Sabiduría
Lo que entra suave y termina mordiendo
Lectura · Proverbios 23:30-35
30Para los que se detienen mucho en el vino, para los que van buscando la mistura.
31No mires al vino cuando rojea, cuando resplandece su color en el vaso: éntrase suavemente;
32Mas al fin como serpiente morderá, y como basilisco dará dolor:
33Tus ojos mirarán las extrañas, y tu corazón hablará perversidades.
34Y serás como el que yace en medio de la mar, ó como el que está en la punta de un mastelero.
35Y dirás: Hiriéronme, mas no me dolió; azotáronme, mas no lo sentí; cuando despertare, aun lo tornaré á buscar.
Un buen amigo avisa antes de que algo duela. Estos versículos suenan así: no esperan a que llegues al golpe, sino que dibujan el camino entero, desde el primer brillo hasta el último tropiezo. Quien lee con fe oye en ese aviso el cuidado de Dios, que prefiere hablar a tiempo antes que dejarnos aprender a golpes. Una advertencia tan detallada no es un castigo anticipado. Es una mano puesta con firmeza sobre el hombro, antes del borde.
El pasaje empieza nombrando a quienes se detienen mucho en el vino y van «buscando la mistura», que hoy diríamos una bebida preparada y mezclada. Enseguida llega el aviso: «No mires al vino cuando rojea, cuando resplandece su color en el vaso: éntrase suavemente». Rojear es tomar color rojo, y entrarse suavemente quiere decir que baja sin resistencia, sin dar señal alguna. Fíjate en que la advertencia empieza por los ojos: lo peligroso entra primero por lo que brilla.
Entonces el texto da un giro: «Mas al fin como serpiente morderá, y como basilisco dará dolor». Basilisco nombra otra criatura de picadura temible. Lo que importa es la expresión al fin: el pasaje nos pide mirar el final del camino desde el principio, cuando todavía cuesta imaginarlo. Nadie acepta una mordedura a propósito; se acepta un sabor agradable, y la mordedura llega detrás.
Después describe cómo queda quien se dejó llevar: «Tus ojos mirarán las extrañas, y tu corazón hablará perversidades». Hoy «las extrañas» suena a cosas raras, pero la palabra suele entenderse como mujeres ajenas: la mirada se va tras lo que no le pertenece. También cabe leerla como cosas extrañas, las que se ven cuando todo da vueltas. Y el corazón dice cosas torcidas. Luego: «serás como el que yace en medio de la mar, ó como el que está en la punta de un mastelero». El mastelero es la parte alta del palo de un barco: la imagen de alguien sin suelo firme, que se balancea. Es una escena dura, y el texto no la suaviza.
El último versículo es el más triste: «Hiriéronme, mas no me dolió; azotáronme, mas no lo sentí; cuando despertare, aun lo tornaré á buscar». Hoy diríamos: me golpearon y no lo sentí; cuando despierte, volveré a buscarlo. El pasaje habla del vino, pero cualquier cosa que entra suave y muerde al final puede repetir este ciclo: el trago, la apuesta, la pantalla que no se apaga.
Si esto se parece a tu vida, no lo guardes en silencio: habla con alguien de confianza y busca también ayuda profesional, sea un médico o un programa de tratamiento. Si llevas tiempo bebiendo mucho, conviene dejarlo con acompañamiento médico. Cristo vino a buscar a quienes no logran soltarse por sí mismos, y por eso esta advertencia puede oírse sin vergüenza. Piensa en la valla que se pone al borde de un barranco: no estorba a quien camina, lo cuida. Esta palabra es esa valla, levantada con cariño junto al camino.
Para vivirlo hoy
Elige una costumbre a la que recurres para desconectarte del día y ponle hoy un poco de distancia: sácala de la vista o no la tengas a mano. El pasaje dice «No mires al vino»: alejarse es también una forma de cuidarse. Si esa costumbre es el alcohol, habla esta semana con alguien de confianza.
Para meditar
- ¿Qué cosa brilla hoy ante ti y entra suavemente, pero deja cansancio o dolor cuando termina?
- ¿Qué te ayuda a mirar el final de un camino antes de dar el primer paso en él?
- ¿Cómo puedes poner hoy una valla amable junto a un borde que ya conoces?
Oración
A veces prefiero lo que brilla ahora a lo que de verdad me conviene, y tú lo sabes. Hay cosas que busco para aliviar el día y que después muerden. Enséñame a mirar el final antes de dar el primer paso, y a tener cerca a personas que me digan la verdad con cariño. Cuando vuelva a buscar lo que hiere, recuérdame que tu mano sigue abierta. Guárdame de caer y, si caigo, levántame. En el nombre de Jesús. Amén.