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Fidelidad de Dios

David quiere edificar casa a Dios, y Dios le promete casa a David

Lectura · 2 Samuel 7:1-18

1Y ACONTECIÓ que, estando ya el rey asentado en su casa, después que Jehová le había dado reposo de todos sus enemigos en derredor,

2Dijo el rey al profeta Nathán: Mira ahora, yo moro en edificios de cedro, y el arca de Dios está entre cortinas.

3Y Nathán dijo al rey: Anda, y haz todo lo que está en tu corazón, que Jehová es contigo.

4Y aconteció aquella noche, que fué palabra de Jehová á Nathán, diciendo:

5Ve y di á mi siervo David: Así ha dicho Jehová: ¿Tú me has de edificar casa en que yo more?

6Ciertamente no he habitado en casas desde el día que saqué á los hijos de Israel de Egipto hasta hoy, sino que anduve en tienda y en tabernáculo.

7Y en todo cuanto he andado con todos los hijos de Israel, ¿he hablado palabra en alguna de las tribus de Israel, á quien haya mandado que apaciente mi pueblo de Israel, para decir: ¿Por qué no me habéis edificado casa de cedros?

8Ahora pues, dirás así á mi siervo David: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé de la majada, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel;

9Y he sido contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he talado todos tus enemigos, y te he hecho nombre grande, como el nombre de los grandes que son en la tierra.

10Además yo fijaré lugar á mi pueblo Israel, yo lo plantaré, para que habite en su lugar, y nunca más sea removido, ni los inicuos le aflijan más, como antes,

11Desde el día que puse jueces sobre mi pueblo Israel; y yo te daré descanso de todos tus enemigos. Asimismo Jehová te hace saber, que él te quiere hacer casa.

12Y cuando tus días fueren cumplidos, y durmieres con tus padres, yo estableceré tu simiente después de ti, la cual procederá de tus entrañas, y aseguraré su reino.

13El edificará casa á mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino.

14Yo le seré á él padre, y él me será á mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres;

15Empero mi misericordia no se apartará de él, como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti.

16Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro; y tu trono será estable eternalmente.

17Conforme á todas estas palabras, y conforme á toda esta visión, así habló Nathán á David.

18Y entró el rey David, y púsose delante de Jehová, y dijo: Señor Jehová, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me traigas hasta aquí?

2 Samuel 7:1-18

A veces, después de una temporada dura, llega un respiro. Así empieza este pasaje: el rey David está asentado en su casa, y Jehová le ha dado reposo de todos sus enemigos alrededor. No todos estamos ahí hoy; quien aún espera ese reposo también tiene lugar en esta lectura. Pero a David, en esa calma, le aparece un deseo que parece bueno: hacer algo grande por Dios. Le dice al profeta Natán: «yo moro en edificios de cedro, y el arca de Dios está entre cortinas».

David nota la diferencia entre su casa firme y el arca, la señal de la presencia de Dios, bajo una tienda. Natán le da su bendición para hacer lo que tiene en el corazón. Pero aquella misma noche llega palabra de Jehová a Natán, y es otra. Dios pregunta: «¿Tú me has de edificar casa en que yo more?», es decir, en la que yo viva. Le recuerda que desde que sacó a Israel de Egipto no ha habitado en ninguna casa, sino en una tienda, y que nunca pidió a nadie una de cedro.

Eso es lo más difícil de estas palabras: a David no se le concede construir. El pasaje no da el motivo; solo dice que la obra le tocará a su hijo: «El edificará casa a mi nombre». El deseo de David no es despreciado, pero tampoco se cumple como él lo imaginó: es a la vez un no y un regalo. Enseguida Dios le recuerda lo que ya recibió: «Yo te tomé de la majada, de detrás de las ovejas», que hoy diríamos: del corral del rebaño.

Viene luego lo que David no pidió: Dios ha estado con él en todo cuanto ha andado, y ahora le da futuro: «Jehová te hace saber, que él te quiere hacer casa». David quería edificar casa a Dios, y Dios le dice que hará casa a David: una familia y un trono que continúen. Habla también de un hijo de David: Dios será para él como un padre; si hiciera mal, lo corregirá, pero «mi misericordia no se apartará de él».

Esta promesa se hizo a David y a su familia; no es un contrato para nuestra casa ni para nuestro negocio. Pero enseña cómo obra Dios: lo que hacemos por Él llega siempre en segundo lugar, porque Él construyó primero. Quien dirige a otros hace bien en recordar de dónde lo tomó Dios. Y los cristianos vemos el cumplimiento pleno de esta promesa en Jesús, hijo de David.

Querer hacer algo por Dios cuando llega la calma es bueno, y el pasaje no lo desprecia: solo lo ordena, primero recibir y luego dar. Aquel a quien David quería construir una casa ha caminado con su pueblo desde Egipto en una tienda, saca a un pastor de detrás de las ovejas y se compromete con una misericordia que no se retira. Y David, al oír todo esto, entra y se pone delante de Jehová con una pregunta que es casi una oración.

Para vivirlo hoy

Recuerda de dónde te tomó Dios y por medio de quiénes lo hizo: quien te enseñó un oficio, te dio una oportunidad o te acompañó en una etapa difícil. Dale gracias a Dios por esa historia y, si hay alguien así, escríbele o llámale esta semana y cuéntale, con un ejemplo concreto, qué significó su ayuda.

Para meditar

  • Si hoy vives una temporada de calma, ¿qué deseo bueno ha nacido en ella? Y si todavía la esperas, ¿qué te sostiene mientras llega?
  • ¿Qué has empezado a construir para Dios o para otros que en realidad nació de algo que Él construyó antes en ti?
  • Si diriges a otros en casa, en el trabajo o en la iglesia, ¿qué cambia en ti al recordar de dónde te tomó Dios?

Oración

«¿Quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me traigas hasta aquí?» Así te hablo hoy, Señor, al mirar el camino recorrido: las personas que hayas puesto a mi lado, las puertas que se abrieron, los días en que no supe cómo seguir y aun así seguí. Si estoy en calma, no permitas que me adormezca ni que mis planes para ti me hagan olvidar lo que tú ya hiciste por mí. Si aún la espero, sostenme. Que lo que yo edifique nazca de tu bondad. Amén.

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