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Juicio y misericordia

Misericordia, paz y amor, y una fe que hay que guardar

Lectura · Judas 1:1-14

1JUDAS, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, á los llamados, santificados en Dios Padre, y conservados en Jesucristo:

2Misericordia, y paz, y amor os sean multiplicados.

3Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros de la común salud, me ha sido necesario escribiros amonestándoos que contendáis eficazmente por la fe que ha sido una vez dada á los santos.

4Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los cuales desde antes habían estado ordenados para esta condenación, hombres impíos, convirtiendo la gracia de nuestro Dios en disolución, y negando á Dios que solo es el que tiene dominio, y á nuestro Señor Jesucristo.

5Os quiero pues amonestar, ya que alguna vez habéis sabido esto, que el Señor habiendo salvado al pueblo de Egipto, después destruyó á los que no creían:

6Y á los ángeles que no guardaron su dignidad, mas dejaron su habitación, los ha reservado debajo de oscuridad en prisiones eternas hasta el juicio del gran día:

7Como Sodoma y Gomorra, y las ciudades comarcanas, las cuales de la misma manera que ellos habían fornicado, y habían seguido la carne extraña, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el juicio del fuego eterno.

8De la misma manera también estos soñadores amancillan la carne, y menosprecian la potestad, y vituperan las potestades superiores.

9Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando sobre el cuerpo de Moisés, no se atrevió á usar de juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda.

10Pero éstos maldicen las cosas que no conocen; y las cosas que naturalmente conocen, se corrompen en ellas, como bestias brutas.

11¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron en el error de Balaam por recompensa, y perecieron en la contradicción de Coré.

12Estos son manchas en vuestros convites, que banquetean juntamente, apacentándose á sí mismos sin temor alguno: nubes sin agua, las cuales son llevadas de acá para allá de los vientos: árboles marchitos como en otoño, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados;

13Fieras ondas de la mar, que espuman sus mismas abominaciones; estrellas erráticas, á las cuales es reservada eternalmente la oscuridad de las tinieblas.

14De los cuales también profetizó Enoc, séptimo desde Adam, diciendo: He aquí, el Señor es venido con sus santos millares,

Judas 1:1-14

«Misericordia, y paz, y amor os sean multiplicados». Con ese deseo saluda Judas, que se presenta como siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo. Escribe a quienes describe como llamados, santificados en Dios Padre y guardados en Jesucristo. Es un comienzo cálido. Pero en el versículo tres la carta gira: Judas cuenta que tenía muchas ganas de escribirles sobre la salvación que todos comparten, y que en cambio se vio obligado a escribir otra cosa.

Lo que les pide es esto: «contendáis eficazmente por la fe que ha sido una vez dada á los santos». Contender quiere decir pelear con firmeza, como quien defiende algo valioso que le entregaron; y esa fe, dice, fue dada una vez, no está en construcción. La razón es que algunos han entrado encubiertamente, es decir, sin que se notara, y hacen de la gracia una excusa, «convirtiendo la gracia de nuestro Dios en disolución», o sea, en vida sin freno. Además niegan a nuestro Señor Jesucristo.

Vienen luego tres ejemplos duros, y no conviene suavizarlos. El Señor salvó a un pueblo de Egipto y después destruyó a los que no creían. Hubo ángeles que no guardaron su lugar, y están reservados en oscuridad, en prisiones eternas, hasta el juicio del gran día. Sodoma y Gomorra, con sus ciudades vecinas, vivieron en inmoralidad sexual y quedaron como ejemplo del fuego eterno. Judas se los recuerda a quienes ya lo sabían: es una advertencia de alguien que los llama amados. Aparece un Dios que rescata de verdad y también juzga de verdad.

En medio de tanta dureza hay una escena sobria. El arcángel Miguel discutía con el diablo sobre el cuerpo de Moisés, y ni siquiera entonces se atrevió a condenarlo con una maldición. Solo dijo: «El Señor te reprenda». Ni un arcángel ocupa el lugar de Dios para juzgar. Quienes Judas cuestiona hacen lo contrario: maldicen lo que no conocen. Defender la fe, entonces, no es gritar más fuerte, sino hablar sabiendo quién es el que juzga.

Hoy esas imágenes se reconocen con facilidad. Judas habla de gente que, en las comidas de la comunidad, se sirve solo a sí misma sin temor alguno, y la compara con «nubes sin agua»: prometen lluvia y pasan de largo. A cualquiera le pasa mirar solo su plato o prometer más de lo que hace. También ocurre que la gracia se usa como excusa: total, Dios perdona, así que nada tiene que cambiar. La carta no apunta con el dedo a quien la lee; invita a reconocer esas señales primero en uno mismo, con calma, y volver a Dios.

Y sobre todo esto queda una frase que no conviene pasar por alto: los llamados son «conservados en Jesucristo». Quienes se desvían niegan a nuestro Señor Jesucristo; quienes le pertenecen no se sostienen solo con su esfuerzo, sino guardados en él. Contender por la fe no es una tarea a solas: detrás de quien lo hace está Cristo mismo, que guarda a los suyos.

Para vivirlo hoy

Recuerda a alguien con quien compartes la fe y a quien hace tiempo no le preguntas cómo va la suya. Esta semana, invítala a un café o llámala, cuéntale qué te ha ayudado a permanecer y escucha su respuesta sin apuro. No hace falta dar consejos ni resolver nada: basta acompañar.

Para meditar

  • ¿Cómo distingues entre defender lo que crees con firmeza y querer ganar una discusión?
  • ¿Qué promesa pequeña que hiciste te gustaría cumplir esta semana, para que tus palabras traigan agua?
  • ¿Qué cambia en ti saber que alguien te guarda y que no dependes solo de tus propias fuerzas?

Oración

¡Qué maravilla que nos llames, nos hagas tuyos y nos guardes en Jesucristo! Gracias porque tu misericordia, tu paz y tu amor no se acaban, sino que se multiplican. Enséñame a cuidar lo que has confiado a los tuyos, sin dureza en las palabras y sin callar la verdad. Guárdame de vivir con palabras sin agua y de pensar solo en mi plato. Y cuando dude, recuérdame que quien me sostiene eres tú. Amén.

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