Valor y perseverancia
Una casa que parece nada, y Dios con los que la levantan
Lectura · Hageo 2:1-16
1EN el mes séptimo, á los veinte y uno del mes, fué palabra de Jehová por mano del profeta Haggeo, diciendo:
2Habla ahora á Zorobabel hijo de Sealtiel, gobernador de Judá, y á Josué hijo de Josadac, gran sacerdote, y al resto del pueblo, diciendo:
3¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su primera gloria, y cual ahora la veis? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos?
4Pues ahora, Zorobabel, esfuérzate, dice Jehová; esfuérzate también Josué, hijo de Josadac, gran sacerdote; y cobra ánimo, pueblo todo de la tierra, dice Jehová, y obrad: porque yo soy con vosotros, dice Jehová de los ejércitos.
5Según el pacto que concerté con vosotros á vuestra salida de Egipto, así mi espíritu estará en medio de vosotros: no temáis.
6Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí á poco aun haré yo temblar los cielos y la tierra, y la mar y la seca:
7Y haré temblar á todas las gentes, y vendrá el Deseado de todas las gentes; y henchiré esta casa de gloria, ha dicho Jehová de los ejércitos.
8Mía es la plata, y mío el oro, dice Jehová de los ejércitos.
9La gloria de aquesta casa postrera será mayor que la de la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos.
10A veinticuatro del noveno mes, en el segundo año de Darío, fué palabra de Jehová por mano del profeta Haggeo, diciendo:
11Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Pregunta ahora á los sacerdotes acerca de la ley, diciendo:
12Si llevare alguno las carnes sagradas en la falda de su ropa, y con el vuelo de ella tocare el pan, ó la vianda, ó el vino, ó el aceite, ú otra cualquier comida, ¿será santificado? Y respondieron los sacerdotes, y dijeron: No.
13Y dijo Haggeo: Si un inmundo á causa de cuerpo muerto tocare alguna cosa de éstas, ¿será inmunda? Y respondieron los sacerdotes, y dijeron: Inmunda será.
14Y respondió Haggeo y dijo: Así es este pueblo, y esta gente, delante de mí, dice Jehová; y asimismo toda obra de sus manos; y todo lo que aquí ofrecen es inmundo.
15Ahora pues, poned vuestro corazón desde este día en adelante, antes que pusiesen piedra sobre piedra en el templo de Jehová,
16Antes que fuesen estas cosas, venían al montón de veinte hanegas, y había diez; venían al lagar para sacar cincuenta cántaros del lagar, y había veinte.
Dios no discute la comparación. En el versículo tres pregunta quién queda de los que vieron esta casa en su primera gloria, y admite lo que todos ven: junto a la anterior, la nueva parece «como nada delante de vuestros ojos». Se lo dice a Zorobabel, a Josué, el gran sacerdote, y al resto del pueblo. Nadie recibe la orden de mirar mejor. Antes de animarlos, Dios pone en palabras lo que ellos ven, y eso ya es tomarlos en serio.
Solo entonces llega el ánimo, y llega tres veces: esfuérzate, Zorobabel; esfuérzate, Josué; cobra ánimo, pueblo todo de la tierra. Con una orden corta, obrad, y una razón: «porque yo soy con vosotros». Para sostener una obra pequeña, Dios mira atrás, al pacto que hizo con ellos cuando salieron de Egipto, y dice que su espíritu estará en medio de ellos. Por eso puede decir: «no temáis».
Después habla de algo mucho más grande que un edificio: hará temblar los cielos, la tierra, la mar y la tierra seca, y a todas las gentes, y vendrá «el Deseado de todas las gentes». Llenará esta casa de gloria. Y en medio, casi de pasada: «Mía es la plata, y mío el oro». Quien construye con poco oye que la plata y el oro son de Dios. La paz que promete en aquel lugar es para aquella casa; el pasaje no la reparte a cada obra que emprendamos.
Más adelante, a los veinticuatro del noveno mes, llega una palabra dura. Dios manda preguntar a los sacerdotes sobre la ley: la carne sagrada llevada en la ropa no santifica el pan que toca, dicen; quien se hizo impuro por un cuerpo muerto vuelve impuro lo que toca, dicen. Y Dios dice que así es este pueblo y que todo lo que ofrecen es impuro. No hay que suavizarlo. Una lectura prudente: levantar la casa no vuelve santo, por sí solo, al que la levanta; falta poner el corazón.
«Poned vuestro corazón», dice el versículo quince, y les pide mirar cómo eran las cosas antes de poner piedra sobre piedra: esperaban veinte medidas de grano y encontraban diez. Nos pasa algo parecido. Alguien retoma unos estudios, otro empieza a ahorrar con lo poco que sobra, y llega la comparación: junto a lo que soñaba, esto es como nada. Dios no discute esa comparación; dice esfuérzate y pone su compañía.
El pasaje mira más lejos que aquella casa. Quien lee con fe en Cristo puede oír, en ese Deseado que viene, una mirada hacia Jesús, al que todos los pueblos necesitan aunque no lo sepan; es una manera de leerlo, no algo que el texto explique. Lo que sí dice es que Dios estaba con ellos. Es como la luz encendida en una casa modesta: no la hace más grande, pero la hace habitada.
Para vivirlo hoy
Elige una tarea pequeña que has dejado sin empezar porque parece poca cosa comparada con lo que quisieras hacer: ordenar un cajón, escribir un mensaje, leer una página. Pon un reloj de diez minutos y empieza ahora. Cuando suene, agradece a Dios en una frase por acompañarte en lo modesto.
Para meditar
- ¿Qué obra pequeña en tu vida te parece como nada al compararla con lo que soñabas, y qué cambiaría si la miraras con Dios a tu lado?
- Dios les dice esfuérzate tres veces, a cada uno por su nombre. ¿Qué ánimo concreto necesitas escuchar hoy?
- El pasaje habla de poner el corazón, no solo las manos. ¿Qué haces por costumbre que hoy podrías hacer con el corazón puesto?
Oración
Señor Jesús, tú que estás con nosotros como Dios estaba con aquel pueblo, gracias porque no desprecias la obra pequeña ni el desánimo de quien la mira y la compara. Enséñame a hacer lo poco que hoy me toca sin despreciarlo. Aparta de mis manos lo que ofrezco a medias y dame un corazón que se ponga entero en lo que hace. Sé mi compañía en lo modesto, y que tu paz llene lo que emprendo. Amén.