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Oración

Desde la cárcel profunda Dios se acerca y dice: no temas

Lectura · Lamentaciones 3:40-66

40Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos á Jehová.

41Levantemos nuestros corazones con las manos á Dios en los cielos.

42Nosotros nos hemos rebelado, y fuimos desleales; tú no perdonaste.

43Desplegaste la ira, y nos perseguiste; mataste, no perdonaste.

44Te cubriste de nube, porque no pasase la oración nuestra.

45Raedura y abominación nos tornaste en medio de los pueblos.

46Todos nuestros enemigos abrieron sobre nosotros su boca.

47Temor y lazo fué para nosotros, asolamiento y quebrantamiento.

48Ríos de aguas echan mis ojos, por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo.

49Mis ojos destilan, y no cesan, porque no hay alivio,

50Hasta que Jehová mire y vea desde los cielos.

51Mis ojos contristaron mi alma, por todas las hijas de mi ciudad.

52Mis enemigos me dieron caza como á ave, sin por qué.

53Ataron mi vida en mazmorra, pusieron piedra sobre mí.

54Aguas de avenida vinieron sobre mi cabeza; yo dije: Muerto soy.

55Invoqué tu nombre, oh Jehová, desde la cárcel profunda.

56Oiste mi voz; no escondas tu oído á mi clamor, para mi respiro.

57Acercástete el día que te invoqué: dijiste: No temas.

58Abogaste, Señor, la causa de mi alma; redimiste mi vida.

59Tú has visto, oh Jehová, mi agravio; defiende mi causa.

60Tú has visto toda su venganza; todos sus pensamientos contra mí.

61Tú has oído el oprobio de ellos, oh Jehová, todas sus maquinaciones contra mí;

62Los dichos de los que contra mí se levantaron, y su designio contra mí todo el día.

63Su sentarse, y su levantarse mira: yo soy su canción.

64Dales el pago, oh Jehová, según la obra de sus manos.

65Dales ansia de corazón, tu maldición á ellos.

66Persíguelos en tu furor, y quebrántalos de debajo de los cielos, oh Jehová.

Lamentaciones 3:40-66

Dios se acerca a quien lo llama desde el lugar más hondo. Lo cuenta alguien que estuvo allí: «Invoqué tu nombre, oh Jehová, desde la cárcel profunda». Y el poema recuerda lo que Dios hizo entonces: «Acercástete el día que te invoqué: dijiste: No temas». Hoy diríamos: te acercaste el día en que te llamé, y me dijiste que no temiera. No esperó a que el clamor saliera ordenado ni a que el que clamaba estuviera bien.

Antes de llegar ahí, el camino es largo. Empieza con un «nosotros» que decide mirarse por dentro: «Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos á Jehová», que quiere decir examinemos cómo hemos vivido y volvamos a Dios. Siguen la confesión, el llanto que corre como ríos, los enemigos que dan caza como a un ave, la mazmorra y unas aguas que suben hasta la cabeza. En ese punto el mismo que habla cuenta que se dio por muerto.

En medio hay frases duras, y el poema no las suaviza. El pueblo confiesa: «Nosotros nos hemos rebelado, y fuimos desleales; tú no perdonaste». Habla de enemigos y de muertes, y admite algo todavía más difícil de decir: «Te cubriste de nube, porque no pasase la oración nuestra». Pero el poeta puede decir después que Dios oyó su voz. Ese es el Dios del pasaje: uno al que se le puede llevar hasta lo que suena a puerta cerrada. La fe, aquí, no consiste en fingir que Dios está cerca, sino en seguir hablándole cuando parece lejos.

Al final el tono se endurece más. Tres veces le dice a Dios que ha visto y oído lo que sus enemigos maquinaron, y le pide: «Dales el pago, oh Jehová, según la obra de sus manos». Es una oración áspera, la voz de alguien herido. Pero observa lo que no hace: no toma venganza por su cuenta, sino que deja todo delante de Dios. Quien sigue a Jesús aprende de él a orar, además, por quienes lo maltratan.

Hoy también hay noches en que la oración parece rebotar en el techo, y personas que cargan una herida hecha por otros: un jefe injusto, una palabra que aún duele, una traición. El pasaje ofrece un camino en tres tiempos: mirarse con honradez, contar lo ocurrido tal como fue y dejar en manos de Dios lo que uno no puede arreglar. No hace falta una oración bonita: una frase honesta, dicha a Dios desde donde uno está, ya es un comienzo. ¿Qué le contarías hoy a Dios desde tu propio fondo, sin ordenarlo antes?

Para vivirlo hoy

Escoge a una persona de tu vida con quien puedas volver a Dios en compañía, un familiar, una amistad o alguien de la iglesia, y esta semana proponle orar juntos cinco minutos, por teléfono o en persona. Cada quien dice en voz alta, con sus palabras, lo que le pesa. No hace falta resolver nada ni dar consejos; basta con escuchar y decir amén al final.

Para meditar

  • ¿Qué frase del poema te gustaría aprender de memoria para los días en que orar cuesta?
  • ¿Hay alguien a quien le debes una conversación, o con quien podrías volver a Dios en compañía?
  • ¿Cómo distingues entre dejarle a Dios una herida y guardarla como rencor?

Oración

«No escondas tu oído á mi clamor, para mi respiro», te pido hoy con las mismas palabras del poema. Escucha lo que traigo, aunque salga desordenado. Tú que te acercaste el día en que te invocaron, acércate a quienes hoy claman desde un pozo. Ayúdanos a volver a ti en compañía, sin esconder lo que hicimos ni lo que nos hicieron. Lo que no puedo arreglar lo dejo en tus manos, sin tomar venganza por mi cuenta. Gracias porque tu palabra a quien clama sigue siendo: no temas. Amén.

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