Arrepentimiento y restauración
Devolver lo ajeno y un fuego que no se apaga
Lectura · Levítico 6:1-17
1Y HABLÓ Jehová á Moisés, diciendo:
2Cuando una persona pecare, é hiciere prevaricación contra Jehová, y negare á su prójimo lo encomendado, ó dejado en su mano, ó bien robare, ó calumniare á su prójimo;
3O sea que hallando lo perdido, después lo negare, y jurare en falso, en alguna de todas aquellas cosas en que suele pecar el hombre:
4Entonces será que, puesto habrá pecado y ofendido, restituirá aquello que robó, ó por el daño de la calumnia, ó el depósito que se le encomendó, ó lo perdido que halló,
5O todo aquello sobre que hubiere jurado falsamente; lo restituirá, pues, por entero, y añadirá á ello la quinta parte, que ha de pagar á aquel á quien pertenece en el día de su expiación.
6Y por su expiación traerá á Jehová un carnero sin tacha de los rebaños, conforme á tu estimación, al sacerdote para la expiación:
7Y el sacerdote hará expiación por él delante de Jehová, y obtendrá perdón de cualquiera de todas las cosas en que suele ofender.
8Habló aún Jehová á Moisés, diciendo:
9Manda á Aarón y á sus hijos diciendo: Esta es la ley del holocausto: (es holocausto, porque se quema sobre el altar toda la noche hasta la mañana, y el fuego del altar arderá en él:)
10El sacerdote se pondrá su vestimenta de lino, y se vestirá pañetes de lino sobre su carne; y cuando el fuego hubiere consumido el holocausto, apartará él las cenizas de sobre el altar, y pondrálas junto al altar.
11Después se desnudará de sus vestimentas, y se pondrá otras vestiduras, y sacará las cenizas fuera del real al lugar limpio.
12Y el fuego encendido sobre el altar no ha de apagarse, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará sobre él el holocausto, y quemará sobre él los sebos de las paces.
13El fuego ha de arder continuamente en el altar; no se apagará.
14Y esta es la ley del presente: Han de ofrecerlo los hijos de Aarón delante de Jehová, delante del altar.
15Y tomará de él un puñado de la flor de harina del presente, y de su aceite, y todo el incienso que está sobre el presente, y harálo arder sobre el altar por memoria, en olor suavísimo á Jehová.
16Y el sobrante de ella lo comerán Aarón y sus hijos: sin levadura se comerá en el lugar santo; en el atrio del tabernáculo del testimonio lo comerán.
17No se cocerá con levadura: helo dado á ellos por su porción de mis ofrendas encendidas; es cosa santísima, como la expiación por el pecado, y como la expiación por la culpa.
Estas faltas contra el prójimo el pasaje las cuenta como pecado contra Jehová, no solo como un problema entre vecinos. Alguien niega lo que otro le encomendó, o se queda con algo ajeno, o calumnia, o guarda lo que encontró y luego jura en falso. El texto dice que esa persona peca y obra contra Jehová. Lo prestado, lo dado en palabra y lo hallado en el camino importan a Dios.
Lo que sigue es muy concreto. Quien falló debe devolver lo robado, el depósito que le confiaron o lo perdido que halló, y reparar el daño que hizo con su calumnia. La orden es: «lo restituirá, pues, por entero, y añadirá á ello la quinta parte». Restituir quiere decir devolver, y se devuelve a su dueño, «á aquel á quien pertenece». La ley pide algo que se pueda entregar: lo ajeno, y una quinta parte más para quien salió perdiendo.
Pero el asunto no queda en un ajuste de cuentas. Además de devolver, la persona trae a Jehová un carnero sin tacha, y el sacerdote hace expiación por ella. Expiación quiere decir que el pecado queda cubierto y hay perdón. El pasaje cierra esa parte con una promesa: «obtendrá perdón de cualquiera de todas las cosas en que suele ofender». Reparar con el prójimo y ser perdonado por Dios van juntos, y ninguno de los dos ocupa el lugar del otro.
Luego el texto pasa al altar. El holocausto, la ofrenda que se quemaba sobre el altar, ardía toda la noche hasta la mañana. Cada mañana el sacerdote apartaba las cenizas, y después ponía leña nueva. La orden se repite: «no ha de apagarse», y también «El fuego ha de arder continuamente en el altar; no se apagará». La ofrenda de harina, con su aceite y su incienso, subía «en olor suavísimo á Jehová».
Todo esto llega hasta hoy en cosas de todos los días: el dinero que un amigo prestó y dejamos pasar, la palabra que dañó un nombre, algo hallado que nunca se devolvió. Si alguna te viene a la mente, el pasaje muestra un orden: nombrarla, reparar con la persona afectada y presentarte ante Dios. La cifra de la quinta parte era una regla para aquel pueblo; permanece la idea de reparar de verdad. Y para quien cree, el carnero sin tacha apunta a Jesucristo, cuya entrega obtiene el perdón, y ese perdón no espera a que la reparación quede completa.
El pasaje termina con un altar cuyo fuego debía seguir encendido, con leña nueva cada mañana. Se puede leer así: la puerta hacia Dios no se cierra, ni de noche ni de día. El texto solo dice que el fuego no debía apagarse; que en Cristo el perdón está abierto lo cree quien lo sigue. Quien lleva algo en la conciencia puede acercarse sin esperar a tenerlo todo en orden.
Para vivirlo hoy
Esta noche, antes de dormir, si algo ajeno o una palabra que dañó a alguien viene a tu mente, preséntalo a Dios tal como es: su perdón no espera a que la reparación esté completa. Después decide cómo repararlo con esa persona y hazlo esta semana. Basta con lo que venga a tu mente; no hace falta revisar todo el día.
Para meditar
- ¿Hay algo ajeno, dinero, un objeto o una palabra dicha de alguien, que hoy podrías devolver o reparar?
- ¿Qué cambia en tu forma de tratar a los demás saber que el pasaje cuenta faltas como estas, contra el prójimo, como pecado contra Jehová?
- ¿Qué te dice que el mandato repita que el fuego del altar no debía apagarse?
Oración
Señor, Dios de justicia y de perdón, me alegra saber que en este pasaje el fuego de tu altar no debía apagarse, y que en Jesucristo, el sacrificio sin tacha, el perdón está abierto. Reconozco que faltas como estas, contra el prójimo, también son faltas contra ti. Muéstrame lo ajeno que todavía tengo en las manos y dame valor para devolverlo con sencillez. Ayúdame a reparar a tiempo y a acercarme a ti sin esconderme, sabiendo que tu perdón no espera a que yo termine de arreglarlo todo. Amén.