Alabanza y adoración
Conocer al Dios verdadero y guardarnos de los ídolos
Lectura · 1 Juan 5:20-21
20Empero sabemos que el Hijo de Dios es venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero: y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.
21Hijitos, guardaos de los ídolos. Amén.
Dios se ha dejado conocer. Con esa afirmación cierra Juan su carta, y lo hace con una palabra firme: «sabemos que el Hijo de Dios es venido». No dice que esperamos ni que nos parece. El Hijo de Dios vino, y quien lo conoce está en el Dios verdadero. Esa certeza no descansa en lo que nosotros sentimos, sino en algo que ocurrió: él vino. Son solo dos versículos, y con ellos termina la carta.
Fíjate en cómo se arma la frase. Primero, un hecho: el Hijo ha venido. Después, un regalo: «nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero». Conocer a Dios no aparece como un logro nuestro, sino como algo que él da. Y por último, un lugar donde estar: «estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo». No solo sabemos cosas sobre Dios; estamos en él, unidos a su Hijo. De Jesucristo dice Juan sin adornos: «Este es el verdadero Dios, y la vida eterna».
Que Dios sea verdadero quiere decir que es real, que no es invento de nadie, y que por eso se le puede conocer de verdad. Quiere decir también que es fuente de vida, una vida eterna, que no se acaba. Este Dios no se esconde: se da a conocer, da entendimiento, da vida. Todo lo que aparece en el pasaje es un dar.
Y llega la última línea: «Hijitos, guardaos de los ídolos». Después de hablar del Dios verdadero, una advertencia breve, dicha con cariño, porque Juan los llama hijitos. Guardarse quiere decir cuidarse, mantenerse a distancia. Un ídolo es un dios falso, algo que ocupa el lugar del verdadero. Es una palabra dura, y Juan ni la explica ni la suaviza; solo la deja sonar. Quien conoce lo verdadero tiene una buena razón para cuidarse de lo falso.
Hoy casi nadie se arrodilla ante una estatua, pero los ídolos no han desaparecido. Un ídolo es cualquier cosa a la que le pedimos lo que solo Dios puede dar: seguridad, valor, descanso, un lugar en el mundo. Puede ser el dinero, el trabajo, la opinión de otros, o incluso algo tan bueno como la familia cuando le exigimos que nos salve. Suele notarse porque promete mucho y termina pidiendo más. El Dios verdadero, en cambio, da vida.
Por eso la carta se cierra con un amén, palabra que quiere decir así sea, como quien pone su firma a lo dicho. Hoy, cuando alguna cosa quiera ocupar el primer lugar de tu pensamiento, haz una pausa corta y di en voz baja: tú eres el verdadero Dios, y en tu Hijo estoy. Luego sigue con lo que estabas haciendo, con el corazón un poco más liviano.
Para vivirlo hoy
Busca cinco minutos tranquilos, deja el teléfono lejos y lee despacio, dos o tres veces, esta frase: «nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero». Después de cada lectura quédate en silencio unos instantes, sin pedir nada, solo recibiendo lo que dice. Si aparecen preocupaciones, déjalas pasar y vuelve a la frase.
Para meditar
- ¿Qué cosa suele pedir el primer lugar en tu atención o en tu esperanza, y qué le estás pidiendo en realidad?
- Si conocer a Dios es un regalo que él da, ¿cómo cambia tu manera de acercarte a él hoy?
- ¿Qué significaría vivir esta semana como alguien que ya está en el Dios verdadero y en su Hijo Jesucristo?
Oración
Dios verdadero, tú viniste a nuestro encuentro en tu Hijo Jesucristo y nos diste entendimiento para conocerte; gracias porque no tenemos que adivinarte. Guárdame de todo lo que quiera ocupar tu lugar en mi corazón, aunque parezca pequeño o incluso bueno. Enséñame a reconocer lo que promete más de lo que puede dar, y a volver a ti. Tú eres la vida eterna, y en ti quiero permanecer hoy, en medio de lo cotidiano. Amén.