Justicia y compasión
El Dios que escucha al que no tiene defensor
Lectura · Éxodo 22:20-31
20El que sacrificare á dioses, excepto á sólo Jehová, será muerto.
21Y al extranjero no engañarás, ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.
22A ninguna viuda ni huérfano afligiréis.
23Que si tú llegas á afligirle, y él á mí clamare, ciertamente oiré yo su clamor;
24Y mi furor se encenderá, y os mataré á cuchillo, y vuestras mujeres serán viudas, y huérfanos vuestros hijos.
25Si dieres á mi pueblo dinero emprestado, al pobre que está contigo, no te portarás con él como logrero, ni le impondrás usura.
26Si tomares en prenda el vestido de tu prójimo, á puestas del sol se lo volverás:
27Porque sólo aquello es su cubierta, es aquél el vestido para cubrir sus carnes, en el que ha de dormir: y será que cuando él á mí clamare, yo entonces le oiré, porque soy misericordioso.
28No denostarás á los jueces, ni maldecirás al príncipe de tu pueblo.
29No dilatarás la primicia de tu cosecha, ni de tu licor: me darás el primogénito de tus hijos.
30Así harás con el de tu buey y de tu oveja: siete días estará con su madre, y al octavo día me lo darás.
31Y habéis de serme varones santos: y no comeréis carne arrebatada de las fieras en el campo; á los perros la echaréis.
Un vestido puede ser todo lo que alguien tiene para pasar la noche. Este pasaje habla de préstamos, viudas, extranjeros y jueces. Parece una lista de normas sueltas, pero debajo de todas ellas late el oído de Dios: alguien que escucha cuando nadie más escucha y se acerca a quien no tiene a quién recurrir.
El texto abre con una norma dura: quien ofrecía sacrificios a otros dioses debía morir. Era ley civil de Israel, que pertenecía solo a Jehová; hoy no se aplica así, pero muestra cuánto pesaba adorar únicamente a Dios. Enseguida el pasaje se vuelca hacia los más expuestos: «Y al extranjero no engañarás, ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto». Y también: «A ninguna viuda ni huérfano afligiréis». Si alguien los maltrata y ellos claman a Dios, él responde: «ciertamente oiré yo su clamor». A los opresores les advierte con dureza: su furor se encenderá, el castigo será de muerte, y sus mujeres quedarán viudas y sus hijos huérfanos.
Los poderosos podían abusar con más facilidad, y por eso Dios se pone del lado de quien no tiene defensor. Luego el texto baja al bolsillo y al ropero. Si prestas dinero a alguien pobre, no te portes con él como quien se aprovecha de su aprieto. Y si tomas su vestido como garantía, devuélvelo antes de que caiga la noche: «á puestas del sol se lo volverás». Esa prenda era lo único con que aquel hombre podía cubrirse para dormir. Y Dios mismo explica la norma: cuando él clame, «yo entonces le oiré, porque soy misericordioso».
El pasaje sigue: no hablar mal de los jueces ni del gobernante, y no retrasar lo debido a Dios: «No dilatarás la primicia de tu cosecha». También menciona al primogénito de los hijos, señal de que la vida misma pertenece a Dios. Termina con un llamado: «Y habéis de serme varones santos». Ese mismo versículo añade una norma de comidas: no comer carne de un animal despedazado por las fieras en el campo. Era señal de un pueblo apartado para Dios hasta en su mesa.
Hoy esto nos toca de cerca: en el vecino que llegó de otro país y todavía no entiende los trámites; en el trabajador al que es fácil pagarle menos porque no conoce sus derechos; en la persona ahogada en deudas a quien alguien le cobra de más; en la viuda de la congregación y en el niño que crece sin su papá. El texto nos pide no aprovecharnos de la ignorancia ni de la necesidad de nadie, ni hacer sentir que sobra a quien viene de afuera. Y nos da una razón que ablanda el corazón: todos hemos sido de afuera alguna vez.
Quien oye el clamor del pobre es el mismo que oyó el nuestro, y que no guardó para sí a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. Desde ahí cambia el modo de vivir estas leyes: cuidamos al extranjero y al necesitado sin querer ganarnos el favor de Dios, porque él ya fue misericordioso con nosotros. Su compasión es un corazón abierto que nos invita a parecernos a él.
Para vivirlo hoy
Fíjate en quién tienes cerca que esté de afuera o en aprietos: un migrante, un adulto mayor solo, alguien endeudado. Haz un gesto concreto: saludarlo por su nombre, ayudarlo, tratarlo con justicia en un cobro o un pago. Y si eres tú quien sufre abuso, no lo aguantes en silencio: busca a alguien de confianza y, si tu seguridad corre riesgo, pide ayuda urgente a un profesional o a las autoridades.
Para meditar
- ¿A quién tienes cerca que hoy se sienta extranjero o desprotegido, y qué podrías hacer por esa persona?
- ¿Recuerdas algún momento en que fuiste tú el de afuera, y qué necesitabas que otros hicieran?
- ¿Cómo tratas a quien no tiene quién lo defienda, sea alguien que te debe, que trabaja para ti o que llegó de lejos?
Oración
Señor misericordioso, tú oyes el clamor de la viuda, del huérfano y del extranjero, y también el mío. Quita de mí la dureza que se aprovecha y la indiferencia que pasa de largo. Ábreme los ojos para ver a quien pasa necesidad, y dame un corazón que trate con justicia al que no tiene defensor. Cuando yo sea el de afuera, sé tú mi abrigo; cuando lo sea otro, hazme puerta abierta. Amén.