Fe y confianza
Confiar el mismo día en que llega el miedo
Lectura · Salmos 56:1-13
1Al Músico principal: sobre La paloma silenciosa en paraje muy distante. Michtam de David, cuando los Filisteos le prendieron en Gath. TEN misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre: me oprime combatiéndome cada día.
2Apúranme mis enemigos cada día; porque muchos son los que pelean contra mí, oh Altísimo.
3En el día que temo, yo en ti confío.
4En Dios alabaré su palabra: en Dios he confiado, no temeré lo que la carne me hiciere.
5Todos los días me contristan mis negocios; contra mí son todos sus pensamientos para mal.
6Reúnense, escóndense, miran ellos atentamente mis pasos, esperando mi vida.
7¿Escaparán ellos por la iniquidad? Oh Dios, derriba en tu furor los pueblos.
8Mis huídas has tú contado: pon mis lágrimas en tu redoma: ¿no están ellas en tu libro?
9Serán luego vueltos atrás mis enemigos el día que yo clamare: en esto conozco que Dios es por mí.
10En Dios alabaré su palabra; en Jehová alabaré su palabra.
11En Dios he confiado: no temeré lo que me hará el hombre.
12Sobre mí, oh Dios, están tus votos: te tributaré alabanzas.
13Porque has librado mi vida de la muerte, y mis pies de caída, para que ande delante de Dios en la luz de los que viven.
¿Qué se hace con el miedo cuando es real? Este salmo no responde con teoría. Según su título, David lo escribió cuando los filisteos lo prendieron en Gat, o sea, cuando lo apresaron. Y lo primero que sale de su boca no es una fórmula de valor, sino una súplica: «TEN misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre». No finge: pide compasión con todas las letras, y a quien puede darla.
La queja tiene peso y detalles. Lo oprimen cada día y son muchos los que pelean contra él. Se reúnen, se esconden, vigilan sus pasos al acecho, esperando la ocasión de quitarle la vida, y todos sus pensamientos son para mal. Nada aquí es un miedo inventado: el salmo lo llama por su nombre, y así enseña que orar no es maquillar lo que sentimos.
En medio de esa lista cae una línea corta: «En el día que temo, yo en ti confío». No dice cuando ya no tenga miedo. La confianza no espera a que el temor se vaya: nace el mismo día del susto, con el susto todavía dentro. Y el salmo lo repite con otras palabras: alabará lo que Dios ha dicho y no temerá lo que pueda hacerle un simple mortal.
Luego se vuelve íntimo: «Mis huídas has tú contado: pon mis lágrimas en tu redoma: ¿no están ellas en tu libro?». Una redoma es un frasco pequeño. Pedir que Dios guarde ahí las lágrimas es decir que lleva la cuenta de cada vez que hubo que escapar y de cada lágrima. Y sigue otra certeza: «Serán luego vueltos atrás mis enemigos el día que yo clamare: en esto conozco que Dios es por mí». Clamare quiere decir clame: el día que pida ayuda a gritos, sus enemigos retrocederán, y en eso reconoce que Dios está de su lado.
Hay también una petición dura: que Dios derribe en su furor a los pueblos. Es la voz de alguien acorralado, y conviene notar qué hace con ella: no la ejecuta, la deja en manos de Dios. Y si el miedo te aprieta más de lo que puedes llevar, cuéntaselo también a alguien de carne y hueso, a tu pastor o a una persona de confianza; si aparece el pensamiento de hacerte daño, pide ayuda profesional de inmediato.
Al final, el salmo mira hacia atrás y hacia adelante. «Sobre mí, oh Dios, están tus votos», dice, y votos quiere decir las promesas que hizo a Dios. Ha visto librar su vida de la muerte y sus pies de caída «para que ande delante de Dios en la luz de los que viven». Hoy, cuando llegue el miedo, repite en voz baja la línea del verso tres, y da el paso siguiente.
Para vivirlo hoy
Toma una hoja y escribe, en una sola línea, el miedo que hoy más te pesa. Debajo copia la frase «En el día que temo, yo en ti confío» y guarda la hoja dentro de tu Biblia. Con ese gesto lo dejas hoy en manos del Dios que, según el salmo, ha contado las huidas y guarda las lágrimas. Cuando el miedo vuelva a la cabeza, recuerda que ya quedó anotado ahí y repite la frase.
Para meditar
- ¿Qué haces normalmente con tu miedo: lo escondes, lo niegas o se lo cuentas a Dios con toda claridad?
- ¿Qué cambiaría en un día difícil si confiaras desde ahora, sin esperar a que el miedo termine?
- ¿De qué caída te ha librado Dios, y cómo podrías agradecerlo hoy en voz alta?
Oración
Dios mío, ten misericordia de mí en los días en que el miedo aprieta. En el día que temo, enséñame a decir «yo en ti confío», aunque el miedo siga dentro. Tú has contado mis huidas y guardas mis lágrimas; no tengo que fingir ante ti. Pongo en tus manos a quienes me hacen daño y la justicia que solo tú sabes dar. Gracias por librar mi vida y mis pies de caída. Que hoy pueda andar delante de ti en la luz de los que viven. Amén.