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Arrepentimiento y restauración

Una lista de nombres y una verdad dicha sin rodeos

Lectura · Esdras 10:36-44

36Vanías, Meremoth, Eliasib,

37Mathanías, Mathenai, y Jaasai,

38Y Bani, y Binnui, Simi,

39Y Selemías y Nathán y Adaías,

40Machnadbai, Sasai, Sarai,

41Azareel, y Selamías, Semarías,

42Sallum, Amarías, Joseph.

43Y de los hijos de Nebo: Jehiel, Matithías, Zabad, Zebina, Jadau, y Joel, Benaías.

44Todos estos habían tomado mujeres extranjeras; y había mujeres de ellos que habían parido hijos.

Esdras 10:36-44

Estos nueve versículos van a dos velocidades. Durante ocho de ellos solo desfilan nombres, uno tras otro, casi sin respirar: «Vanías, Meremoth, Eliasib», y sigue la fila. En el último cae, de golpe, la frase que explica la lista. Los nombres suenan fríos; la frase final pesa. Esa tensión es la que hoy nos toca mirar: lo que estas personas hicieron queda dicho sin adornos, pero también queda escrito cómo se llamaba cada una.

Son la cola de una lista más larga, que empieza unos versículos atrás. Aquí aparecen Selemías, Nathán, Adaías, y al final «los hijos de Nebo: Jehiel, Matithías, Zabad, Zebina, Jadau, y Joel, Benaías». Son nombres de varones de aquel pueblo, tantos que el texto ni se detiene a presentarlos. No hay discursos ni explicaciones, solo la anotación de quién era quién.

Y el último versículo no se suaviza: «Todos estos habían tomado mujeres extranjeras; y había mujeres de ellos que habían parido hijos». Parido es una palabra de otro tiempo; hoy diríamos que habían dado a luz. Ahí hay familias reales, con esposas y con niños. En el mismo capítulo el pueblo se compromete a despedir a esas mujeres, y este pasaje no cuenta qué fue de ellas ni de sus hijos. Es un momento duro, y no conviene taparlo ni llenar con suposiciones lo que el texto deja callado.

¿Qué muestra de Dios una lista así? El libro presenta el asunto como una cuestión de fidelidad a él, y esa fidelidad importa porque hay personas de por medio. Quien lee con fe puede ver ahí a un Dios que se toma en serio lo prometido y que no maneja masas sin rostro: cuando algo se quiebra, el libro habla de Vanías, de Bani, de Joel, uno por uno. También cuenta que los sacerdotes ofrecieron un carnero por su culpa, señal de que volver tenía camino.

Nos toca porque muchos hemos sido reducidos alguna vez a una línea: en el trabajo, a un error del que todavía se acuerdan; en la familia, a una discusión; en la propia cabeza, a la etiqueta del que falló. Este texto enseña otra cosa: se puede decir la verdad de lo que pasó sin dejar de nombrar a la persona. Reconocer una mala decisión cuesta, y a veces alcanza a quienes viven con nosotros. Esto no es un manual para los matrimonios de hoy, sino un momento concreto de un pueblo concreto. Lo que nos queda es mirar de frente, sin esconder y sin hundirse.

El pasaje se cierra con las cuentas a la vista y sin una palabra de alivio escrita. Nada de lo que dice la lista se niega, ni hace falta negarlo. Ese alivio, los cristianos creemos, llegó después en una persona: Jesús cargó con nuestra deuda en la cruz, y ninguna lista de faltas, la de otros o la nuestra, tiene ya la última palabra sobre quién eres.

Para vivirlo hoy

Durante los próximos tres días, antes de dormir, haz una breve oración de dos frases. En la primera, di a Dios con sencillez algo en lo que hoy no fuiste fiel, sin adornarlo ni exagerarlo. En la segunda, agradécele que te conoce por tu nombre. Nada más: una frase de verdad y otra de gratitud.

Para meditar

  • ¿Cómo me describo cuando recuerdo mi peor error: con mi nombre propio o con una etiqueta?
  • ¿Qué cambia en mí saber que se puede nombrar una falta sin dejar de nombrar a la persona?
  • ¿Hay alguien a quien recuerdo solo por lo que hizo mal, y cómo podría volver a llamarle por su nombre?

Oración

Reconozco que prefiero esconder mis fallas antes que ponerlas delante de ti con sencillez. A veces las minimizo y otras las agrando. Tú ves las dos cosas y me conoces por mi nombre. Gracias porque tu Palabra ni oculta lo que pasó ni borra a las personas. Cuida a las familias que cargan las consecuencias de decisiones equivocadas, las de otros y las mías. Enséñame a decir la verdad sin dureza y a volver sin miedo. Te lo pido en el nombre de Jesús, que cargó con mi deuda. Amén.

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