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Promesas de Dios

Una carta escrita para quienes ya conocen la verdad

Lectura · 1 Juan 2:19-29

19Salieron de nosotros, mas no eran de nosotros; porque si fueran de nosotros, hubieran cierto permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que todos no son de nosotros.

20Mas vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas.

21No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino como á los que la conocéis, y que ninguna mentira es de la verdad.

22¿Quién es mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este tal es anticristo, que niega al Padre y al Hijo.

23Cualquiera que niega al Hijo, este tal tampoco tiene al Padre. Cualquiera que confiese al Hijo tiene también al Padre.

24Pues lo que habéis oído desde el principio, sea permaneciente en vosotros. Si lo que habéis oído desde el principio fuere permaneciente en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre.

25Y esta es la promesa, la cual él nos prometió, la vida eterna.

26Os he escrito esto sobre los que os engañan.

27Pero la unción que vosotros habéis recibido de él, mora en vosotros, y no tenéis necesidad que ninguno os enseñe; mas como la unción misma os enseña de todas cosas, y es verdadera, y no es mentira, así como os ha enseñado, perseveraréis en él.

28Y ahora, hijitos, perseverad en él; para que cuando apareciere, tengamos confianza, y no seamos confundidos de él en su venida.

29Si sabéis que él es justo, sabed también que cualquiera que hace justicia, es nacido de él.

1 Juan 2:19-29

Juan aclara algo que sorprende en una carta de advertencias: no escribe porque sus lectores ignoren la verdad. Lo dice así: «No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino como á los que la conocéis». Antes de corregir a nadie, les reconoce lo que ya tienen. Después explica para qué escribe: para hablarles de quienes intentan engañarlos, y para recordarles que ninguna mentira nace de la verdad.

El fondo de la carta es delicado: algunos han dejado la comunidad. «Salieron de nosotros, mas no eran de nosotros», dice Juan. El texto no cuenta por qué se fueron ni les pone nombre. Solo ofrece su lectura: quien de verdad pertenece se queda, y esa salida dejó a la vista quién era quién. Pero la palabra va dirigida a los que se quedaron: ellos tienen «la unción del Santo», algo que se suele entender como el Espíritu de Dios.

Luego Juan nombra lo que separa. Quien niega que Jesús es el Cristo, dice, miente, y así niega también al Padre y al Hijo; para esto usa una palabra muy fuerte, anticristo, que nombra al que se opone a Cristo. En cambio: «Cualquiera que confiese al Hijo tiene también al Padre». Padre e Hijo van juntos. A los suyos les pide algo sencillo: que lo que oyeron desde el principio permanezca en ellos, y así ellos permanecerán en el Hijo y en el Padre.

En medio de la advertencia aparece una frase que es puro regalo: «Y esta es la promesa, la cual él nos prometió, la vida eterna». Lo que Dios ofrece no es una idea, sino vida, y una que no termina. Permanecer, entonces, no suena a esfuerzo por ganarla, sino a quedarse cerca de quien la prometió. Juan añade que lo recibido de Dios vive en ellos y los enseña, de modo que no están solos ante quienes los engañan.

Hoy las voces que quieren desviarnos casi nunca vienen con mala cara. Suenan razonables: una idea nueva sobre quién es Jesús en medio de una conversación, una frase que circula en las redes, una duda que se instala un martes por la tarde y se queda. Juan no propone correr tras cada novedad, sino volver a lo que se oyó desde el principio. Y da una razón que consuela más que asusta: para que, cuando él aparezca, «tengamos confianza» y no vergüenza.

Al final Juan los llama hijitos y repite su petición: «perseverad en él». Añade una señal sencilla: si él es justo, quien hace lo justo ha nacido de él. Una vida que se parece a la de Jesús, en lo pequeño de cada día, es la marca más clara de que uno le pertenece. En medio de tantas voces, una sola pregunta breve: ¿qué es lo primero que oíste de Jesús y todavía te sostiene?

Para vivirlo hoy

¿A quién de tu familia, tu trabajo o tu iglesia le vendría bien hoy una palabra amable? Esta semana llámala o escríbele para preguntarle cómo está y escúchala sin apuro. Si surge de forma natural, cuéntale en una sola frase qué es lo que más te sostiene de Jesús.

Para meditar

  • ¿Qué voces de tu entorno suenan razonables pero te alejan de lo que oíste desde el principio acerca de Jesús?
  • Si permanecer es quedarse cerca de quien prometió la vida eterna, ¿qué hábito concreto te mantiene cerca de él?
  • ¿A quién le vendría bien hoy un gesto de compañía, y qué podrías decirle sin discursos ni presiones?

Oración

Cuesta permanecer cuando tantas voces suenan convincentes, y cuesta más hacer lo justo cuando nadie mira. Te lo confieso sin adornos. Jesús, Hijo de Dios, tú me llevas al Padre; gracias por prometer la vida eterna. Que lo que oí desde el principio siga vivo en mí, que tu Espíritu me sostenga cuando dude, y que el día en que aparezcas pueda mirarte con confianza. Amén.

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