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Salvación y redención

Pasó de largo: la noche en que Jehová libró las casas

Lectura · Éxodo 12:17-31

17Y guardaréis la fiesta de los ázimos, porque en aqueste mismo día saqué vuestros ejércitos de la tierra de Egipto: por tanto guardaréis este día en vuestras generaciones por costumbre perpetua.

18En el mes primero, el día catorce del mes por la tarde, comeréis los panes sin levadura, hasta el veintiuno del mes por la tarde.

19Por siete días no se hallará levadura en vuestras casas, porque cualquiera que comiere leudado, así extranjero como natural del país, aquella alma será cortada de la congregación de Israel.

20Ninguna cosa leudada comeréis; en todas vuestras habitaciones comeréis panes sin levadura.

21Y Moisés convocó á todos los ancianos de Israel, y díjoles: Sacad, y tomaos corderos por vuestras familias, y sacrificad la pascua.

22Y tomad un manojo de hisopo, y mojadle en la sangre que estará en una jofaina, y untad el dintel y los dos postes con la sangre que estará en la jofaina; y ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana.

23Porque Jehová pasará hiriendo á los Egipcios; y como verá la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir.

24Y guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre.

25Y será, cuando habréis entrado en la tierra que Jehová os dará, como tiene hablado, que guardaréis este rito.

26Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué rito es este vuestro?

27Vosotros responderéis: Es la víctima de la Pascua de Jehová, el cual pasó las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió á los Egipcios, y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró.

28Y los hijos de Israel se fueron, é hicieron puntualmente así; como Jehová había mandado á Moisés y á Aarón.

29Y aconteció que á la medianoche Jehová hirió á todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono, hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito de los animales.

30Y levantóse aquella noche Faraón, él y todos sus siervos, y todos los Egipcios; y había un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiese muerto.

31E hizo llamar á Moisés y á Aarón de noche, y díjoles: Salid de en medio de mi pueblo vosotros, y los hijos de Israel; é id, servid á Jehová, como habéis dicho.

Éxodo 12:17-31

Una palabra pequeña sostiene este pasaje: pasó. Cuando los hijos preguntaran por el rito, los padres debían responder que era la Pascua de Jehová, «el cual pasó las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió á los Egipcios, y libró nuestras casas». Aquí pasar no es distraerse ni olvidar. Es que Jehová llegó hasta la puerta, vio la sangre y siguió de largo, sin entrar. La fiesta lleva esa historia dentro.

Antes de aquella noche, Moisés reúne a los ancianos con instrucciones claras: tomar corderos por familias y sacrificar la pascua. Con un manojo de hisopo había que untar de sangre el dintel, la parte alta de la puerta, y los dos postes a los lados. Nadie saldría de casa hasta la mañana. Habría además siete días sin levadura, y el texto es serio: «aquella alma será cortada de la congregación de Israel», es decir, quedaría separada del pueblo. El pasaje no detalla más.

El pueblo obedeció: «hicieron puntualmente así», es decir, exactamente como se les mandó. Y a la medianoche llegó lo más duro de la salida de Egipto. Jehová hirió a todo primogénito, desde el de Faraón en su trono hasta el del cautivo en la cárcel, y también a los de los animales. El texto no lo suaviza: «había un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiese muerto». Aquella noche hubo dolor en cada casa egipcia. La Biblia lo presenta como juicio sobre un rey y un país que retenían a su pueblo.

Entonces Faraón manda llamar de noche a Moisés y a Aarón, y les dice que salgan, ellos y los hijos de Israel, y que sirvan a Jehová como habían dicho. El rey que no quería soltarlos ahora los despide. Y fíjate en qué se apoyaba la seguridad de las casas hebreas: no en su fuerza, sino en la palabra de Jehová y en la sangre en la puerta, porque «como verá la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta».

Dios no solo salva; pide que se cuente. «¿Qué rito es este vuestro?», preguntarían los hijos, y había una respuesta lista. Al oír estas instrucciones, «el pueblo se inclinó y adoró»: primero la adoración, y luego la costumbre de contar. En cada casa hay costumbres que alguien empezó por una razón: la mesa del domingo, una oración antes de comer. Para quienes creemos en Jesús, el Cordero de Dios, esa noche anuncia otra liberación, la de nuestras vidas.

Así se muestra Dios en esta lectura: el que dijo que pasaría de largo por la puerta marcada, y pasó. El que saca a su pueblo de la esclavitud sin depender de la fuerza de nadie. El que ve, el que juzga, el que cumple lo que dice. Pero «libró nuestras casas» habla de aquella noche y de aquel pueblo; no es una garantía de que a quienes creen no les llegue ninguna pérdida. Si esta lectura toca un duelo tuyo, no lo cargues a solas: cuéntaselo a alguien de confianza.

Para vivirlo hoy

Hoy, en una comida o en una llamada breve, cuéntale a alguien de tu familia, o a una persona joven que conoces, una sola vez en que viste la mano de Dios cuidándote. Dilo en pocas palabras, como quien cuenta una historia y no como quien da una lección. No necesitas más de diez minutos.

Para meditar

  • ¿Qué costumbre de tu casa, una comida, una oración, una fecha, podría contarle a otra persona lo que Dios ha hecho por tu familia?
  • ¿Qué te enseña que la seguridad de aquellas casas no dependiera de su fuerza, sino de la palabra de Jehová y de la sangre en la puerta?
  • ¿Cómo puedes acercarte con respeto a una página tan dura como la medianoche de Egipto, sin apartarla ni usarla contra nadie?

Oración

Gracias porque viste la sangre en la puerta y pasaste de largo por las casas de tu pueblo. Gracias por las familias que hicieron exactamente lo que mandaste y por la pregunta de los hijos, que mantuvo viva la historia. Me detengo con respeto ante la gravedad de aquella noche, ante el clamor de Egipto y ante tu juicio. Enséñame a contar lo que has hecho por mí, en mi casa y con palabras sencillas, y a inclinarme como aquel pueblo. En el nombre de Jesús, el Cordero. Amén.

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