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Creación y providencia

Ester, la corona y un aviso a tiempo

Lectura · Ester 2:14-23

14Ella venía á la tarde, y á la mañana se volvía á la casa segunda de las mujeres, al cargo de Saasgaz eunuco del rey, guarda de las concubinas: no venía más al rey, salvo si el rey la quería, y era llamada por nombre.

15Y llegado que fué el tiempo de Esther, hija de Abihail tío de Mardochêo, que él se había tomado por hija, para venir al rey, ninguna cosa procuró sino lo que dijo Hegai eunuco del rey, guarda de las mujeres: y ganaba Esther la gracia de todos los que la veían.

16Fué pues Esther llevada al rey Assuero á su casa real en el mes décimo, que es el mes de Tebeth, en el año séptimo de su reinado.

17Y el rey amó á Esther sobre todas las mujeres, y halló gracia y benevolencia delante de él más que todas las vírgenes; y puso la corona real en su cabeza, é hízola reina en lugar de Vasthi.

18Hizo luego el rey gran banquete á todos sus príncipes y siervos, el banquete de Esther; y alivió á las provincias, é hizo y dió mercedes conforme á la facultad real.

19Y cuando se juntaban las vírgenes la segunda vez, Mardochêo estaba puesto á la puerta del rey.

20Y Esther, según le tenía mandado Mardochêo, no había declarado su nación ni su pueblo; porque Esther hacía lo que decía Mardochêo, como cuando con él se educaba.

21En aquellos días, estando Mardochêo sentado á la puerta del rey, enojáronse Bigthán y Teres, dos eunucos del rey, de la guardia de la puerta, y procuraban poner mano en el rey Assuero.

22Mas entendido que fué esto por Mardochêo, él lo denunció á la reina Esther, y Esther lo dijo al rey en nombre de Mardochêo.

23Hízose entonces indagación de la cosa, y fué hallada cierta; por tanto, entrambos fueron colgados en una horca. Y escribióse el caso en el libro de las cosas de los tiempos delante del rey.

Ester 2:14-23

Cada candidata venía al rey por la tarde y, a la mañana siguiente, volvía a otra casa de mujeres, al cargo de Saasgaz, guarda de las concubinas. La regla era clara: «no venía más al rey, salvo si el rey la quería, y era llamada por nombre». El texto lo cuenta sin adornos. Que la Biblia lo cuente no significa que lo apruebe, y tampoco conviene disfrazarlo de cuento romántico.

En ese sistema aparece Ester, «hija de Abihail tío de Mardochêo, que él se había tomado por hija». Cuando llegó su turno, no buscó nada más que lo que Hegai, el guarda de las mujeres, le indicó, y «ganaba Esther la gracia de todos los que la veían». El texto no cuenta qué sentía ella, sino lo que hizo y lo que otros veían. El rey la amó, le puso la corona real y la hizo reina en lugar de Vasti.

Hubo un banquete, alivio para las provincias y regalos según la riqueza del rey. Pero el texto vuelve enseguida a Mardoqueo, sentado a la puerta del rey. Y dice de Ester que no había declarado su nación ni su pueblo, «porque Esther hacía lo que decía Mardochêo, como cuando con él se educaba». Quien ahora lleva corona sigue escuchando a quien la tomó por hija. Entre tanto cambio, hay una lealtad que no se movió de su sitio.

Un día, estando Mardoqueo a la puerta, dos eunucos de la guardia, Bigtán y Teres, se enojaron y «procuraban poner mano en el rey Assuero», es decir, buscaban atentar contra él. Mardoqueo lo supo y lo denunció a la reina, y Ester lo dijo al rey en nombre de Mardoqueo. Tras la investigación, el caso resultó cierto y los dos fueron colgados en una horca. Es un final duro, y el relato lo cuenta con la misma brevedad que todo lo demás. Para Mardoqueo no hay premio aquí, solo una línea en un libro.

El pasaje no nombra a Dios: no hay milagros visibles ni voces del cielo. Hay una casa de mujeres, una corona, un hombre en una puerta, un aviso a tiempo y un registro en un libro. Quien lee con fe cree que Dios puede ir acomodando la historia de su pueblo con hilos así de finos, aun cuando su nombre no se pronuncia. No es una regla para explicar todo lo que nos pasa, sino una manera de mirar con esperanza los días en que Dios parece callar.

Junto a las decisiones de los palacios, siempre hay personas que hacen el trabajo silencioso de estar a la puerta: quien te crió, quien te cubrió las espaldas en un mal momento, quien te avisó a tiempo de algo que te habría hecho daño. Casi nunca salen en el registro de nadie. Ester siguió escuchando a Mardoqueo aun con corona, y eso es una forma hermosa de agradecer: recordar de dónde vienes. ¿Quién ha estado a tu puerta cuidándote, sin que nadie lo anotara?

Para vivirlo hoy

Piensa en una persona concreta que te cuidó o te avisó a tiempo en algún momento difícil: un familiar, un vecino, una maestra, un jefe. Esta semana escríbele un mensaje o llámale por teléfono y dile, con nombres y detalles, qué hizo por ti y qué significó para ti. No hace falta pedirle nada.

Para meditar

  • ¿Qué te dice del cuidado de Dios que el relato avance sin nombrarlo, con una puerta, una corona y un aviso a tiempo?
  • ¿Qué parte de tu historia sostuvieron personas que nunca salieron en ningún registro?
  • ¿Qué cambia en tu forma de esperar si crees que Dios puede estar acomodando las cosas aun cuando no lo ves?

Oración

Confieso que esperar sin ver tu mano me resulta difícil, y que tiendo a creer únicamente lo que hace ruido. Este relato no te nombra, y aun así lo leo sabiendo que cuidas a tu pueblo con hilos muy finos. Gracias por quienes han estado a mi puerta cuidándome sin que nadie los anotara. Enséñame a reconocerlos y a agradecerles, a recordar de dónde vengo y a confiar en ti cuando el camino avanza despacio. Amén.

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