Gracia y perdón
Un final breve con paz, amor, fe y gracia
Lectura · Efesios 6:23-24
23Paz sea á los hermanos y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo.
24Gracia sea con todos los que aman á nuestro Señor Jesucristo en sinceridad. Amén.
Hay una tensión curiosa en el final de esta carta. Es muy breve, apenas dos versículos, y sin embargo lo que pone en manos de los lectores es enorme: paz, amor con fe, gracia. No hay órdenes ni encargos en estas líneas, solo deseos. Lo último que se dice no es una lista de tareas, sino una bendición: «Paz sea á los hermanos y amor con fe». Cabe mucho en tan pocas palabras.
Mira cómo está armada la frase. La paz y el amor con fe se piden para los hermanos, es decir, para quienes ya pertenecen a la familia de la fe. Y no se piden como algo que ellos tengan que fabricar: vienen «de Dios Padre y del Señor Jesucristo». Es un regalo con dos manos, la del Padre y la del Hijo. Lo que se desea no se conquista; se recibe.
La fe, aquí, va de la mano del amor. Fe es confianza, la misma con la que uno se apoya en un amigo, en un médico o en alguien de quien depende. Pero la confianza que este texto tiene en mente mira a una persona: el Señor Jesucristo. No es una idea que se aprueba, sino alguien en quien se descansa. La paz se pide junto con ese amor y esa confianza.
Ahora fíjate en un cambio de tamaño. Los primeros deseos van para «los hermanos»; el último se extiende a «todos los que aman á nuestro Señor Jesucristo en sinceridad». El círculo se abre, y el texto describe a quienes reciben la gracia con un verbo muy sencillo: aman. La palabra sinceridad marca el tono: lo que se busca es un amor que no actúa un papel, sino que es de verdad, aunque sea pequeño.
Hoy solemos despedirnos con un cuídate apurado o con un emoji en el chat. Lo que deseamos a quienes más queremos dice mucho de lo que valoramos. Un buen deseo es que a alguien le vaya bien en el trabajo, que no le falte nada, que llegue con bien a casa. Todo eso es bueno. Este cierre nos invita a sumar algo más hondo: que esa persona tenga paz, que ame y que confíe en Cristo. Podemos practicarlo en cosas pequeñas, al despedirnos o al orar por alguien.
Todo termina con un Amén, que quiere decir así sea. La carta no se despide con una exigencia más, sino con la puerta de la gracia abierta de par en par. Cada día que empieza puede leerse desde ahí, como una respuesta a este deseo: «Gracia sea con todos los que aman á nuestro Señor Jesucristo en sinceridad».
Para vivirlo hoy
Esta semana, antes de dormir, agradece a Dios por una sola cosa concreta del día que te haya dado paz: una conversación tranquila, un rato de silencio, un plato en la mesa. Que sea una sola, con nombre y detalle, distinta cada noche. Con el tiempo, esa pequeña lista te irá mostrando de dónde ha venido la paz que ya recibes.
Para meditar
- ¿Qué es lo primero que deseas para las personas que más quieres cuando te despides de ellas?
- ¿Qué diferencia hay entre saber cosas de Jesús y confiar en él como en una persona?
- ¿Cómo se ve en tu semana amar a Jesús con sinceridad, sin actuar un papel?
Oración
Señor Jesús, la paz y el amor con fe vienen de ti y del Padre, no de mi esfuerzo, y te doy gracias por eso. Gracias porque tu gracia alcanza a todos los que te aman, aunque nuestro amor sea pequeño y a medias. Dame una confianza en ti como en una persona viva y cercana. Enséñame a desear para los que quiero lo mismo que tú nos deseas: paz, amor y fe. Que mi amor por ti sea sincero. Amén.