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Obediencia

Un altar, una fecha y una fiesta a su medida

Lectura · 1 Reyes 12:33

33Sacrificó pues sobre el altar que él había hecho en Beth-el, á los quince del mes octavo, el mes que él había inventado de su corazón; é hizo fiesta á los hijos de Israel, y subió al altar para quemar perfumes.

1 Reyes 12:33

En una familia, la reunión grande de fin de año siempre fue el primer domingo de diciembre. Un año alguien decide correrla una semana porque le acomoda mejor, y nadie protesta. La comida sale rica y todos se ríen. Aun así, ya no es la misma reunión: es la que una persona dispuso. No hay maldad en eso; hay un deseo muy humano de tenerlo todo bajo control. Pero cuando cada decisión sale solo de nuestra cabeza, es fácil que quede poco espacio para preguntar.

El versículo de hoy es corto y muy preciso. Dice que Jeroboam sacrificó sobre «el altar que él había hecho en Beth-el». Mira de quién es el altar. Después da la fecha, «á los quince del mes octavo», y enseguida aclara de dónde salió ese mes: «el mes que él había inventado de su corazón», lo que quiere decir que lo sacó de su propia cabeza. Luego viene lo que parece una celebración bien puesta: «é hizo fiesta á los hijos de Israel», y él «subió al altar para quemar perfumes», o sea, a ofrecer incienso.

El capítulo que rodea este versículo cuenta lo que hay detrás. Jeroboam había puesto en Betel un becerro de oro, y el relato lo llama pecado. Además, esa fiesta ya se celebraba en Judá, en Jerusalén, el lugar donde Dios había señalado que su pueblo lo adorara. Jeroboam la copió en su propio altar y la corrió un mes. Todo tiene forma de culto, con altar, fiesta e incienso, pero es un culto armado por él. Una manera de leerlo: quien tiene algo que cuidar suele preferir lo que controla a lo que debe recibir.

Este versículo no nombra a Dios ni una sola vez. Todo el peso cae sobre un hombre: el altar lo hizo él, el mes lo inventó él, la fiesta la hizo él. Lo que el versículo calla se nota por contraste. Creemos que el Dios de Israel no es una pieza que se acomoda a nuestro calendario ni a nuestro altar. Él habla primero, señala el modo de acercarse y se deja encontrar por el camino que él mismo abrió. No se muda porque alguien decida inventarle otra dirección.

Casi nadie levanta un altar de piedra en el patio, pero es natural que la vida de fe se vaya armando a nuestra medida. Con una agenda repleta o un futuro incierto, tiene sentido buscar el arreglo que menos incomode. Tener orden no es pecado. Lo que este pasaje deja abierto es una pregunta sencilla: cuando ya sabemos lo que Dios ha dicho, ¿buscamos una versión más cómoda o le dejamos espacio a su palabra? Asegurarnos por cuenta propia tienta, y Dios conoce lo que cuesta confiar.

Hay alivio en esto. No hace falta inventar la manera de llegar a Dios, ni fabricar por cuenta propia la seguridad que buscamos, ni cargar con ese trabajo cada semana. Jeroboam subió a un altar hecho por sus manos; a nosotros se nos invita a acercarnos por Cristo, que abrió con su propia vida la entrada que ninguno de nosotros habría podido construir. A esa puerta se llega tal como uno está, sin fecha nueva que inventar.

Para vivirlo hoy

Elige una decisión que tengas pendiente esta semana. Antes de resolverla, aparta tres minutos y pregúntale a Dios, en voz baja, qué ha dicho ya sobre eso. Después anota una sola línea con lo que te vino a la mente, aunque sea poco. No hace falta más: basta con haber preguntado primero.

Para meditar

  • ¿Hay algo que ya sabes que Dios ha dicho y para lo que has buscado un arreglo más cómodo, y cómo sería mirarlo hoy con calma?
  • ¿Qué cosa que te costó conseguir te cuesta dejar en las manos de Dios, y qué necesitarías para soltarla?
  • ¿Cómo cambia tu manera de orar saber que Cristo ya abrió el camino y que no hay que inventarlo?

Oración

Tú hablas primero, y por eso nos atrevemos a acercarnos. No necesitas que inventemos caminos para llegar a ti: te dejas encontrar por el que abriste, y en Jesús ese camino está abierto. Gracias, porque ninguno de nosotros lo habría construido. Cuando armamos la fe a nuestra comodidad, llámanos otra vez a lo que tú has dicho. Queremos preguntarte antes de decidir, descansar en tu palabra y soltar con confianza lo que levantamos para sentir seguridad. Amén.

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