Fidelidad de Dios
Dios oye la voz del muchacho en el desierto
Lectura · Génesis 21:1-22
1Y VISITÓ Jehová á Sara, como había dicho, é hizo Jehová con Sara como había hablado.
2Y concibió y parió Sara á Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho.
3Y llamó Abraham el nombre de su hijo que le nació, que le parió Sara, Isaac.
4Y circuncidó Abraham á su hijo Isaac de ocho días, como Dios le había mandado.
5Y era Abraham de cien años, cuando le nació Isaac su hijo.
6Entonces dijo Sara: Dios me ha hecho reir, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo.
7Y añadió: ¿Quién dijera á Abraham que Sara había de dar de mamar á hijos? pues que le he parido un hijo á su vejez.
8Y creció el niño, y fué destetado; é hizo Abraham gran banquete el día que fué destetado Isaac.
9Y vió Sara al hijo de Agar la Egipcia, el cual había ésta parido á Abraham, que se burlaba.
10Por tanto dijo á Abraham: Echa á esta sierva y á su hijo; que el hijo de esta sierva no ha de heredar con mi hijo, con Isaac.
11Este dicho pareció grave en gran manera á Abraham á causa de su hijo.
12Entonces dijo Dios á Abraham: No te parezca grave á causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia.
13Y también al hijo de la sierva pondré en gente, porque es tu simiente.
14Entonces Abraham se levantó muy de mañana, y tomó pan, y un odre de agua, y diólo á Agar, poniéndolo sobre su hombro, y entrególe el muchacho, y despidióla. Y ella partió, y andaba errante por el desierto de Beer-seba.
15Y faltó el agua del odre, y echó al muchacho debajo de un árbol;
16Y fuése y sentóse enfrente, alejándose como un tiro de arco; porque decía: No veré cuando el muchacho morirá: y sentóse enfrente, y alzó su voz y lloró.
17Y oyó Dios la voz del muchacho; y el ángel de Dios llamó á Agar desde el cielo, y le dijo: ¿Qué tienes, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está.
18Levántate, alza al muchacho, y ásele de tu mano, porque en gran gente lo tengo de poner.
19Entonces abrió Dios sus ojos, y vió una fuente de agua; y fué, y llenó el odre de agua, y dió de beber al muchacho.
20Y fué Dios con el muchacho; y creció, y habitó en el desierto, y fué tirador de arco.
21Y habitó en el desierto de Parán; y su madre le tomó mujer de la tierra de Egipto.
22Y aconteció en aquel mismo tiempo que habló Abimelech, y Phicol, príncipe de su ejército, á Abraham diciendo: Dios es contigo en todo cuanto haces:
A fin de mes, alguien se sienta con la billetera abierta y hace la cuenta de lo que queda: el pan, la micro, lo que falta pagar. La sacude como quien sacude una botella vacía, y se aparta un momento de los demás. Algo parecido, pero mucho más grave, le ocurre a Agar en este pasaje, el día en que se le acaba el agua en pleno desierto.
Antes hay una fiesta. El texto empieza con una promesa cumplida: «Y visitó Jehová á Sara, como había dicho», es decir, Dios acudió a ella. Nace Isaac cuando sus padres ya son ancianos, y Sara exclama: «Dios me ha hecho reir, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo». El niño crece, y el día en que deja de tomar el pecho, Abraham hace un gran banquete.
Pero algo se tuerce. El texto no dice si fue en la fiesta o después: Sara ve que el hijo de Agar, la egipcia, se burlaba, y le dice a Abraham: «Echa á esta sierva y á su hijo». A Abraham esto le pareció grave en gran manera: le pesó mucho. Dios le responde que oiga la voz de Sara, y le asegura que al hijo de la sierva también lo hará un pueblo: «pondré en gente». Es una escena dura. Una mujer y su hijo son despedidos, y el texto no lo disfraza.
Abraham se levanta muy de mañana, toma pan y un odre de agua, es decir, una bolsa de cuero para llevar agua, se lo pone a Agar sobre el hombro y la despide con el muchacho. Ella anda errante por el desierto de Beer-seba hasta que falta el agua. Echa al muchacho debajo de un árbol y se sienta enfrente, a un tiro de arco —lo que alcanza una flecha—, porque decía: «No veré cuando el muchacho morirá». Y alza su voz y llora.
Entonces, dice el texto, «oyó Dios la voz del muchacho», y el ángel de Dios llama a Agar desde el cielo: «No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está». Dios le abre los ojos, ella ve una fuente de agua, llena el odre y da de beber al muchacho. Dios cumple lo dicho a Sara y, además, escucha a quien nadie mira, justo en el lugar donde está.
Hoy hay desiertos así: un despido, la enfermedad de alguien que amas, una casa sin plata para el mes. Si estás en una hora tan oscura que no ves salida, no la lleves sin compañía: cuéntasela a tu pastor o a alguien de confianza y, si aparece la idea de hacerte daño, busca ayuda profesional de inmediato. Y los cristianos creemos que en Jesús aquel Dios que oye desde el cielo se acercó todavía más: viene a estar con nosotros en el desierto.
Para vivirlo hoy
Llena hoy un vaso de agua y bébelo despacio, sin pantalla delante. Si hoy estás cruzando un desierto, dile a Dios cuál es mientras bebes, y recuerda que él oyó una voz en pleno desierto. Ese vaso no arregla nada, pero puede recordarte que Dios oye.
Para meditar
- ¿Qué parte de tu semana se parece a un recipiente de agua que se está vaciando?
- ¿A quiénes de tu entorno nadie está mirando, y cómo podrías hacerles saber que los tienes presentes?
- ¿Qué cambia para ti saber que Dios te oye tal como estás hoy?
Oración
Oye mi voz en el lugar donde estoy, aunque sea pequeña y no sepa cómo pedir. Abre mis ojos para ver la ayuda que pongas en mi camino, y sostenme mientras no la vea. Cuida a quien hoy anda sin rumbo, y a quienes han perdido su trabajo o su casa. Dios de Sara y de Agar, gracias por cumplir lo que dices y por acompañar a quien nadie mira. Ve conmigo hoy, como fuiste con el muchacho. Amén.