Justicia y compasión
Deudas entre hermanos y un gobernador que se detiene a escuchar
Lectura · Nehemías 5:1-14
1ENTONCES fué grande el clamor del pueblo y de sus mujeres contra los Judíos sus hermanos.
2Y había quien decía: Nosotros, nuestros hijos y nuestras hijas, somos muchos: hemos por tanto tomado grano para comer y vivir.
3Y había quienes decían: Hemos empeñado nuestras tierras, y nuestras viñas, y nuestras casas, para comprar grano en el hambre.
4Y había quienes decían: Hemos tomado prestado dinero para el tributo del rey, sobre nuestras tierras y viñas.
5Ahora bien, nuestra carne es como la carne de nuestros hermanos, nuestros hijos como sus hijos: y he aquí que nosotros sujetamos nuestros hijos y nuestras hijas á servidumbre, y hay algunas de nuestras hijas sujetas: mas no hay facultad en nuestras manos para rescatarlas, porque nuestras tierras y nuestras viñas son de otros.
6Y enojéme en gran manera cuando oí su clamor y estas palabras.
7Meditélo entonces para conmigo, y reprendí á los principales y á los magistrados, y díjeles: ¿Tomáis cada uno usura de vuestros hermanos? Y convoqué contra ellos una grande junta.
8Y díjeles: Nosotros rescatamos á nuestros hermanos Judíos que habían sido vendidos á las gentes, conforme á la facultad que había en nosotros: ¿y vosotros aun vendéis á vuestros hermanos, y serán vendidos á nosotros? Y callaron, que no tuvieron qué responder.
9Y dije: No es bien lo que hacéis, ¿no andaréis en temor de nuestro Dios, por no ser el oprobio de las gentes enemigas nuestras?
10También yo, y mis hermanos, y mis criados, les hemos prestado dinero y grano: relevémosles ahora de este gravamen.
11Ruégoos que les devolváis hoy sus tierras, sus viñas, sus olivares, y sus casas, y la centésima parte del dinero y grano, del vino y del aceite que demandáis de ellos.
12Y dijeron: Devolveremos, y nada les demandaremos; haremos así como tú dices. Entonces convoqué los sacerdotes, y juramentélos que harían conforme á esto.
13Además sacudí mi vestido, y dije: Así sacuda Dios de su casa y de su trabajo á todo hombre que no cumpliere esto, y así sea sacudido y vacío. Y respondió toda la congregación: ¡Amén! Y alabaron á Jehová. Y el pueblo hizo conforme á esto.
14También desde el día que me mandó el rey que fuese gobernador de ellos en la tierra de Judá, desde el año veinte del rey Artajerjes hasta el año treinta y dos, doce años, ni yo ni mis hermanos comimos el pan del gobernador.
Es fin de mes y alguien hace cuentas sobre la mesa de la cocina: el arriendo, la luz, lo que se debe en el negocio de la esquina, la cuota de un préstamo pedido para salir del apuro. Si sobra algo, se paga una deuda con otra. Ese cansancio de quien no alcanza es el que suena desde el primer versículo de hoy: «fué grande el clamor del pueblo y de sus mujeres contra los Judíos sus hermanos».
Son varias voces, cada una con su apuro. Unos dicen que sus familias son numerosas y necesitan grano para comer. Otros: «Hemos empeñado nuestras tierras, y nuestras viñas, y nuestras casas, para comprar grano en el hambre»; empeñar es dejar lo propio en garantía. Otros pidieron dinero para el tributo del rey. Y llega lo más duro, dicho sin rodeos: han entregado hijos e hijas como siervos, algunas hijas ya están sometidas, y no pueden rescatarlas porque las tierras son de otros. Lo dicen así: «nuestra carne es como la carne de nuestros hermanos, nuestros hijos como sus hijos».
Nehemías se enoja en gran manera, pero no habla en caliente: primero lo piensa para consigo. Luego reprende a los principales y a los magistrados con esta pregunta: «¿Tomáis cada uno usura de vuestros hermanos?». Usura es cobrar por un préstamo aprovechándose del apuro del otro. Convoca una gran junta y les recuerda que él y los suyos habían rescatado a hermanos vendidos a otros pueblos, mientras que ahora ellos se vendían entre sí.
Nehemías tampoco se coloca por encima: dice que él, sus hermanos y sus criados también habían prestado dinero y grano, y propone que todos suelten esa carga. Pide que ese mismo día devuelvan tierras, viñas, olivares y casas, y la centésima parte de lo que cobraban. Aceptan, y los hace jurar ante los sacerdotes. Entonces sacude su vestido y dice que así sacuda Dios a quien no cumpla. Es un gesto solemne y duro, la marca de un compromiso serio, no un arma para asustar a nadie.
Esta escena muestra que a Dios le importa cómo tratamos a quien está en apuros, y más si es de los nuestros: Nehemías habla de andar «en temor de nuestro Dios», y para él reverenciar a Dios y aliviar a un hermano endeudado son un solo camino. Quien lee con fe recuerda además que el clamor de los pobres no se pierde en el aire. Hoy la escena se repite con otros nombres: la deuda de la tarjeta, el préstamo entre parientes, el empleado sin salida. No hay aquí una fórmula económica, pero sí una vara para medir el corazón.
Los cristianos creemos que Jesús nos alivió una deuda que ninguno podía pagar, y que quien la recibe queda libre para aliviar la de otros: un plazo más largo, una cuenta perdonada, una mano tendida. Y al final, después del acuerdo, del amén y de la alabanza, el texto no añade discursos, sino algo mucho más sencillo: «Y el pueblo hizo conforme á esto.»
Para vivirlo hoy
Piensa en alguien a quien le prestaste algo, como plata, una herramienta o un favor, y todavía no te lo devuelve. Esta semana háblale con calma y dile, sin reproche, que no hace falta apurarse o que lo das por saldado. Una conversación breve, cara a cara o por mensaje, y nada más.
Para meditar
- ¿Qué carga de otra persona estoy en condiciones de aliviar esta semana?
- ¿Cómo cambia mi trato con alguien en apuros pensar que reverenciar a Dios y cuidar a un hermano van juntos?
- ¿Qué me cuesta más: escuchar un clamor que llega en mal momento o soltar algo que me pertenece?
Oración
Padre, tú no separas el temor a ti del trato que damos a quien está en apuros: así lo entendió Nehemías cuando pidió soltar las deudas entre hermanos. Oye el clamor de las familias que hoy no llegan a fin de mes. Enséñame a no aprovechar el apuro de nadie, ni en el dinero ni en el trabajo. Dame la calma de quien piensa antes de hablar y la firmeza para hacer lo justo. Y perdóname las deudas que no supe soltar, como Jesús nos enseñó a pedir. Amén.