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Arrepentimiento y restauración

Del cielo que da lluvia al hermano que vuelve

Lectura · Santiago 5:18-20

18Y otra vez oró, y el cielo dió lluvia, y la tierra produjo su fruto.

19Hermanos, si alguno de entre vosotros ha errado de la verdad, y alguno le convirtiere,

20Sepa que el que hubiere hecho convertir al pecador del error de su camino, salvará un alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados.

Santiago 5:18-20

Estos tres versículos, los últimos de la carta, encierran un contraste. Empiezan con algo enorme: el cielo da lluvia y la tierra produce su fruto. Y terminan con algo muy pequeño: una persona que va detrás de otra que se ha desviado. Aun así, el texto habla de lo segundo con palabras muy grandes: quien hace volver a un extraviado «salvará un alma de muerte». Lo pequeño, a los ojos de Dios, no lo es.

«Y otra vez oró, y el cielo dió lluvia, y la tierra produjo su fruto». La frase sigue la historia del profeta Elías, nombrado en el versículo anterior de la carta, y ese «otra vez» avisa de que ya había orado antes. Fíjate en el orden: primero una oración, después la lluvia, después el fruto. El pasaje no dice que toda oración reciba lo mismo; muestra hacia dónde se dirige quien ora. Quien lee con fe reconoce ahí a un Dios que tiene el cielo en sus manos.

Luego el texto cambia de escena y de tamaño: «Hermanos, si alguno de entre vosotros ha errado de la verdad, y alguno le convirtiere». Hay dos personas. Una se ha equivocado o se ha apartado; la otra hace que vuelva, que es lo que quiere decir convertir. Mira cómo se llama a la primera: alguien «de entre vosotros», uno de los hermanos, no un extraño. Y el verbo de la segunda no es acusar ni juzgar, sino hacer volver.

El verso siguiente mira más de cerca: al pecador se le aparta «del error de su camino». El texto habla de un camino, es decir, de una manera de vivir, y no solo de una idea equivocada. Y a quien lo hace volver se le dice que «salvará un alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados». El texto no explica cómo. Quien cree en Cristo sabe que la salvación es de él, y ve aquí que nos deja acompañar a otros en el regreso, sin que la obra deje de ser suya.

Hoy esto tiene nombre y apellido: un amigo que dejó de venir a la iglesia, un familiar que tomó otro rumbo, alguien con quien perdiste contacto y no sabes cómo retomarlo. A veces ayuda más que alguien siga cerca, escuche y no cierre la puerta. Y si no sabes qué decir, algo sí puedes hacer: pedir a Dios por esa persona, por su nombre. Eso también es ir tras ella.

Los dos cuadros de este pasaje tienen un mismo fondo. Nada depende de que uno sea hábil con las palabras: la lluvia no la manda quien ora, ni la vida la da quien acompaña. Quien manda la lluvia sobre la tierra seca es también quien salva de la muerte a un alma que vuelve. Dios es el que da vida, al campo y a las personas.

Para vivirlo hoy

Escribe hoy, en menos de diez minutos, un mensaje corto a alguien que se ha alejado de la fe o de la iglesia. No lleves argumentos ni reproches: dile solo que has pensado en esa persona y que te alegraría saber cómo está. Envíalo sin esperar respuesta.

Para meditar

  • ¿Quién ha quedado en tu mente como alguien que se alejó, y qué gesto pequeño podrías tener con esa persona?
  • ¿Qué cambia en tu manera de orar por otros saber que la oración se dirige a quien tiene el cielo en sus manos?
  • ¿Cómo se sentiría que alguien fuera tras ti sin reproches, y cómo podrías ofrecer eso a otra persona?

Oración

Padre bueno, tú tienes el cielo en tus manos. Tú haces que el cielo dé lluvia y que la tierra produzca su fruto, y tú salvas de la muerte un alma que vuelve. Gracias porque me dejas acompañar a otros en el camino de regreso. Te pido por esa persona que se ha alejado: que encuentre el camino de vuelta, y que yo esté cerca sin reproches, con palabras sencillas y con paciencia. Y cuando yo me desvíe, mándame a alguien que me haga volver. Amén.

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