Juicio y misericordia
El silencio de los ancianos cuando cae la ciudad
Lectura · Lamentaciones 2:1-13
1¡CÓMO oscureció el Señor en su furor á la hija de Sión! Derribó del cielo á la tierra la hermosura de Israel, y no se acordó del estrado de sus pies en el día de su ira.
2Destruyó el Señor, y no perdonó; destruyó en su furor todas las tiendas de Jacob: echó por tierra las fortalezas de la hija de Judá, deslustró el reino y sus príncipes.
3Cortó con el furor de su ira todo el cuerno de Israel; hizo volver atrás su diestra delante del enemigo; y encendióse en Jacob como llama de fuego que ha devorado en contorno.
4Entesó su arco como enemigo, afirmó su mano derecha como adversario, y mató toda cosa hermosa á la vista: en la tienda de la hija de Sión derramó como fuego su enojo.
5Fué el Señor como enemigo, destruyó á Israel; destruyó todos sus palacios, disipó sus fortalezas: y multiplicó en la hija de Judá la tristeza y lamento.
6Y quitó su tienda como de un huerto, destruyó el lugar de su congregación: Jehová ha hecho olvidar en Sión solemnidades y sábados, y ha desechado en el furor de su ira rey y sacerdote.
7Desechó el Señor su altar, menospreció su santuario, ha entregado en mano del enemigo los muros de sus palacios: dieron grita en la casa de Jehová como en día de fiesta.
8Jehová determinó destruir el muro de la hija de Sión; extendió el cordel, no retrajo su mano de destruir: hizo pues, se lamentara el antemuro y el muro; fueron destruídos juntamente.
9Sus puertas fueron echadas por tierra, destruyó y quebrantó sus cerrojos: su rey y sus príncipes están entre las gentes donde no hay ley; sus profetas tampoco hallaron visión de Jehová.
10Sentáronse en tierra, callaron los ancianos de la hija de Sión; echaron polvo sobre sus cabezas, ciñéronse de saco; las vírgenes de Jerusalem bajaron sus cabezas á tierra.
11Mis ojos desfallecieron de lágrimas, rugieron mis entrañas, mi hígado se derramó por tierra por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo, cuando desfallecía el niño y el que mamaba, en las plazas de la ciudad.
12Decían á sus madres: ¿Dónde está el trigo y el vino? Desfallecían como heridos en las calles de la ciudad, derramando sus almas en el regazo de sus madres.
13¿Qué testigo te traeré, ó á quién te haré semejante, hija de Jerusalem? ¿A quién te compararé para consolarte, oh virgen hija de Sión? Porque grande es tu quebrantamiento como la mar: ¿quién te medicinará?
Un lunes cualquiera, después de muchos años en el mismo lugar, alguien se entera de que la empresa cierra. Guarda sus cosas en una caja, vuelve a casa sin hablar y se sienta en la cocina, sin saber qué decir. Lo que parecía firme se acabó en una mañana. Esa escena, multiplicada hasta abarcar una ciudad entera, es la que abre este capítulo: muros, fortalezas y palacios por tierra, y un pueblo que ya no encuentra palabras.
El poeta no se queda en los escombros: mira quién los causó. Casi todos los verbos de los primeros versículos tienen a Dios como sujeto: derribó, cortó, destruyó, desechó. Y lo dice sin rodeos: «Fué el Señor como enemigo, destruyó á Israel». Luego la escena baja a la calle. Los ancianos de la ciudad se quedan sin palabras: «Sentáronse en tierra, callaron», que hoy diríamos: se sentaron en el suelo y guardaron silencio. Las jóvenes de Jerusalén bajan la cabeza hasta el suelo.
Es un texto áspero y no conviene suavizarlo. Habla de la ira de Dios sin adornos y lo pinta como quien «extendió el cordel, no retrajo su mano de destruir», es decir, midió con una cuerda cuánto derribar y no retiró la mano. Nada de esto es casualidad: el texto dice que Jehová determinó destruir el muro. Con todo, fíjate en una palabra pequeña de la frase de antes: como. El poeta no escribe que Dios se hizo enemigo de su pueblo, sino que obró como enemigo. Se puede leer así: siguen siendo suyos, aun cuando su mano pesa.
Quizá esto nos toca cuando algo levantado con años de esfuerzo, un negocio, una casa, una relación, se viene abajo y lo único posible es sentarse un rato en silencio, como esos ancianos. El poema no apura ese silencio ni lo reprende. Tampoco apura las lágrimas de quien, al ver a los niños que preguntaban a sus madres «¿Dónde está el trigo y el vino?», dice: «Mis ojos desfallecieron de lágrimas». Si el texto no tiene prisa, tú tampoco necesitas tenerla para ordenar lo que sientes.
Esta lectura termina sin respuesta: «grande es tu quebrantamiento como la mar», y pregunta quién podrá curar una herida tan honda. La palabra quebrantamiento quiere decir aquí un destrozo, algo hecho pedazos. Nadie ofrece aquí una salida rápida: aquí el poema deja la pregunta abierta, y eso también es honesto. Y a quien busca quién pueda curar tanto daño, el evangelio le responde con un nombre: Jesús, que con su cruz hizo la paz entre Dios y nosotros.
Para vivirlo hoy
Esta noche, antes de dormir, escribe en un papel una cosa que sigue en pie en tu vida, una persona, un techo, un plato de comida, y dale gracias a Dios por ella en voz baja. No hace falta arreglar nada de lo que se cayó; basta con nombrar lo que permanece y dejarlo escrito a la vista.
Para meditar
- Si algo se te ha venido abajo últimamente, ¿qué te ayudaría más ahora: hablar, callar o simplemente sentarte a descansar?
- Cuando alguien cerca de ti sufre, ¿qué podrías ofrecerle además de palabras, como los ancianos que se sentaron a callar?
- ¿Qué significa para ti que Jesús haya hecho la paz entre Dios y nosotros cuando el dolor te hace sentir a Dios lejos?
Oración
Quédate conmigo cuando algo que levanté con esfuerzo se viene abajo, y no me dejes explicarlo todo a las prisas. Enséñame a sentarme en silencio, como los ancianos de esta ciudad, sin fingir que no duele. Cuando tu mano me parezca dura y no la entienda, sostenme igual, porque te pertenezco. Cuida a los niños que hoy piden pan y no lo encuentran, y despierta a quienes puedan dárselo. Gracias porque Jesús hizo la paz entre nosotros y tú, y porque su paz llega más hondo que cualquier herida. Amén.