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Valor y perseverancia

Aldeas con nombre y una ciudad todavía pendiente

Lectura · Josué 15:58-63

58Halhul, y Bethfur, y Gedor,

59Y Maarath, y Beth-anoth, y Eltecón; seis ciudades con sus aldeas.

60Chîriath-baal, que es Chîriath-jearim, y Rabba; dos ciudades con sus aldeas.

61En el desierto, Beth-araba, Middín, y Sechâchâ,

62Y Nibsan, y la ciudad de la sal, y Engedi; seis ciudades con sus aldeas.

63Mas á los Jebuseos que habitaban en Jerusalem, los hijos de Judá no los pudieron desarraigar; antes quedó el Jebuseo en Jerusalem con los hijos de Judá, hasta hoy.

Josué 15:58-63

¿Por qué la Biblia se detiene a nombrar aldeas que casi nadie sabe ubicar, y luego termina con una frase que suena a tarea pendiente? Si alguna vez pasaste rápido los ojos por una lista así, no eres el único. Pero estos nombres no están de relleno. Cada lugar fue entregado por su nombre a la tribu de Judá, para que supieran qué era suyo y lo cuidaran. Dios no reparte al bulto: sabe dónde queda cada cosa que da.

Estos versículos cierran el largo inventario de las ciudades de Judá. Primero aparecen «Halhul, y Bethfur, y Gedor», y otras tres más, hasta sumar «seis ciudades con sus aldeas». Luego vienen dos ciudades, y después otras seis, entre ellas Middín, la ciudad de la sal y Engedi. Fíjate en esa expresión, «con sus aldeas»: detrás de cada nombre había familias y trabajo diario. No es un mapa frío. Es una tierra habitada.

Que Dios cuente y nombre hasta los pueblos más pequeños dice algo de cómo nos mira. Seis de estas ciudades están «En el desierto», en una región seca y poco poblada. Pero ese desierto de Judá sería después el lugar donde David cantó su cercanía con Dios. Ningún sitio es tan apartado como para dejarnos fuera de su visita, y muchas veces la conversación más dulce con el cielo ocurre justo lejos del ruido.

Entonces la lista termina con una nota que no esperábamos: «los hijos de Judá no los pudieron desarraigar; antes quedó el Jebuseo en Jerusalem con los hijos de Judá, hasta hoy». En medio de tanta tierra recibida, Judá no logró expulsar a los jebuseos de Jerusalén, y siguieron viviendo allí junto a ellos. El texto lo anota con sencillez, sin maquillar la historia. Y esa misma Jerusalén, que aquí figura como asunto sin resolver, llegaría a ser la ciudad del gran Rey.

Casi todos tenemos algo que seguimos sin resolver. Puede ser un hábito que ya intentaste dejar más de una vez, una deuda que no cede, el cansancio de años en un mismo trabajo, un temor que vuelve cada lunes. Has orado, te has esforzado, y aun así ahí sigue, viviendo contigo «hasta hoy». Decirlo en voz alta no es falta de fe; es hablar con verdad, como hace este texto al dejarlo anotado.

Aquí el evangelio suena con especial ternura. Cristo no esperó a que todo estuviera resuelto en nosotros para acercarse. La buena noticia del Reino empezó a anunciarse en ese mismo desierto de Judea, lejos del ruido de las ciudades grandes. Puedes vivir hoy con lo que no has logrado resolver y seguir siendo suyo. Lo que queda inconcluso en una página no siempre es lo último que Dios tiene para decir.

Para vivirlo hoy

Nombra hoy, en una hoja o en oración, dos cosas: algo que Dios ya te ha dado y que sueles pasar por alto, y algo que sigues sin resolver. Agradece por nombre lo primero, sin apuro. Para lo segundo, elige un paso pequeño y realista que puedas dar esta semana, y dalo sin exigirte resolverlo todo de una vez.

Para meditar

  • ¿Qué cosas concretas te ha dado Dios que sueles dar por sentadas, como si no tuvieran nombre?
  • ¿Qué asunto pendiente sigue viviendo contigo a pesar de tus esfuerzos, y qué te cuesta decirle a Dios sobre eso?
  • ¿Qué cambia en tu manera de mirar lo pendiente saber que Dios conoce por su nombre cada rincón de tu vida?

Oración

Enséñame a contar lo que me has dado, Señor, antes de contar lo que me falta. Gracias porque nada de lo que me entregas es anónimo para ti, ni siquiera lo más pequeño. Tú sabes qué cosas siguen sin ceder en mi vida y cuánto me cansan. No quiero fingir que todo está resuelto. Sostén mi esperanza donde hay desierto, hazme fiel en lo pequeño y recuérdame que tu obra en mí no ha terminado. Amén.

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