Humildad
El orgullo en las alturas y el hermano en su día de angustia
Lectura · Abdías 1:1-16
1VISIÓN de Abdías. El Señor Jehová ha dicho así cuanto á Edom: Oído hemos el pregón de Jehová, y mensajero es enviado á las gentes. Levantaos, y levantémonos contra ella en batalla.
2He aquí, pequeño te he hecho entre las gentes; abatido eres tú en gran manera.
3La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que moras en las hendiduras de las peñas, en tu altísima morada; que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará á tierra?
4Si te encaramares como águila, y si entre las estrellas pusieres tu nido, de ahí te derribaré, dice Jehová.
5Si ladrones vinieran á ti, ó robadores de noche (¡cómo has sido destruído!) ¿no hurtaran lo que les bastase? Pues si entraran á ti vendimiadores, aun dejaran algún rebusco.
6¡Cómo fueron escudriñadas las cosas de Esaú! sus cosas escondidas fueron buscadas.
7Hasta el término te hicieron llegar todos tus aliados; te han engañado tus pacíficos, prevalecieron contra ti; los que comían tu pan, pusieron el lazo debajo de ti: no hay en él entendimiento.
8¿No haré que perezcan en aquel día, dice Jehová, los sabios de Edom, y la prudencia del monte de Esaú?
9Y tus valientes, oh Temán, serán quebrantados; porque todo hombre será talado del monte de Esaú por el estrago.
10Por la injuria de tu hermano Jacob te cubrirá vergüenza, y serás talado para siempre.
11El día que estando tú delante, llevaban extraños cautivo su ejército, y los extraños entraban por sus puertas, y echaban suertes sobre Jerusalem, tú también eras como uno de ellos.
12Pues no debiste tú estar mirando en el día de tu hermano, el día en que fué extrañado: no te habías de haber alegrado de los hijos de Judá en el día que se perdieron, ni habías de ensanchar tu boca en el día de la angustia:
13No habías de haber entrado por la puerta de mi pueblo en el día de su quebrantamiento; no, no habías tú de haber mirado su mal el día de su quebranto, ni haber echado mano á sus bienes el día de su calamidad.
14Tampoco habías de haberte parado en las encrucijadas, para matar los que de ellos escapasen; ni habías tú de haber entregado los que quedaban en el día de angustia.
15Porque cercano está el día de Jehová sobre todas las gentes: como tú hiciste se hará contigo: tu galardón volverá sobre tu cabeza.
16De la manera que vosotros bebisteis en mi santo monte, beberán todas las gentes de continuo; beberán, y engullirán, y serán como si no hubieran sido.
«La soberbia de tu corazón te ha engañado». Con esas palabras se dirige Dios a Edom, un pueblo que vive «en las hendiduras de las peñas», es decir, en las grietas de la roca, en una morada altísima, y que se dice a sí mismo que nadie podrá derribarlo. Abdías, el profeta, cuenta lo que vio: Dios habla de Edom, y se oye un pregón que corre entre los pueblos.
Dios lo hizo pequeño entre las gentes, que quiere decir entre las naciones. Aunque se encarame como un águila y ponga su nido entre las estrellas, dice el texto: «de ahí te derribaré, dice Jehová». Sus aliados lo engañan, los que comían su pan le tienden la trampa, y hasta los sabios y los valientes de Temán caen. Ni la altura, ni los amigos, ni la sabiduría lo guardan.
El texto explica el porqué: «Por la injuria de tu hermano Jacob te cubrirá vergüenza». Edom y Jacob eran hermanos. En el día en que extraños se llevaban cautivo el ejército de su hermano y echaban suertes sobre Jerusalén, Edom estuvo mirando: «tú también eras como uno de ellos». Luego viene lo que no debió hacer: alegrarse de la desgracia, hablar con desprecio, tomar sus bienes, apostarse en las encrucijadas para matar a los que escapaban y entregar a los que quedaban.
Se muestra un Dios que mira lo que pasa en el día de angustia de su pueblo, y también lo que pasa en el corazón del que se cree a salvo. Le importa la soberbia y le importa la traición entre hermanos; le importa quien se queda mirando. El día de Jehová está cerca para todas las gentes, y a Edom le dice: «como tú hiciste se hará contigo». Es un texto duro, y no se usa para asustar sino para tomar en serio lo que Dios ve.
Hoy no vivimos en las rocas de Edom, pero tenemos nuestras alturas: un buen puesto, unas cuentas en orden, la seguridad de que a nosotros eso no nos pasa. Y tenemos días de ver caer a otro: un colega despedido, un pariente que fracasa. Es fácil quedarse mirando, y más fácil sentir alivio o un poco de alegría. El pasaje enseña a bajar la mirada de la altura y a acercarse al hermano en su día malo, sin mano en sus bienes ni palabra de burla.
Quienes seguimos a Cristo miramos a alguien que no se quedó arriba, sino que bajó al día de angustia de todos. Y este pasaje afirma quién es Dios: el que ve la altura del corazón y ve también «el día de la angustia» de su pueblo, y ninguna de las dos cosas se le escapa.
Para vivirlo hoy
Reserva cinco minutos de silencio hoy. Lee despacio, dos o tres veces, la frase «no debiste tú estar mirando en el día de tu hermano», y déjala sonar sin apurarte a sacar conclusiones ni a defenderte. Que sea solo escuchar lo que Dios ve.
Para meditar
- ¿Dónde sueles sentirte a salvo por tu puesto, tu dinero o tu saber, y qué pasaría si eso faltara?
- ¿Qué persona cercana está pasando un día de angustia, y cómo podrías acercarte a ella sin juzgarla?
- ¿Qué diferencia hay entre no hacer daño a otro y quedarse mirando cómo otros se lo hacen?
Oración
Líbrame de la soberbia que se cree a salvo en las alturas. Enséñame a acercarme a quien está en su día de angustia, sin mirar de lejos ni alegrarme de su caída, y guárdame de aprovecharme de lo que otro ha perdido. Gracias porque ves lo que pasa en el corazón y en la calle. Dame humildad para bajar de mis alturas y valor para acompañar a quien lo necesita. Que mi confianza no esté en mi puesto, en mis aliados ni en mi saber, sino en ti. Amén.