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Santidad y pureza

Revestidos de Cristo: lo que se deja y lo que se pone

Lectura · Colosenses 3:1-22

1SI habéis pues resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado á la diestra de Dios.

2Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.

3Porque muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.

4Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.

5Amortiguad, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, molicie, mala concupiscencia, y avaricia, que es idolatría:

6Por las cuales cosas la ira de Dios viene sobre los hijos de rebelión.

7En las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo viviendo en ellas.

8Mas ahora, dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, torpes palabras de vuestra boca.

9No mintáis los unos á los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos,

10Y revestídoos del nuevo, el cual por el conocimiento es renovado conforme á la imagen del que lo crió;

11Donde no hay Griego ni Judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni Scytha, siervo ni libre; mas Cristo es el todo, y en todos.

12Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia;

13Sufriéndoos los unos á los otros, y perdonándoos los unos á los otros si alguno tuviere queja del otro: de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.

14Y sobre todas estas cosas vestíos de caridad, la cual es el vínculo de la perfección.

15Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, á la cual asimismo sois llamados en un cuerpo; y sed agradecidos.

16La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia en toda sabiduría, enseñándoos y exhortándoos los unos á los otros con salmos é himnos y canciones espirituales, con gracia cantando en vuestros corazones al Señor.

17Y todo lo que hacéis, sea de palabra, ó de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias á Dios Padre por él.

18Casadas, estad sujetas á vuestros maridos, como conviene en el Señor.

19Maridos, amad á vuestras mujeres, y no seáis desapacibles con ellas.

20Hijos, obedeced á vuestros padres en todo; porque esto agrada al Señor.

21Padres, no irritéis á vuestros hijos, porque no se hagan de poco ánimo.

22Siervos, obedeced en todo á vuestros amos carnales, no sirviendo al ojo, como los que agradan á los hombres, sino con sencillez de corazón, temiendo á Dios:

Colosenses 3:1-22

«Si habéis pues resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba». Así empieza el capítulo, y la frase cambia cómo se mira todo lo demás: si ya resucitaste con Cristo, pon la mirada en lo que es de Dios. Pablo no pide hacer algo para alcanzar a Cristo; parte de un hecho: su vida «está escondida con Cristo en Dios». Desde ahí vienen las indicaciones de cada día: qué dejar, qué ponerse y cómo tratar a los de la casa.

Primero, lo que hay que dejar, y el texto no lo esconde: la fornicación, la impureza, los malos deseos y la avaricia, que llama idolatría. Añade que por esas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de rebelión. Es una frase seria: al Dios de estas páginas el mal no le es indiferente. Pero los lectores anduvieron en eso antes, y ahora se les dice «dejad también vosotros todas estas cosas»: la ira, el enojo, la maledicencia, que es hablar mal de otros, las palabras groseras y la mentira.

Luego, lo que hay que ponerse, como quien cambia de ropa: «Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia». Eso quiere decir compasión, bondad, humildad, mansedumbre y aguante. Perdonarse unos a otros como Cristo perdonó, y sobre todo el amor, que aquí llaman caridad y es el lazo que lo completa. Antes de decir qué ponerse, el texto dice quiénes son: escogidos, santos y amados. La ropa nueva se pone sobre un cariño que ya existe.

Esa vida nueva entra por la puerta de la casa. Las esposas, dice el texto, han de estar sujetas a sus maridos en el Señor; los maridos, amar y no ser ásperos; los hijos, obedecer; los padres, no irritar a sus hijos «porque no se hagan de poco ánimo»; los siervos, servir con sencillez de corazón y no solo cuando alguien mira. Son palabras dichas en un mundo con esclavitud, y no conviene leerlas de prisa: el mismo capítulo dice que en esa vida nueva no hay siervo ni libre, sino que Cristo es el todo y está en todos.

En la casa, en el trabajo, en el chat de la familia se decide cuánto de esto es cierto. La mansedumbre no se nota en los discursos, sino en cómo respondemos cuando alguien nos falla o nos cae mal. Y no hay que inventar fuerzas: Cristo perdonó primero, y es su vida la que se despliega en cada gesto. Por eso el capítulo lo resume en una frase: «Y todo lo que hacéis, sea de palabra, ó de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias á Dios Padre por él».

Para vivirlo hoy

Trae a la memoria a alguien concreto de tu casa, de tu trabajo o de tu iglesia con quien haya una queja pendiente, grande o pequeña. Esta semana ofrécele un primer gesto de mansedumbre: una conversación breve que empiece reconociendo algo bueno de esa persona. No hace falta resolverlo todo; basta con dar el primer paso con calma.

Para meditar

  • ¿Cuál de estas actitudes, compasión, bondad, humildad, mansedumbre o aguante, te haría más falta hoy en tu casa?
  • ¿Qué cambia en tu manera de perdonar recordar que Cristo perdonó primero?
  • ¿Cómo sería hacer una tarea cualquiera de hoy en el nombre del Señor Jesús y dando gracias?

Oración

La verdad es que revestirme de misericordia y de mansedumbre me queda grande cuando alguien me hiere o me contradice, y muchas veces prefiero tener la razón antes que la paz. También me pesa tratar con paciencia a los de mi propia casa, que son quienes más ven mis malos días. Perdóname. Tú me perdonaste primero, y desde ahí quiero empezar. Que tu paz gobierne mi corazón, que tu palabra habite en mí, y que en todo lo que haga o diga hoy se note tu nombre. Amén.

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