Esperanza
Una ciudad de doce puertas y un solo nombre
Lectura · Ezequiel 48:30-35
30Y estas son las salidas de la ciudad á la parte del norte, cuatro mil y quinientas cañas por medida.
31Y las puertas de la ciudad serán según los nombres de las tribus de Israel: tres puertas al norte: la puerta de Rubén, una; la puerta de Judá, otra; la puerta de Leví, otra.
32Y á la parte del oriente cuatro mil y quinientas cañas, y tres puertas: la puerta de José, una; la puerta de Benjamín, otra; la puerta de Dan, otra.
33Y á la parte del mediodía, cuatro mil y quinientas cañas por medida, y tres puertas: la puerta de Simeón, una; la puerta de Issachâr, otra; la puerta de Zabulón, otra.
34Y á la parte del occidente cuatro mil y quinientas cañas, y sus tres puertas: la puerta de Gad, una; la puerta de Aser, otra; la puerta de Nephtalí, otra.
35En derredor tendrá dieciocho mil cañas. Y el nombre de la ciudad desde aquel día será JEHOVÁ-SHAMMA.
«El nombre de la ciudad desde aquel día será JEHOVÁ-SHAMMA». Con esta frase termina el libro de Ezequiel, que empezó entre desterrados y acaba con una ciudad de nombre nuevo. Dicho en español, ese nombre quiere decir que Jehová está allí. A su alrededor, el texto no hace poesía: hace cuentas. Cuatro lados de cuatro mil quinientas cañas cada uno, dieciocho mil cañas en total, y la caña era una vara de medir. Antes de llegar al nombre hay que pasar por las puertas.
Son tres por lado, doce en total, y las puertas de la ciudad «serán según los nombres de las tribus de Israel». El texto las recorre lado por lado, con paciencia de lista. Al norte, Rubén, Judá y Leví; al oriente, José, Benjamín y Dan; al sur, Simeón, Isacar y Zabulón; al occidente, Gad, Aser y Neftalí. Ningún lado queda sin puertas, y ninguno de esos nombres queda sin la suya.
Doce nombres, doce entradas. Dios no ha perdido la cuenta de su pueblo: cada tribu tiene su puerta y en ella su nombre, y ninguna se confunde con otra. La ciudad se describe con el cuidado de quien conoce a los suyos uno por uno. Una lista de nombres puede parecer árida, pero aquí es una manera de decir que cada uno cuenta y tiene su lugar.
Y, sin embargo, lo que define a la ciudad no son sus lados ni sus medidas, sino su nombre. No habla de tamaño ni de murallas: habla de Dios. «Desde aquel día», dice el texto, y con eso marca un antes y un después. Para un pueblo que había conocido la ruina y el destierro, la noticia mayor no era una ciudad grande, sino que Dios estaba en ella, y que esa presencia sería lo primero que se dijera de ese lugar.
Esto toca los lugares de todos los días. Solemos valorar una casa, un trabajo o una iglesia por su tamaño, su comodidad o su seguridad, y esas cosas cuentan. El pasaje sugiere otra medida: que Dios esté allí. Se puede vivir en un departamento pequeño y darle a Dios la puerta principal: una oración al levantarse, una mesa donde se agradece, una conversación honesta con él antes de dormir. También se cuida el nombre de un lugar: la casa donde se habla con calma, la iglesia donde se recibe a cada uno por su nombre.
Después de tantas páginas de visiones, de destierro, de juicio y de medidas, la última palabra del profeta no es una cifra, sino una presencia, y esa presencia no se mide con cañas. Y quienes seguimos a Jesús leemos este nombre con alegría: en Cristo, Dios vino a estar entre nosotros, en persona, y prometió quedarse con los suyos.
Para vivirlo hoy
Toma un papel y escribe los nombres de cinco personas que forman parte de tus días: de tu casa, de tu trabajo o de tu iglesia. Luego, en menos de diez minutos, di cada nombre ante Dios y agradécele por esa persona, una por una. Es tu propia lista de puertas, con nombre y rostro.
Para meditar
- ¿Qué cambia en tu manera de mirar tu casa o tu trabajo si lo que más importa de un lugar es que Dios esté allí?
- ¿Qué te dice que cada tribu tenga su propia puerta, con su propio nombre?
- ¿A qué lugar de tu día podrías invitar hoy a Dios de manera más consciente?
Oración
Jesús, la ciudad de Ezequiel termina con un nombre: Jehová está allí, y en ti ese nombre tiene rostro. Gracias porque entras por nuestras puertas y te quedas. Gracias por los nombres que has puesto a mi lado, uno por uno. Enséñame a dejarte entrar por la puerta principal de mis días y a recibir a otros con tu misma acogida. Quédate conmigo hoy, como prometiste a los tuyos. Amén.