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Santidad y pureza

Apartado del altar, pero sentado a la mesa de Dios

Lectura · Levítico 21:22-24

22El pan de su Dios, de lo muy santo y las cosas santificadas, comerá.

23Empero no entrará del velo adentro, ni se allegará al altar, por cuanto hay falta en él: y no profanará mi santuario, porque yo Jehová soy el que los santifico.

24Y Moisés habló esto á Aarón, y á sus hijos, y á todos los hijos de Israel.

Levítico 21:22-24

«El pan de su Dios, de lo muy santo y las cosas santificadas, comerá». Así empiezan estos tres versículos, y lo primero es ver dónde están. Vienen al final de una ley sobre los hijos de Aarón que tienen un defecto físico y por eso no pueden servir en el altar. Y el primero de los tres no habla de lo que ese hombre pierde, sino de lo que recibe: alimento, y del más santo. Aquí «pan» quiere decir la comida que salía de las ofrendas y se apartaba para los sacerdotes.

Después viene el límite, y conviene leerlo sin suavizarlo: «no entrará del velo adentro, ni se allegará al altar, por cuanto hay falta en él». El velo era la cortina que cerraba el paso al lugar más santo, y allegarse quiere decir acercarse. Falta significa aquí un defecto o tacha del cuerpo, no una falta moral. Puede doler leerlo hoy, sobre todo a quien vive con alguna limitación. El texto da como razón la falta, y junto a ella nombra el cuidado del santuario: «no profanará mi santuario». No explica más. No dice que ese hombre valga menos: sigue comiendo de lo santo.

Fíjate en que las dos cosas van juntas, en la misma frase de Dios. Hay algo que ese hombre no puede hacer y hay algo que sí recibe, y lo segundo no es una migaja: come de lo muy santo y de lo santificado. Sigue siendo de la familia, y la familia lo alimenta. Además, Moisés habló todo esto «á Aarón, y á sus hijos, y á todos los hijos de Israel»: lo oyó el pueblo entero. Aquel hombre quedaba apartado de un servicio, no de la mesa.

Todos conocemos algún límite: la edad, una enfermedad, la vista que falla, un cuerpo que ya no responde como antes. A veces ese límite nos aparta de cosas que hacíamos con gusto, como cocinar para toda la familia, cantar en el coro o mover las sillas. El pasaje enseña a distinguir: una cosa es no poder hacer una tarea, y otra muy distinta es no tener lugar en la casa ni en la mesa.

Hay que decir algo más: el límite de este pasaje se refiere a los sacerdotes del santuario de entonces. En Cristo, todos los suyos se acercan a Dios, con el cuerpo que tengan, y en la iglesia hay un lugar de servicio para cada uno. Jesús dijo de sí mismo que es el pan de vida, y que quien se acerca a él no se queda con hambre. Ese pan se recibe con las manos que uno tenga.

Detrás del pasaje hay algo más firme que el cuerpo de cualquiera: ni el sacerdote sano ni el limitado se hacían santos a sí mismos. El que los apartaba y los hacía suyos era Dios, y él mismo lo dice: «yo Jehová soy el que los santifico». La mesa se sostiene en quien la pone, no en la fuerza de quien se sienta.

Para vivirlo hoy

Hoy, cuando te sientes a comer, dedica tres minutos a esto. Si el límite es tuyo, da gracias porque Dios te alimenta y te cuenta como suyo. Si es de alguien cercano, nómbralo ante Dios y pídele que te muestre cómo mantener abierto su lugar en la familia o en la iglesia.

Para meditar

  • ¿Qué límite, tuyo o de alguien cercano, se siente hoy como una puerta cerrada?
  • ¿Qué diferencia hay, en tu casa o en tu iglesia, entre no poder hacer una tarea y no tener lugar en la mesa?
  • ¿Qué cambia si la santidad es obra de Dios y no un premio por lo bien que estemos?

Oración

Dios que santificas a los tuyos, en este pasaje quien tenía una limitación física seguía comiendo el pan de tu casa, incluso de lo muy santo. Bendito seas porque tu mesa no se cierra para quien tiene límites. Guarda tu santuario y guárdame de creer que la santidad nace de mi fuerza. Que quien hoy se siente apartado sepa que tú lo alimentas y lo cuentas como tuyo. Haz que yo sepa hacer lugar en la mesa a los que la vida ha ido dejando en la orilla. Amén.

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