismo tiempo, dejarle poco espacio el resto de la semana. La invitación es a quedarse, con lo cómodo y lo incómodo. Y quien habla no es un maestro más: es el Hijo, que dice lo que ha visto cerca del Padre y que puede dejar verdaderamente libre a quien se le acerca.
Para vivirlo hoy
Busca cinco minutos de silencio. Lee despacio los versículos 31 a 36 y quédate con una sola frase: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará». Repítela en voz baja, sin apuro. No pidas nada ni trates de entenderla toda; deja que se quede contigo, como quien deja una lámpara encendida en un cuarto.
Para meditar
- ¿Qué significa para mí permanecer en la palabra de Jesús y no solo entusiasmarme con ella?
- ¿En qué cosas me apoyo, como esos oyentes se apoyaban en Abraham, para sentirme libre?
- ¿Qué parte de lo que dice Jesús me cuesta hacer caber en mi vida?
Oración
«Seréis verdaderamente libres», dijiste, Jesús. Quiero esa libertad: la que no depende de mi apellido, de mi historia ni de lo que otros piensen de mí. Haz lugar en mi vida a tu palabra, para que no se quede en la puerta. Enséñame a decir la verdad cuando cuesta y a no buscar en cosas pequeñas lo que solo tú das. Y gracias porque hablas lo que has visto cerca del Padre, y el Padre no te ha dejado. Amén.