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Fidelidad de Dios

Ni olor a humo, y un rey que bendice al Dios de los tres

Lectura · Daniel 3:27-30

27Y juntáronse los grandes, los gobernadores, los capitanes, y los del consejo del rey, para mirar estos varones, como el fuego no se enseñoreó de sus cuerpos, ni cabello de sus cabezas fué quemado, ni sus ropas se mudaron, ni olor de fuego había pasado por ellos.

28Nabucodonosor habló y dijo: Bendito el Dios de ellos, de Sadrach, Mesach, y Abed-nego, que envió su ángel, y libró sus siervos que esperaron en él, y el mandamiento del rey mudaron, y entregaron sus cuerpos antes que sirviesen ni adorasen otro dios que su Dios.

29Por mí pues se pone decreto, que todo pueblo, nación, ó lengua, que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrach, Mesach, y Abed-nego, sea descuartizado, y su casa sea puesta por muladar; por cuanto no hay dios que pueda librar como éste.

30Entonces el rey engrandeció á Sadrach, Mesach, y Abed-nego en la provincia de Babilonia.

Daniel 3:27-30

Estos cuatro versículos guardan una tensión difícil de pasar por alto. Tres hombres desobedecieron un mandamiento del rey, y ese mismo rey termina bendiciendo a su Dios y subiéndolos de puesto. Uno esperaría castigo para quien desoye una orden del trono; aquí llega un ascenso. Lo que cambia la escena es lo que ven los grandes, los gobernadores, los capitanes y los del consejo del rey cuando se juntan a mirar a esos hombres.

Lo que ven queda descrito con calma, casi como un informe. El fuego «no se enseñoreó de sus cuerpos», que quiere decir que no tuvo poder sobre ellos. «Ni cabello de sus cabezas fué quemado», sus ropas no se mudaron (hoy diríamos que no cambiaron) y ni siquiera había pasado por ellos olor a humo. El texto nombra a todos los que miran, como quien deja constancia de que hubo muchos testigos.

Entonces habla Nabucodonosor, y lo que dice suena a alabanza: «Bendito el Dios de ellos». Ese Dios «envió su ángel» y libró a sus siervos, los que esperaron en él, palabras que aquí quieren decir confiar. El rey los describe así: «entregaron sus cuerpos antes que sirviesen ni adorasen otro dios que su Dios». Dice el Dios de ellos, no mi Dios, y el texto no cuenta más de lo que había en su corazón. Lo que sí queda claro es lo que Dios hizo: enviar y librar.

Luego viene un decreto duro, y conviene leerlo con honestidad. El rey manda que quien hable mal de este Dios sea descuartizado, o sea cortado en pedazos, y que su casa se vuelva «muladar», un montón de basura. Es la ley de un rey de Babilonia: él mismo dice que el decreto sale de su mano. No es un mandato de Dios ni un modelo para nosotros. Deja ver, eso sí, cuán grande fue su asombro ante lo que presenció.

A casi nadie hoy le piden entregar su cuerpo por no adorar a otro dios. Las presiones son más pequeñas y más cercanas: firmar algo que no es del todo cierto, reírse de una burla que hiere, callar la fe donde nadie la nombra. Este pasaje no promete que quien confía en Dios saldrá siempre sin olor a humo, ni que la fidelidad traiga un ascenso, aunque aquí el rey los engrandeció en la provincia de Babilonia. Cuenta lo que Dios hizo aquella vez y deja ver cómo es él.

Hay un detalle más que sube el contraste: en estos versículos los tres no dicen ni una palabra. Hablan los que miran y habla el rey; ellos salen del fuego y se dejan mirar. No se defienden ni se explican. Cuando te toque sostener algo sin poder discutirlo, puedes recordar que no todo depende de tus palabras. Lo dijo mejor quien lo vio con sus ojos, un rey que reconoció que «no hay dios que pueda librar como éste».

Para vivirlo hoy

Esta noche, y las dos que siguen, al terminar la jornada, anota en una sola línea algo en lo que Dios te sostuvo o te sacó adelante, aunque parezca pequeño. Cuéntalo así, sin adornos, como lo hizo el rey con lo que vio: lo que pasó y a quién se lo atribuyes.

Para meditar

  • ¿Qué te llama la atención de que quien dio la orden termine bendiciendo al Dios de los que no la cumplieron?
  • ¿En qué lugar de tu semana sostener lo que crees se siente como entregar algo, y qué te ayuda a seguir confiando allí?
  • ¿Qué momento en que Dios te sacó adelante podrías contarle a alguien tal como fue, sin adornarlo?

Oración

Dame firmeza para no cambiar de rumbo cuando mantenerme fiel a ti me cueste algo. Tú enviaste a tu ángel y libraste a quienes esperaron en ti, y no hay otro que libre como tú. Perdona las veces en que he callado lo que creo por evitar un problema pequeño. Ayúdame a contar con sencillez lo que has hecho conmigo, sin adornarlo y sin esconderlo. Y acuérdate de quienes hoy atraviesan su propio fuego con dudas y sin respuestas: cuídalos con tu presencia. Amén.

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