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Gracia y perdón

Crecer en la gracia sin perder la firmeza

Lectura · 2 Pedro 3:17-18

17Así que vosotros, oh amados, pues estáis amonestados, guardaos que por el error de los abominables no seáis juntamente extraviados, y caigáis de vuestra firmeza.

18Mas creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.

2 Pedro 3:17-18

Pedro está a punto de terminar su carta. Ya dijo lo que tenía que decir, y antes de despedirse se dirige a sus lectores una vez más, con una palabra cercana: «oh amados». No les habla con distancia ni con dureza. Desde el cariño les entrega su última recomendación, la que quiere que se les quede cuando la lectura termine y vuelvan a sus tareas de todos los días.

Primero viene un aviso: «pues estáis amonestados». Quiere decir que ya fueron advertidos, que nada los tomará por sorpresa. Hay un error andando por ahí, el de personas a las que Pedro describe con una palabra muy fuerte, y el riesgo es que los arrastre a ellos también: «no seáis juntamente extraviados». Hoy diríamos llevados por la misma corriente. Y el resultado sería que «caigáis de vuestra firmeza», que pierdan el suelo firme en el que ahora están parados.

Fíjate que Pedro no deja el mensaje en el aviso. Enseguida llega una palabra pequeña que cambia el tono: «Mas creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo». Crecer es un verbo de cosas vivas. Nadie crece a fuerza de apretar los dientes; se crece cuando se está bien plantado y se recibe lo que hace falta. La gracia es ese lugar: el favor de Dios que no se gana, sino que se recibe.

Y crecer también en el conocimiento. Aquí no se habla de juntar datos, sino de conocer a una persona, «nuestro Señor y Salvador Jesucristo». Los dos títulos van pegados. Es Señor, y por eso su palabra tiene autoridad sobre nuestra vida. Es Salvador, y por eso esa autoridad viene de quien nos rescató. Por eso la carta no se cierra con una amenaza, sino con una alabanza: «A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad». Dicho hoy: ahora y para siempre.

Casi nadie pierde la firmeza en un día. Se pierde de a poco. Una idea se repite tanto, en el trabajo, en las conversaciones o en una pantalla, que empieza a sonar normal. Un rato de oración que se corre a una hora que ya no llega. Pocas veces alguien decide alejarse; el suelo se va poniendo resbaloso. Lo que Pedro propone no es vivir mirando el peligro, sino crecer hacia Alguien. Su aviso no busca asustar: busca que estemos bien plantados.

En el marco de una puerta hay casas donde se marca con lápiz la altura de los niños cada cumpleaños. Nadie los ve crecer de un día para otro, pero al cabo de un año la raya está más arriba. Así es crecer en la gracia: no se nota mientras pasa, se nota en la marca. Cada rato con Jesús, cada perdón recibido, cada agradecimiento dicho a tiempo, sube un poco la raya.

Para vivirlo hoy

Esta semana, cada mañana y antes de revisar el teléfono, lee un fragmento corto de alguno de los relatos de la vida de Jesús y anota en una sola línea algo que hayas notado de él: lo que hace, lo que dice, cómo trata a las personas. Al terminar la semana, relee tus siete líneas y dale gracias por lo que fuiste conociendo.

Para meditar

  • ¿Qué voces o costumbres de tu día a día podrían estar moviéndote, poco a poco, del lugar que te da firmeza?
  • Si crecer en la gracia es recibir más que esforzarte, ¿qué cambia en la manera de comenzar tu día?
  • ¿Qué te gustaría conocer mejor de Jesús como Señor y como Salvador, y qué podría ayudarte a lograrlo esta semana?

Oración

¡Qué regalo que esta carta termine con gracia y con alabanza, y no solo con una advertencia! Jesús, Señor y Salvador nuestro, gracias por una palabra que avisa con cariño. No permitas que la corriente de cada día me arrastre lejos de la firmeza que tú das. Enséñame a crecer en tu gracia y a conocerte cada vez más, como se conoce a una persona viva. Que en lo pequeño de mi trabajo y de mi casa te sea dada gloria, hoy y siempre. Amén.

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