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Oración

Una multitud que avanza y un pueblo de pie ante Dios

Lectura · 2 Crónicas 20:1-15

1PASADAS estas cosas, aconteció que los hijos de Moab y de Ammón, y con ellos otros de los Ammonitas, vinieron contra Josaphat á la guerra.

2Y acudieron, y dieron aviso á Josaphat, diciendo: Contra ti viene una grande multitud de la otra parte de la mar, y de la Siria; y he aquí ellos están en Hasasón-tamar, que es Engedi.

3Entonces él tuvo temor; y puso Josaphat su rostro para consultar á Jehová, é hizo pregonar ayuno á todo Judá.

4Y juntáronse los de Judá para pedir socorro á Jehová: y también de todas las ciudades de Judá vinieron á pedir á Jehová.

5Púsose entonces Josaphat en pie en la reunión de Judá y de Jerusalem, en la casa de Jehová, delante del atrio nuevo;

6Y dijo: Jehová Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos, y te enseñoreas en todos los reinos de las Gentes? ¿no está en tu mano tal fuerza y potencia, que no hay quien te resista?

7Dios nuestro, ¿no echaste tú los moradores de aquesta tierra delante de tu pueblo Israel, y la diste á la simiente de Abraham tu amigo para siempre?

8Y ellos han habitado en ella, y te han edificado en ella santuario á tu nombre, diciendo:

9Si mal viniere sobre nosotros, ó espada de castigo, ó pestilencia, ó hambre, presentarnos hemos delante de esta casa, y delante de ti, (porque tu nombre está en esta casa,) y de nuestras tribulaciones clamaremos á ti, y tú nos oirás y salvarás.

10Ahora pues, he aquí los hijos de Ammón y de Moab, y los del monte de Seir, á la tierra de los cuales no quisiste que pasase Israel cuando venían de la tierra de Egipto, sino que se apartasen de ellos, y no los destruyesen;

11He aquí ellos nos dan el pago, viniendo á echarnos de tu heredad, que tú nos diste á poseer.

12¡Oh Dios nuestro! ¿no los juzgarás tú? porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros: no sabemos lo que hemos de hacer, mas á ti volvemos nuestros ojos.

13Y todo Judá estaba en pie delante de Jehová, con sus niños, y sus mujeres, y sus hijos.

14Y estaba allí Jahaziel hijo de Zachârías, hijo de Benaías, hijo de Jeiel, hijo de Mathanías, Levita de los hijos de Asaph, sobre el cual vino el espíritu de Jehová en medio de la reunión;

15Y dijo: Oid, Judá todo, y vosotros moradores de Jerusalem, y tú, rey Josaphat. Jehová os dice así: No temáis ni os amedrentéis delante de esta tan grande multitud; porque no es vuestra la guerra, sino de Dios.

2 Crónicas 20:1-15

Por un lado avanza una grande multitud: los hijos de Moab y de Amón, con otros de los amonitas, y ya están en Hasasón-tamar, que es Engadi. Por el otro, en la casa de Jehová, hay una reunión. El texto la pinta así: «todo Judá estaba en pie delante de Jehová, con sus niños, y sus mujeres, y sus hijos». Un enemigo numeroso, y frente a él un pueblo entero de pie ante Dios, con los pequeños incluidos.

Al llegarle el aviso, el texto es franco con el rey Josafat: «él tuvo temor». Y no se queda ahí: puso su rostro para consultar a Jehová y mandó pregonar ayuno en todo Judá. De todas las ciudades vinieron a pedir socorro. Ya reunidos, Josafat se puso en pie delante del atrio nuevo y empezó su oración sin nombrar todavía al enemigo: «¿no eres tú Dios en los cielos, y te enseñoreas en todos los reinos de las Gentes?». Enseñorearse quiere decir gobernar, y las Gentes son las naciones.

Después mira hacia atrás. Recuerda que Dios dio aquella tierra a la descendencia de «Abraham tu amigo», y que el pueblo construyó allí un santuario diciendo que, si venía el mal, la espada, la peste o el hambre, se presentarían ante esa casa y clamarían, y que Dios los oiría y los salvaría. Sobre esas palabras se apoya. Añade una queja: los que vienen son aquellos pueblos que Dios no permitió que Israel destruyera, y ahora «nos dan el pago». Es un clamor por justicia, no un permiso para odiar, y termina pidiendo que sea Dios quien juzgue.

Llega entonces lo más honesto de la oración: «no sabemos lo que hemos de hacer, mas á ti volvemos nuestros ojos». Confiesan que no tienen fuerza ni plan, y dan vuelta la mirada. La respuesta no viene del rey: viene de un levita llamado Jahaziel, de los hijos de Asaf, sobre quien vino el espíritu de Jehová en medio de la reunión. Dice: «No temáis ni os amedrentéis delante de esta tan grande multitud; porque no es vuestra la guerra, sino de Dios».

Todos hemos estado frente a una multitud: una lista de cuentas que no cuadra, una conversación que se viene, un año que se ve cuesta arriba. Decir que no sabes qué hacer no es un fracaso de la fe; aquí es justo el comienzo de la oración. Y nadie estaba solo: venían con sus familias. Quien sigue a Jesús puede leer la frase de Jahaziel con más peso aún, porque la batalla mayor, la del pecado y la muerte, la peleó él por nosotros.

Por eso Josafat pudo terminar su oración sin un plan y con la mirada puesta en otra parte. Aquel a quien se dirige no mira las multitudes desde lejos: reina en los cielos, gobierna sobre los reinos de las naciones, y en su mano hay «tal fuerza y potencia, que no hay quien te resista».

Para vivirlo hoy

Piensa en una persona de tu vida que hoy enfrenta algo más grande que sus fuerzas. Llámala o escríbele sin buscar la frase perfecta: pregúntale cómo está de verdad y, cuando te cuente, no des soluciones; ofrécele orar juntos unos minutos, allí mismo o cuando pueda.

Para meditar

  • ¿Cuál es hoy tu multitud, eso que te supera, y qué pasaría si se lo dijeras a Dios tal como es, sin ordenarlo?
  • ¿Qué parte de la oración de Josafat podrías hacer tuya esta semana, y qué cambia al decirla en voz alta?
  • ¿A quién le agradecerías haberse quedado de pie a tu lado cuando no sabías qué hacer?

Oración

Gracias porque tu casa estuvo abierta para que Judá entera llegara con sus niños, con sus preguntas y sin plan. Gracias porque respondiste en medio de la reunión, por boca de Jahaziel, con una palabra que calma. Hoy también hay multitudes que me superan: te las presento tal como son, con lo que no sé y lo que no puedo. A ti vuelvo mis ojos. Recuérdame que la guerra no es mía sino tuya, y enséñame a hacer con paz lo que sí me toca, sin cargar lo que tú sostienes. Amén.

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