El Reino de Dios
Una piedra, dos sellos y un rey que no duerme
Lectura · Daniel 6:14-27
14El rey entonces, oyendo el negocio, pesóle en gran manera, y sobre Daniel puso cuidado para librarlo; y hasta puestas del sol trabajó para librarle.
15Empero aquellos hombres se reunieron cerca del rey, y dijeron al rey: Sepas, oh rey, que es ley de Media y de Persia, que ningún decreto ú ordenanza que el rey confirmare pueda mudarse.
16Entonces el rey mandó, y trajeron á Daniel, y echáronle en el foso de los leones. Y hablando el rey dijo á Daniel: El Dios tuyo, á quien tú continuamente sirves, él te libre.
17Y fué traída una piedra, y puesta sobre la puerta del foso, la cual selló el rey con su anillo, y con el anillo de sus príncipes, porque el acuerdo acerca de Daniel no se mudase.
18Fuése luego el rey á su palacio, y acostóse ayuno; ni instrumentos de música fueron traídos delante de él, y se le fué el sueño.
19El rey, por tanto, se levantó muy de mañana, y fué apriesa al foso de los leones:
20Y llegándose cerca del foso llamó á voces á Daniel con voz triste: y hablando el rey dijo á Daniel: Daniel, siervo del Dios viviente, el Dios tuyo, á quien tú continuamente sirves ¿te ha podido librar de los leones?
21Entonces habló Daniel con el rey: oh rey, para siempre vive.
22El Dios mío envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen mal: porque delante de él se halló en mí justicia: y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho lo que no debiese.
23Entonces se alegró el rey en gran manera á causa de él, y mandó sacar á Daniel del foso: y fué Daniel sacado del foso, y ninguna lesión se halló en él, porque creyó en su Dios.
24Y mandándolo el rey fueron traídos aquellos hombres que habían acusado á Daniel, y fueron echados en el foso de los leones, ellos, sus hijos, y sus mujeres; y aun no habían llegado al suelo del foso, cuando los leones se apoderaron de ellos, y quebrantaron todos sus huesos.
25Entonces el rey Darío escribió á todos los pueblos, naciones, y lenguas, que habitan en toda la tierra: Paz os sea multiplicada:
26De parte mía es puesta ordenanza, que en todo el señorío de mi reino todos teman y tiemblen de la presencia del Dios de Daniel: porque él es el Dios viviente y permanente por todos los siglos, y su reino tal que no será deshecho, y su señorío hasta el fin.
27Que salva y libra, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra; el cual libró á Daniel del poder de los leones.
Sobre la piedra del foso hay dos anillos. Uno es el del rey; el otro, el de sus príncipes. Se selló así «porque el acuerdo acerca de Daniel no se mudase», es decir, para que lo decidido no pudiera cambiarse. Esa piedra sellada es la firma del poder humano diciendo que de aquí en adelante nada se mueve. Y sin embargo, lo más importante de la historia ocurre detrás de ella, donde ningún anillo alcanza.
Antes de la piedra, el rey había pasado el día buscando una salida. Al oír el asunto le pesó en gran manera, puso cuidado en librar a Daniel y trabajó hasta que se puso el sol. Sus hombres le recuerdan que ningún decreto que el rey confirme puede cambiarse. Esa ley ahora lo ata. Manda echar a Daniel al foso y lo único que le dice es: «El Dios tuyo, á quien tú continuamente sirves, él te libre».
Esa noche el rey no duerme. Se va a su palacio, se acuesta sin comer, no deja que le traigan música, y el sueño se le va. Al amanecer sale de prisa hacia el foso y llama a Daniel con voz triste, preguntándole si el Dios a quien sirve sin descanso ha podido librarlo. El relato cuenta con detalle la noche del rey; de la noche de Daniel no dice ni una palabra.
Daniel responde saludando al rey con un deseo de larga vida. Luego cuenta lo ocurrido: «El Dios mío envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones». Al sacarlo del foso, «ninguna lesión se halló en él, porque creyó en su Dios». Fíjate en la razón que da el texto: no elogia el aguante de Daniel, señala su confianza. La salvación viene de Dios, y a Daniel le toca creer.
Después viene lo duro. Los hombres que acusaron a Daniel son echados al foso con sus hijos y sus mujeres, y los leones los quebrantan antes de llegar al suelo. El pasaje lo cuenta sin adornos. Duele que la sentencia alcance a los hijos y a las mujeres; el texto no lo presenta como ejemplo, y a nosotros no nos toca vengar a nadie. Enseguida el rey escribe a todos los pueblos que teman al Dios de Daniel: su reino es tal que «no será deshecho», y su dominio llega hasta el fin.
Hoy no nos echan a un foso, pero hay noches que se parecen a la del rey: una decisión que no se puede deshacer, una palabra dicha que no vuelve, una preocupación que no deja dormir. El pasaje no dice que todo se arregla por la mañana; dice quién reina. Quien conoce el Evangelio piensa aquí en otra piedra sellada, la del sepulcro de Jesús, que tampoco retuvo al que vive. Para hoy: al apagar la luz, di a Dios lo que no puedes arreglar y déjalo bajo su cuidado.
Para vivirlo hoy
Esta noche, antes de dormir, escribe en un papel la preocupación que más vueltas te da, dóblalo y déjalo en un cajón. Es una decisión pequeña y concreta: por hoy la sueltas. Si vuelve a tu mente, recuerda que ya quedó guardada y que tu Dios es el Dios viviente.
Para meditar
- ¿Qué piedra sellada hay hoy en tu vida, algo que no puedes cambiar, y qué significa saber que del otro lado hay Alguien vivo?
- ¿Qué te dice que el relato cuente con tanto detalle la noche del rey y no diga nada de la noche de Daniel?
- ¿Qué cambia en tu día si crees que el reino de Dios no será deshecho, aunque los planes humanos sí se deshagan?
Oración
«Que salva y libra»: así te nombra el rey al final, y así quiero nombrarte hoy. Sálvame de dar vueltas a lo que ya no puedo cambiar, y líbrame de creer que un sello humano tiene la última palabra. Gracias porque tu reino no será deshecho, ni de noche ni de día. Cuida a quien esta noche no puede dormir por algo que hizo o que le hicieron, y dale paz. Enséñame a confiar en ti como Daniel, aun cuando no vea la salida. Amén.