Saltar al contenido

Gracia y perdón

Lo que ellos pensaron para mal y lo que Dios hizo con eso

Lectura · Génesis 50:18-26

18Y vinieron también sus hermanos, y postráronse delante de él, y dijeron: Henos aquí por tus siervos.

19Y respondióles José: No temáis: ¿estoy yo en lugar de Dios?

20Vosotros pensasteis mal sobre mí, mas Dios lo encaminó á bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida á mucho pueblo.

21Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré á vosotros y á vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.

22Y estuvo José en Egipto, él y la casa de su padre: y vivió José ciento diez años.

23Y vió José los hijos de Ephraim hasta la tercera generación: también los hijos de Machîr, hijo de Manasés, fueron criados sobre las rodillas de José.

24Y José dijo á sus hermanos: Yo me muero; mas Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de aquesta tierra á la tierra que juró á Abraham, á Isaac, y á Jacob.

25Y conjuró José á los hijos de Israel, diciendo: Dios ciertamente os visitará, y haréis llevar de aquí mis huesos.

26Y murió José de edad de ciento diez años; y embalsamáronlo, y fué puesto en un ataúd en Egipto.

Génesis 50:18-26

Hay dos maneras de leer un mismo dolor, y este pasaje las pone frente a frente en una sola frase: «Vosotros pensasteis mal sobre mí, mas Dios lo encaminó á bien». De un lado, lo que ellos pensaron; del otro, lo que Dios hizo con eso, que fue mantener en vida a mucho pueblo. Encaminar es llevar por un camino hasta un buen fin. José no dice que lo malo fuera bueno; dice que no tuvo la última palabra.

La escena nace de un temor. Al morir su padre, los hermanos pensaron que José quizá les devolvería el mal, y le mandaron pedir perdón. Ahora se postran delante de él y dicen: «Henos aquí por tus siervos», que hoy diríamos aquí estamos, somos tus siervos. Ellos mismos se ponen por debajo. Pero José no ocupa ese lugar. Les responde con dos frases: no teman, y una pregunta que apunta al cielo: «¿estoy yo en lugar de Dios?». Él no toma el sitio que solo Dios tiene.

Y añade: «yo os sustentaré á vosotros y á vuestros hijos». Sustentar es dar de comer y cuidar. El texto dice que los consoló y que «les habló al corazón», es decir, con palabras que llegan adentro. Aquí se ve algo de Dios: José habla desde lo que cree, que Dios llevó su historia por un camino que nadie planeó. Quien lo ve así puede perdonar sin fingir que nada pasó. Perdonar tampoco obliga a ponerse otra vez al alcance de quien hizo daño: se puede soltar el rencor y a la vez cuidarse.

José vive en Egipto, con la casa de su padre, ciento diez años. Llega a ver a los hijos de Efraín hasta la tercera generación, y los hijos de Maquir, hijo de Manasés, «fueron criados sobre las rodillas de José», es decir, crecieron sobre sus rodillas. Al final dice a sus hermanos: «Yo me muero; mas Dios ciertamente os visitará». Visitar aquí es venir a cuidar y a cumplir lo que juró a Abraham, a Isaac y a Jacob. Y les hace jurar que llevarán de allí sus huesos.

Génesis termina con una imagen dura: José murió, lo embalsamaron y quedó en un ataúd en Egipto, no en la tierra prometida. Es el último contraste: un hombre poderoso y un ataúd que espera. Su fe es de palabra dada, no de resultados a la vista. Hoy también hay quien espera lo que tarda, o carga una herida hecha por los suyos. Si es honda, no la lleves a solas: cuéntasela a tu pastor o a alguien de confianza, y si piensas en hacerte daño, busca ayuda profesional de inmediato.

Creemos que en Jesús este contraste llega a su punto más alto: lo que unos hicieron contra él en la cruz, Dios lo llevó a bien para dar vida a muchos. Por eso, cuando alguien nos ha herido y cuesta soltarlo, no miramos solo el ejemplo de José. Miramos a Aquel que no vino a cobrar cuentas, sino a dar la vida por muchos.

Para vivirlo hoy

Busca hoy cinco minutos en un lugar tranquilo. Lee despacio y en voz baja esta frase: «Vosotros pensasteis mal sobre mí, mas Dios lo encaminó á bien». Luego quédate un minuto en silencio, sin buscar explicaciones, y deja que la frase te acompañe durante el resto del día.

Para meditar

  • ¿Qué te ayuda a mirar una herida antigua sin negar que fue un mal y sin dejar que tenga la última palabra?
  • Los hermanos se ofrecieron como siervos y José los consoló y prometió sustentarlos; ¿a quién podrías hablarle hoy al corazón?
  • José puso sus últimas palabras en la promesa de Dios y no en sus logros; ¿qué palabra de Dios te sostiene cuando lo que esperas tarda?

Oración

Dios que encaminas a bien lo que otros pensaron para mal, gracias porque ninguna herida queda fuera de tu cuidado. Tú visitas y cumples lo que juraste a Abraham, a Isaac y a Jacob. Si es sabio y seguro, ayúdame a hablar al corazón de quien me hirió, sin ocupar tu lugar. Consuela a quien vive con miedo a un reproche antiguo. Y cuando llegue mi hora, que mi esperanza no esté en lo que dejo, sino en tu palabra: tú me visitarás. Amén.

WhatsApp