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Alabanza y adoración

Elegidos antes del mundo, sellados con el Espíritu

Lectura · Efesios 1:1-20

1PABLO, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, á los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Efeso:

2Gracia sea á vosotros, y paz de Dios Padre nuestro, y del Señor Jesucristo.

3Bendito el Dios y Padre del Señor nuestro Jesucristo, el cual nos bendijo con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo:

4Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor;

5Habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo á sí mismo, según el puro afecto de su voluntad,

6Para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado:

7En el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados por las riquezas de su gracia,

8Que sobreabundó en nosotros en toda sabiduría é inteligencia;

9Descubriéndonos el misterio de su voluntad, según su beneplácito, que se había propuesto en sí mismo,

10De reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra:

11En él digo, en quien asimismo tuvimos suerte, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad,

12Para que seamos para alabanza de su gloria, nosotros que antes esperamos en Cristo.

13En el cual esperasteis también vosotros en oyendo la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salud: en el cual también desde que creísteis, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,

14Que es las arras de nuestra herencia, para la redención de la posesión adquirida para alabanza de su gloria.

15Por lo cual también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y amor para con todos los santos,

16No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones;

17Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación para su conocimiento;

18Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál sea la esperanza de su vocación, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,

19Y cuál aquella supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, por la operación de la potencia de su fortaleza,

20La cual obró en Cristo, resucitándole de los muertos, y colocándole á su diestra en los cielos,

Efesios 1:1-20

¿Desde cuándo piensa Dios en los suyos? La respuesta llega enseguida, y es mucho antes de lo que uno espera: Pablo escribe que Dios nos escogió en Cristo «antes de la fundación del mundo». Antes de cualquier logro o error, antes de que existiera el suelo que pisamos, ya había un propósito: que fuésemos «santos y sin mancha delante de él en amor». Esta carta no abre con órdenes, sino con lo que Dios hizo primero.

Pablo saluda a los santos y fieles que están en Éfeso. Santos aquí no es un título para personas extraordinarias: es el nombre de toda la comunidad, gente que pertenece a Dios en Cristo Jesús. Y enseguida estalla en alabanza al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque «nos bendijo con toda bendición espiritual». Toda, dice; no una parte. Y la recibimos en Cristo, no por nuestro rendimiento.

Ese propósito tiene rostro de familia. Dios nos destinó de antemano a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según «el puro afecto de su voluntad»: nadie lo obligó, le agradó. Por eso nos hizo «aceptos en el Amado», palabra antigua que hoy diríamos bien recibidos en Cristo. Y el camino tuvo un costo real: redención por su sangre, el perdón de los pecados, dado según la riqueza de su gracia.

Dios no guarda su plan a oscuras: lo da a conocer. Su propósito es reunir todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra. Y a quienes oyeron la palabra de verdad, el evangelio de su salvación, y creyeron, los selló con el Espíritu Santo de la promesa, que es «las arras de nuestra herencia». Arras quiere decir el primer pago que asegura el resto: un anticipo de lo que Dios ha prometido.

Después de tanta riqueza, Pablo no pide que se esfuercen: ora por ellos. Ha oído de su fe en el Señor Jesús y de su amor por todos los santos, y no cesa de dar gracias. Pide que Dios les dé espíritu de sabiduría y de revelación, «alumbrando los ojos de vuestro entendimiento», para que sepan a qué esperanza fueron llamados. Y para que conozcan el poder que obró en Cristo cuando lo resucitó de los muertos y lo colocó a su derecha.

Hoy es fácil vivir como quien tiene que ganarse cada cosa: el puesto, la aprobación, incluso el cariño de Dios. Este pasaje dice otra cosa: lo primero ya fue dado, y está en Cristo. Lo que Pablo pide no es algo nuevo, sino poder ver lo dado. Es como abrir las cortinas de una pieza donde ya estaba todo, la mesa, la silla, la ventana: la luz no trae muebles nuevos, deja ver los que ya estaban.

Para vivirlo hoy

Elige el nombre de una persona por cuya fe o cuyo amor sientes gratitud. Siéntate cinco minutos y da gracias a Dios por ella, diciendo su nombre en voz alta. Después pídele para esa persona lo mismo que Pablo pidió para los suyos: sabiduría para conocer mejor a Dios.

Para meditar

  • ¿Qué cambia en tu día si Dios pensó en ti mucho antes de que hicieras algo por Él?
  • ¿Por quién de tu entorno das gracias a Dios, y qué le pedirías hoy para esa persona?
  • ¿Qué de lo que Dios ya te dio en Cristo te cuesta ver, y qué te ayudaría a verlo con más luz?

Oración

¡Bendito seas, Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo! Nos escogiste antes de la fundación del mundo, nos recibiste como hijos y nos diste perdón por la sangre de tu Hijo. Gracias por el Espíritu que nos sella y asegura lo que viene. Alumbra los ojos de mi entendimiento para ver lo que ya nos diste, y haz que mi vida sea alabanza de la gloria de tu gracia. Cuando dude de mi lugar en tu casa, recuérdame que el poder que levantó a Cristo obra en quienes creemos. Amén.

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